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domingo, 21 de enero de 1990
Editorial:

Lejanías

LA POLÍTICA ferroviaria de cercanías en los grandes núcleos urbanos, y muy particularmente en Madrid y Barcelona, se ha revelado, más allá de las buenas intenciones de sus planificadores y ejecutores, como un ejemplo flagrante de imprevisión y de falta de capacidad para evaluar las necesidades reales de los usuarios. El resultado es la prestación deficiente, llena de incertidumbre y cada vez más alejada de la demanda, de un servicio público al que los insuperables problemas del tráfico han convertido en el medio de transporte casi único y más seguro de que disponen los centenares de miles de ciudadanos que viven en los barrios extremos, en las ciudades-dormitorio y en el conglomerado de urbanizaciones que rodean los centros administrativos y comerciales de las grandes capitales.Los graves sucesos que vienen ocurriendo en algunas líneas de la periferia de Madrid son la reacción lógica y humanamente comprensible -por más que sus derivaciones violentas y destructivas sean absolutamente condenables- de quienes todos los días se encuentran sometidos al calvario d e un servicio ferroviario deficiente y a la lucha desigual contra el reloj para tratar de llegar puntualmente a sus trabajos. Y lo que es lamentable es que los responsables del Ministerio de Transportes hayan tenido que esperar a que la situación devenga en graves alteraciones del orden público para intentar resolver las carencias más llamativas de este servicio: el incumplimiento de los horarios y la escasez de unidades en las horas punta.

Dentro de las distintas parcelas de actuación de Renfe, la de cercanías es considerada como la de más futuro e, incluso económicamente, más rentable que otras, dadas las posibilidades de aumento de una demanda estimulada por la cada vez mayor inviabilidad del transporte privado en el acceso por carretera a las grandes concentraciones urbanas. Cuando el monstruo del tráfico amenaza con asfixiar Madrid, Barcelona y otras grandes capitales es absolutamente incomprensible que la red ferroviaria de penetración en sus núcleos urbanos siga revelándose asmática, insuficiente e ineficaz.

Esta situación pone al descubierto, una vez más, los efectos parciales del saneamiento financiero como única política, porque conlleva de forma paralela el deterioro del servicio prestado. Es decir, lo mismo que ha sucedido en Telefónica en los últimos años, con el resultado de poner bajo mínimos la calidad del servicio. Una política que, en el caso de Renfe, ha contribuido a que el fuerte crecimiento de la demanda experimentado últimamente en el servicio ferroviario de cercanías haya dejado viejas las previsiones para 1991. Ello constituye además un dato revelador de la preocupante descoordinación con que las distintas administraciones -estatal, autonómica y local- abordan un problema que como el del tráfico en las grandes ciudades exige una apuesta política planificada. Cuando uno de los ejes de esta política se basa en el transporte público, asombra que la improvisación y las imprevisiones sean las armas con las que se pretende convencer a los ciudadanos sobre las ventajas del tren frente al coche particular.

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