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lunes, 28 de mayo de 1990
Crítica:MÚSICA CLÁSICA

Una 'flauta magica' de buen tono

Ninguna apertura mejor para un ciclo operístico de Mozart que La flauta mágica, el singspiel más hermoso que se haya escrito nunca; también, el acopio más feliz de gracia que compositor alguno haya puesto en juego como contraste a escenas de trasfondo dramático.La ópera de Cámara de Varsovia, invitada en esta ocasión por la revista Scherzo para abrir su tercer festival de música, está dirigida artísticamente, desde hace 30 años, por Stefan Sutkowski, quien entiende el espectáculo lírico tal y como debe ser: una conjunción de teatro y música en la cual ningún valor debe anular al otro, por más que, como sucede en La flauta mágica, existan notables diferencias entre la invención. de Emmanuel Schikaneder y la de Mozart, pero en todo caso, el compositor puso música a ese libreto y no a otro.

La flauta mágica

De Schikaneder y Mozart. Ópera de Cámara de Varsovia. Director artístico: S. Sutkowski. Intépretes principales: Bogumil Jaszkowski, Marcen Rudzinski, Slawomir Jurczak, Jolanda Zmurko, Zofia Witkowska, Adam Kruszewski, Ewa Frakstein y Zdzislaw Nikodem. III Festival de Música de la revista Scherzo.Teatro Albéniz. Madrid, 25 de mayo.

En una creación plena de fantasía, los autores manejan símbolos y personajes, tan contrastados y matizados dentro de un pensamiento unitario que el oyente-espectador va de sorpresa en sorpresa, por muchas veces que haya presenciado la representación de la obra.

Pero lo verdaderamente mágico es, sobre todo, el ambiente general, la sucesión articulada de secuencias con el desfile de personajes o grupos cambiantes: sacerdotes, damas, ángeles, esa Soberana de la Noche que desde el comienzo al final de la obra asume un carácter de maldad que, por otra parte, contradice un tanto las coloraturas de la célebre aria; el moro Monostatos; el brujo Sarastro; el lírico Tamino, la tierna Pamina y la genial imaginación de la pareja Papagena y Papageno.

Todo ello, apoyado en un repertorio masónico y hasta pre-masónico, nos da un conjunto de delicias que eso sí, puede venirse abajo si falla la batuta.

La batuta del boliviano Rubén Silva (La Paz, 1955) supo mantener la elevación y la continuidad de todo el discurso muy bien enhebrado con la acción escénica. Y los cantantes, salvo el bajo, mantuvieron una buena línea y, lo que más importa, vivieron la representación hasta darle credibilidad y garbo.

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