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jueves, 2 de agosto de 1990
Entrevista:

"Dentro de poco se leerá con diccionario"

El novelista veranea en un pueblo burgalés, rodeado de árboles y de palabras

  • Miguel DelibesEscritor
  • "Espero tener cabeza para darme cuenta de cuando ya no tengo cabeza"
Sedano reúne todos los orígenes del hombre, y por eso vive ahí Miguel Delibes. Este pueblo burgalés de 50 vecinos quedó depositado en el fondo de un cuenco que abrieron los montes, orilla del páramo de Masa; y el escritor, un mocetón de 1,80 de altura que anda a zancadas aunque ha cumplido ya nueve años de sexagenario, disfruta en ellos del encuentro con los ancestros. El cerebro humano tiene almacenados desde la prehistoria los placeres de la pesca y la caza, de la vista larga desde el alto que domina el valle, el regusto de la palabra antigua, la pasión por el esfuerzo del cuerpo. Y al tropezar con todo ello se recupera el pálpito de la primera libertad, la libertad primitiva.

Miguel Delibes (Valladolid, 1920) ha publicado 40 obras. Cerca de 1.300.000 españoles tienen en su casa La hoja roja (19 59), su novela más vendida. El cine y el teatro también le han dado millonarios derechos de autor. Y, sin embargo, él vive en Sedano, en una casa sin teléfono, entre paredes de piedra, al otro lado de una puerta que hay que golpear con los nudillos para hacerse recibir.El hombre medieval edificó sus fortalezas en las alturas, y desde las almenas descubría al enemigo y le complicaba sus planes. Allá en lo alto el hombre medieval pudo poseer el paisaje; y esa sensación ancestral de propiedad sobre el terreno que alcanza el ojo le invade a uno en los montes que rodean Sedano. Delibes la saborea desde ahí arriba, mientras caza, mientras pasea a sus perros, y la disfruta sobre todo porque sabe que estos placeres se están acabando poco a poco en una naturaleza que agoniza.-Mire qué hachazo le han dado al monte, con esa carretera que llega hasta arriba.En efecto, es una carretera recta, obra de un leñador desmedido.

-Si al menos la hubieran construido por el otro lado de la falda, dando la vuelta, de modo que no se viera desde el pueblo... pero fíjese, toda recta, como un hachazo.

La carretera conduce hasta una antena cuyo hierro puntiagudo rasga las nubes que han bajado esta mañana hasta Sedano. Y allí sube Delibes de paseo con los perros, la Fita y el Cóquer, y con Adolfo, biólogo, uno de sus siete hijos.

-Hay poca codorniz, padre.

-No ha llovido y el sol pica demasiado.

Y padre nos explica: "Ahora no se siembra en hazas, ahora siembran en grandes extensiones, ya se ve ahí arriba, y eso gusta menos a las perdices. Hace treinta años esto era un cazadero de perdiz excepcional".

La Fita está loca por empezar la caza.

-En las fiestas -dice Adolfo, el hijo -oye los cohetes y sale ya a buscar la pieza.

"Ayayayayayayayayay", le grita padre. Y la Fita acude. Su piel sale escarchada por la humedad de los brezos. Lloviznó hace un rato, y corre el relente.

-Padre, la Fita está en celo.

-Sí, sí -asiente padre-, ayer vi que la perseguía un gozquecillo, y me dije: 'buenos estamos si se lía con ése'.

El Rudrón siempre fue truchero, y se le llega casi allí mismo, por San Felices. Allá va Delibes con sus trebejos. A él siempre le gustó la lucha entre un animal silvestre que aprendió en el río a defenderse, y un ser racional que ha desarrollado en tierra la habilidad para el alimento.

-Lo que ocurre es que ahora las truchas son de piscifactoría. Las echan por la noche para que se recreen los aficionados al día siguiente. Y eso ya no me gusta, eso me está retirando.

Tampoco tiene suerte Delibes con los cangrejos. La repoblación con cangrejo americano trajo una enfermedad que mató al autóctono, mucho más sabroso.

-Nuestros cangrejos eran los barrenderos del río, y hacían una labor. Pero éstos que han traído se comen el verde.

Ese progreso irresponsable no le hace ninguna gracia. Por ejemplo, ya no va tan tranquilo en bicicleta como cuando recorría 100 kilómetros a pedal para ver a su novia, que veraneaba en Sedano. Entonces apenas encontraba coches en el camino. Años atrás le regalaron sus hermanos una bici estupenda, con cambio y todo. Pero no lo usa.

-Es que suena a chatarra cuando meto la palanca.

Cada día recorre 20 kilómetros en hora y cuarto. Pero con el oído puesto en los tubos de escape, por si acaso.

Todo esto lo cuenta mientras recrea su mirada en la hornillera y en los dujos donde habitan las abejas, o cuando observa la humedad de los tallos del rastrojo.

-Don Miguel, ya casi nadie sabe esas palabras.

-Es una lástima, dentro de poco tendrán que leer los libros con diccionario.

Es otro de los placeres de acercarse a los orígenes. A veces se escuchan en Sedano palabras cuyo significado ignoramos. Pero suenan tan bien que da gloria oírlas.

-¿Hay aquí un señor Cayo?

-Sí, el señor Darío. Sabe mucho del campo, de las cosechas, de los árboles de los animales, de las palabras... Mire esos pinos, han agarrado bien ahí en la ladera, y eso que sobre la osamenta de piedra no hay más que una pequeña capa de tierra -Usted va poco a la Academia. ¿Por qué no se trae aquí a sus compañeros?

-Se aburrirían.

(Él también se cansó de ir todos los jueves a su sillón):

_Llevé 30 nombres de pájaros que no están en el diccionario, y Dámaso me dijo: "Son muchos". Y otro: "El dicc"onario no es un tratado de ornitología".

Usted, Miguel, mantiene una rela ción injusta con el progreso. El progreso le golpea a usted, le acorrala, y sin embargo usted está dispuesto a adaptarse: se acurruca en Sedano; toma mayonesa de bote porque hoy en día amenaza la salmonela, que ya le intoxicó una vez; incluso, aunque le parezca absurdo, juega al tenis sin contar de uno en uno, sino 40-30 ("ya ves tú qué tontería"). Y hasta escribe novelas cortas, porque usted cree que la gente ya no tiene tiempo de leer...

-..Sí, sí, pero fue al revés: empece escribiendo novelas cortas y luego vi que eso era bueno para que la gente las leyera en un viaje en tren. Pero no soy pesimista, ahora la gente lee más. En 1850, El Norte de Castílla [el diario que él dirigió] tenía cuatro páginas, y ahora tiene 96.

-Por cierto, ya que hablamos de sus obras. Uno recorre tranquilamente un relato suyo, disfruta de palabras y descripciones, y de repente se lleva un susto: aparece impensadamente la violencia. Eso ocurre en La hoja roja, en El disputado voto..., en Los santos inocentes, en El Tesoro, eso le ocurre mucho a usted. ¿Pero es esa una violencia de las gentes del campo que les llega de la ciudad?

-No, no, también está en el campo. Está en el hombre, y por eso tuvimos tantas guerras civiles. En el campo hay quien mata por una linde.

En cualquier caso, no en Sedano. Ahí todo es tranquilo, al menos por ahora. De esa tranquilidad lleva disfrutando los 30 años que ha cumplido la casa.

-Mi mujer [que falleció en 1974] me compró un estudio en Valladolid, porque creyó que si me aislaba sería capaz de escribir el Quijote. Pero era tal el silencio que no se me ocurría nada. Necesito vida para hacer vida. Y me construí el estudio aquí, junto a la casa. Aquí oigo las voces de mis nietos, pero tamizadas al otro lado de la ventana, y escucho los pájaros.

"Es difícil que escriba novelas"

-Ya nadie distingue los pájaros, nadie diferencia el gorjeo de un gorrión del silbido de un mirlo.

-Ni un hayedo de un robledal.

-¿Hay pájaros en la novela que está escribiendo ahora?

-Novelas es ya difícil que escriba. La novela tiene una estructura compleja, y empiezo a preocuparme de que debo conservar la suficiente cabeza para darme cuenta de que voy perdiendo la cabeza.

-Cómo, ¿quiere esto decir que ya no escribirá más novelas?

-No, no. Pero sí que me lo pensaré más. De todas formas, no soy yo quien elige la novela. La novela me elige a mí. Un día ves a un ratero, le sigues, hablas con él, piensas luego en su miseria... y ya has quedado embarazado. El ratero te ha preñado. Así nació Las ratas.

-En esto también vuelve usted a sus orígenes, porque eso que describe es casi periodismo.

-Bueno, el periodismo es un borrador de la literatura... Y la literatura es el periodismo sin el apremio del cierre.

Nada le apremia a él en Sedano, en un predio que no tiene tapias. Todos en la casa respetan la soledad del escritor si está trabajando en el despacho. Luego, cuando salga a la fresca, le arroparán en su rincón, bajo la sombra del endrino.

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