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martes, 31 de julio de 1990
Tribuna:

¿A quién representan los partidos políticos?

En las democracias contemporáneas son los partidos políticos -en plural y no en singular- quienes determinan las decisiones esenciales de la vida política y económica. Es lógico, por tanto, que la inmensa mayoría de ciudadanos se formule preguntas, de modo permanente, sobre los programas, las formas organizativas, la transparencia de sus gastos, la relación entre lo que prometen y lo que realizan o proyectan, las alianzas éticas y las alianzas espurias, la selección para las funciones de representación y la dinámica del liderazgo social de los partidos políticos. Es igualmente ejercicio necesario estimular la percepción y la identificación de distintos sectores, clases o segmentos de opinión pública con respecto a los partidos existentes en el tablero electoral y parlamentario. Lo es también la búsqueda de las raíces y motivaciones que determinan el auge y la caída de los partidos, líderes, su capacidad de sintonizar o ir a remolque de las nuevas sensibilidades de cada momento histórico, esto es, la aproximación del tiempo político al tiempo histórico, la sincronía o la diacronía con los acontecimientos que marcan la evolución de los pueblos, las naciones y la comunidad internacional.Los partidos representan a los ciudadanos inscritos en el censo electoral y por tanto reflejan el nivel de educación, capacidad, exigencia y objetivos de tal cuerpo comunitario. Pero los partidos representan algo más que un refrendo regular de los electores en cada proceso electoral a los designados por los partidos en la formación de las listas electorales. Los partidos representan a fuerzas sociales, grupos de presión, fuerzas de acción internacional (internacionales políticas, multinacionales, comunidades supranacionales). El ciudadano-elector, mitificado por la teoría de la democracia y por la tesis "un hombre, un voto", es sólo una parte del conglomerado de fuerzas y contrafuerzas que intervienen y condicionan la decisión habitual del voto. El resultado final, medido en representantes y mecanismos de decisión política y económico-social, determina la formación de Gobierno y convierte a los dirigentes de los partidos en príncipes de la política contemporánea, actores, voceros, portavoces, figurantes, estrellas del poder y la gloria efímeras del poder político.

Los partidos, en la más reciente etapa de la democracia española, cumplen, en líneas generales, a lo largo de 1990, 15 años. Tiempo corto, de crisálida, de candorosidad primaveral, de fundaciones y refundaciones, de virtudes y errores clamorosos. Las relaciones entre partidos, líderes, electores, medios de comunicación, han sido a la vez emocionales y racionales, dominados por las pasiones y por la vanidad, por el orgullo y la necesidad. A partir del umbral de madurez es probable que un aniversario primaveral le siente bien a los partidos en España. Por lo pronto, a pesar de la existencia escriturada de más de 500 partidos-asociaciones en los registros públicos, se cuentan con los dedos de una mano los partidos que realmente operan en el escenario decisivo de la política nacional. Y no parece que en los próximos años este escenario vaya a cambiar de modo radical.

Al panorama actual se ha llegado en tres momentos que coinciden con tres periodos otoñales. El primer tramo se desarrolla entre el otoño de 1975 y el de 1982. Siete años de reformas políticas de primerísimo orden institucional configuran el sistema democrático existente a través de la reinstauración de la Corona, las decisiones fundamentales de las Cortes, las declinantes del antiguo régimen en 1976 y las germinales de la voluntad popular de 1977, la voluntad constituyente de 1978 y las transformaciones de los poderes públicos adoptadas entre 1977 y 1982. Forzosamente ha de incluirse en este proceso el movimiento contrario a la sustanciación democrática que vivió su momento de máxima intensidad con el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, tentativa frustrada para acabar con la dominación del sistema democrático de partidos y que asestó a la coalición UCD un efecto mortal.

Las elecciones de octubre de 1982 cierran el periodo de reformismo democrático moderado y abren un nuevo periodo de dominación socialista que se cierra en el otoño de 1989, con las elecciones del 29 de octubre. El septenado socialista, 1982-1989, expresa un modelo de control de la vida política por un partido partidario de establecer un sistema social basado en su primer postulado, "socialismo es libertad" (lema de la campaña de 1977). Radicalismo y moderación han presidido la etapa socialista, y la hábil mezcla de política económico-social de prudente liberalismo cooperativo ha llevado al socialismo hispano a una convergencia con el dominante en la Europa occidental. Este socialismo doctrinario, equivalente al liberalismo doctrinario de siglo XIX, aunque inserto en su situación siglo XX, ha sido gestor de la crisis económica entre 1982-1985 y ha servido de impulsor de la integración de España en la Comunidad Europea, constituyendo este aspecto su activo más importante en la modernización y superación del aislamiento nacional superviviente a la guerra mundial.

Las elecciones de 1989 han abierto, frente a los dos septenados anteriores, el reformista y el socialista, un nuevo periodo en el que los partidos políticos tantean cuál ha de ser su nueva función global y particular. El transcurso de un año escolar, entre octubre de 1989 y septiembre de 1990, lleno de tensiones y que aparece incierto para muchos observadores, no es más que el prólogo de una situación cuyo interrogante se centra en conocer por cuál opción tenderán los principales actores del escenario parlamentario, esto es, los socialistas. Si se orientan por el dualismo asimétrico, o si lo harán por el pluralismo cooperativo es cuestión todavía no resuelta, pero que deberán afrontar para definir el carácter de la legislatura y del proceso político que tiene grandes desafíos para los años del cierre del siglo. La fórmula dualismo asimétrico expresa la existente entre 1982-1989, mayoría absoluta y alternativa prácticamente inviable en un partido que representa grupos de interés contrapuestos dialéctica y políticamente al poder socialista. La novedad del proyecto de pluralismo cooperativo consistiría en extender la cooperación parlamentaria establecida entre diciembre de 1989 (debate e investidura del presidente del Gobierno) y la primavera de 1990 (cooperación uno más cuatro, PSOECDS/CiU/PNV/AIC) a una colaboración de gobierno para el trienio 1990-1993. El dualismo asimétrico ha recibido en las elecciones andaluzas una lección severa, aunque el PSOE haya conseguido mayoría absoluta y los tres partidos de la oposición (PA-IU-PP) llegaran a concebir un plan alternativo para el caso de ruptura de la mayoría socialista.

Queda abierto, en consecuencia, un modelo que puede desarrollarse en varios aspectos. El original pentapartido parlamentario (uno más cuatro) definido al comienzo de la cuarta legislatura puede pasar a un plano de acción gubernamental si los partidos prevístos se abren a un compromiso inédito en la reciente democracia. Una meta que merece en todo caso ser explorada.

es catedrático de Derecho Político y ex diputado a Cortes.

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