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jueves, 6 de septiembre de 1990
Tribuna:

Doñana y Europa

El suplemento de este mismo papel informó hace pocas semanas de la reprimenda de la CCE (especie de Ejecutivo de la Europa comunitaria) al Gobierno español por su desatención manifiesta hacia el parque de Doñana. Europa entiende que el uso que se hace del entorno del parque pone en peligro el mismo parque, su pervivencia, punto de vista que compartimos muchos españoles. Otros, en cambio, con esa arrogancia racial poco acorde con el mundo en que vivimos, se preguntan: ¿con que razón nos llaman al orden estos soplafuelles? ¿Quién les ha dado vela en este entierro? ¿Quién es el señor Ripa di Meana para decirnos lo que debemos y no debemos hacer en este asunto? El señor Ripa di Meana es el comisario (ministro) europeo para el medio ambiente, y su deber es obligar a España a cumplir unas normas que previamente aceptó respecto a la conservación de aves silvestres. Europa, pues, nada diría si España no hubiera propuesto a Doñana como zona de protección especial dentro del programa comunitario. Por otra parte, lo único que ha hecho hasta el momento este señor es emplazar a nuestro Gobierno para que en un plazo prudencial haga el pliego de descargos que estime razonable, reservándose el derecho de meternos en cintura si los motivos que se aleguen no le parecen de recibo. De momento, al señor comisario le molestan especialmente dos tipos de problemas de muy distinta entidad y que quizá no debería haber mezclado en su emplazamiento. Los primeros, de perfil muy concreto, prácticamente de orden público, se refieren a temas como el furtivismo en la caza y la pesca ilegal de cangrejos en el parque. Los segundos, que a mi juicio constituyen el meollo de su queja, atañen a la estrategia y planificación con vistas al desarrollo de la comarca, problemas complejos que afectan a diversos sectores. A mi entender, los verdaderos problemas del parque son éstos, los que amenazan a la misma existencia de Doñana, supuesto que los primeros son cuestiones de vigilancia y endurecimiento de sanciones, medidas que nuestra Administración debe poner en práctica sin mayor demora. Esto es, no los considero problemas; la respuesta a este aspecto del requerimiento no debe quitarnos el sueño.El verdadero nudo de la cuestión estriba, pues, en la planificación de los alrededores del parque. El plan de riego Almonte-Marismas y las urbanizaciones turísticas en el sector, concretamente Matalascañas, ya están ahí y han nacido con el visto bueno, cuando no aupados, por la propia Administración. El señor Ripa di Meana no nos dice nada nuevo a los españoles, puesto que la conservación del medio :ambiente es la aspiración universal del momento. La salud de Doñana, la salud ambiental se sobrentiende, peligra con los regadíos, extracciones de agua del subsuelo, uso de fertilizantes y pesticidas y la aglomeración humana en los aledaños. En la playa de Matalascañas llegó a prohibirse el baño el año pasado por su peligrosidad, ya que la contaminación del mar había llegado a extremos de verdadero riesgo. El señor Ripa di Meana tiene la delicadeza de no mencionar este extremo en su rapapolvo, a pesar de ser no sólo manifiesto, sino de una gravedad extrema. Hasta hoy nuestras respuestas a las quejas comunitarias han sido vagas, promesas de remiendos y parcheos para ir tirando. La actitud española de caminar por el filo de la navaja y no reaccionar hasta que se produzca la hecatombe ha sido la norma de conducta seguida hasta el día. Táctica arriesgada, evidentemente. "Creemos que nada le va a ocurrir a Doñana, pero, si observamos que se produce deterioro en el parque, ya daremos marcha atrás". He aquí, en síntesis, nuestra tradicional postura. Pero Europa, con muy buen sentido, exige mayores garantías. Exige no comprometer la reserva, persuadida de que hay daños irreversibles, de que en cuestiones ecológicas no siempre es posible recular. El requerimiento es taxativo: "El hecho de que hasta el momento no se haya producido un daño importante [se refiere, claro está, a Doñana] no es óbice para aplicar el artículo cuarto de nuestro reglamento [sobre conservación de las aves], cuyo fin es prevenir la aparición de contaminación o de deterioro en las zonas de protección especial". No basta, por tanto, con estar dispuestos a modificar nuestra con ducta tan pronto se produzcan daños, sino que hay que evitar que los daños se produzcan. En tonces no parece procedente responder una vez más al señor comisario con la promesa de que estableceremos medidas paliativas (control de contaminantes, nuevas depuradoras de aguas residuales, traer agua de otra parte), puesto que el peligro no desaparecerá si mantenemos a las puertas de Doñana una explotación agrícola intensiva, una urbanizacion en vías de crecimiento (son más de 150.0100 veraneantes los que se congregan en Matalascañas) y otra en proyecto. El ojo inquisitivo de Europa no se apartará de nosotros en tanto no modifiquemos estos planteamientos. En el aspecto ecológico, estimo que ha pasado la hora de permanecer a la defensiva. Es preciso cambiar, pero para recuperar, no para evitar nuevos desastres. ¿Cómo? Mediante soluciones imaginativas, de largo vuelo, no exentas de audacia. No olvide mos que el objetivo es conservar en toda su pureza un parque de asiento de aves único en Europa.

¿Qué responder, entonces, al señor comisario de la CCE? Eso, que se acabó la política de paños calientes, que la comarca de Doñana va a cambiar radicalmente su modelo de desarrollo, orientándose hacia actividades blandas, como ganadería, caza y pesca, turismo verde, agricultura biológica y acuicultura extensiva. Para ello, aprovechando que estamos dispuestos a acarrear el agua de otros lugares, trasladaremos los proyectos de regadío a otras zonas de Andalucía (a ser posible, del propio pueblo de Almonte), con mejores tierras y lejos del parque. Al propio tiempo, si son necesarias nuevas urbanizaciones, se extenderán hacia el Norte, hacia Mazagón, interrumpiendo la edificación en Matalascañas, ya excesivamente poblada. Que, en fin, la proyectada autovía de cuatro carriles no flanqueará Doñana, sino que se construirá por el Norte; alejada del parque. En resumen, que somos los primeros en velar por esta zona privilegiada en Europa.

Se aducírá, tal vez, que existe un plan de ordenación que impide estas actuaciones, pero me pregunto: ¿es que la advertencia europea no es una razón suficiente para modificar este plan? El argumento me parece deleznable. El argumento de peso aquí es el dinero. El proyecto enunciado tiene un precio muy alto, para España demasiado caro. Debemos ser sinceros: la economía española no se puede estirar más, sus posibilidades son limitadas y el proyecto sumamente ambicioso. ¿Por qué, si el parque es europeo, refugio de aves europeas, espacio natural que pretendemos preservar de cualquier contaminación, no hacemos de la comarca en que está enmarcado una empresa europea? Algo así podría ser el colofón de la respuesta española al señor Ripa di Meana. La operación de dejar exento el parque de Doñana supone una inversión de miles de millones de pesetas, y debería ser un objetivo común, solidario. El precio no es el mismo si lo paga España que si lo paga Europa ("¿Qué le hace un capón a Frutos?", reza un dicho popular castellano). Es preferible, brindar esta solución definitiva antes de que se produzcan presiones, todo lo idealistas que se quiera, pero presiones al fin y al cabo: no aceptamos sus fresas porque se producen en detrimento de Doñana. Es necesario evitar el dictamen con normas de obligado cumplimiento con que hoy estamos amenazados. Cuando la CCE nos dice que ponemos en peligro el parque que lo estamos echando a perder, no le falta razón. Que una de las playas más sucias de Europa sea la de Doñana es un bochorno nacional. Que corramos el riesgo de dejar sin agua a las anátidas del continente por regar unas malas tierras que han arruinado a quienes las cultivan, una vergüenza. Digámosles sencillamente a nuestros vecinos de Europa: "Concertar en una misma zona un parque nacional, un plan, de regadío y una gran urbanización turística fue, en efecto, un grave error que arrastramos desde hace cinco lustros. Estamos decididos a acabar con todo esto de acuerdo con sus deseos, que son los nuestros, pero ayúdennos. No vaya a suceder que tener y conservar Doñana resulte peor y más gravoso que no tenerlo".

Miguel Delibes es escritor.

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