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martes, 7 de noviembre de 1989
Tribuna:

Las trampas del ozono

Es fácil descubrir en las publicaciones que tratan sobre la cuestión del ozono no pocas trampas y exageraciones, y también algunos silencios que, de confesarse, mitigarían, y mucho, la alarma creada. El ansia de algunos científicos por obtener un reconocimiento público de sus sufridas investigaciones, la ignorancia complaciente o la ingenuidad científica de bastantes periodistas, el maniqueísmo religioso de muchos ecologistas y e[ despiste de tantos y tantos políticos se conjugan para sembrar el pánico en una población occidental bastante adepta a aceptar cualquier teoría catastrofista, venga de donde venga.Trampas de terminología que tienden a suscitar en la imaginación de la gente unas ideas muy simples, pero falsas, del problema y (le sus causas. El propio título falaz de agujero en la capa de ozono hace pensar en una gran carpa de circo hecha de ozono que antes nos protegía y que ahora, ¡ay!, ha comenzado a rasgarse. A decir verdad, sí se concentrase todo el ozono a ras de suelo, formaría una capita de un grosor de tan sólo tres milímetros, pero resulta que esa pequeña cantidad está esparcida y mezclada en una capa de aire de muchos kilómetros de espesor. No forma una capa densa y concentrada susceptible de agujerearse o de desgarrarse. Es más, al ser el ozono parte integrante del aire, le afectan los movimientos que se producen en la atmósfera, y la cantidad que de él existe sobre un lugar es siempre variable. Se sabe que en los anticiclones hay más ozono que en las borrascas y depresiones. De un día para otro puede haber cambios de hasta un 30%, y aquí no pasa nada.

Ocurre que sobre la Antártida y durante dos meses al año, septiembre y octubre, la cantidad de ozono disminuye drásticamente. Esta tendencia parece acusarse más en los últimos años, si bien el período de mediciones es todavía muy corto. Extrapolar una tendencia a la baja no deja de ser arriesgado cuando se parte de una única estación de medición terrestre con una serie de 30 años sobre un continente de más de 13 millones de kilómetros cuadrados, 27 veces la superficie de España. Las informaciones del satélite Nimbus 7 alcanzan justo la decena de años, tiempo insuficiente para asegurar que existe una tendencia media en cualquier fenómeno atmosférico, máxime si, se tiene en cuenta que el pasado octubre de 1988 la cantidad medida por el satélite fue similar a la de octubre de 1982 y superior a la de los otros meses de octubre que se intercalan entre ellos.

Las razones de la disminución del ozono en esos dos me

ses de la primavera austral son tanto climatológicas como químicas.El largo invierno origina un torbellino de vientos alrededor de] continente de la Antártida que provoca el aislamiento de la masa de aire de su interior. El frío y el prolongado invierno permiten que en esta masa de aire aislada se desarrolle una serie de procesos químicos, todavía nada bien conocidos, que preparan a la atmósfera para que con la energía de los primeros rayos primaverales aumente la concentración de monóxido y cloro y disminuya la de ozono.

En noviembre, comienzo del verano austral, el torbellino se rompe, cesa el aislamiento, el aire se renueva con el proveniente de otras latitudes y la cantidad de ozono vuelve a ser normal. Nada ha probado hasta ahora que esta disminución temporal del ozono antártico conlleve una disminución global del ozono del planeta. Día a día, en toda la atmósfera iluminada, el sol crea y destruye ozono, manteniendo su cantidad en equilibrio. Ni siquiera está empíricamente probado que el cloro de la Antártida que destruye el ozono provenga de los clorofluocarbonados que las empresas fabrican en el hemisferio norte, a 15.000 kilómetros de distancia. No pasa por ahora de ser una teoría.

Pero desde que a comienzos de los años setenta comenzó la preocupación por el ozono, las teorías de los químicos de la atmósfera han dado muchos quiebros. Se decía por entonces que la fabricación de los aviones supersónicos Concorde iba a ser muy dañina, ya que sus gases de escape destruirían el ozono de la baja estratosfera. Hoy se cree, por el contrario, que esos mismos gases anularían el efecto destructor del cloro y que, de haberse construido y utilizado en el número proyectado, contribuirían a la conservación del ozono. De este cambio teórico, no tan lejano, pocas veces se habla. El comportamiento químico de la atmósfera es muy poco conocido debido a la imposibilidad de recrear en un laboratorio sus condiciones físicas, en especial los movimientos atmosféricos y los complejos niveles y estados térmicos que modifican sustancialmente los tipos de reacciones químicas.

Se exagera también sin medida cuando se habla de las nefastas consecuencias de una posible disminución del ozono en la salud de la humanidad. Hay modelos teóricos para todos los gustos sobre el aumento de afectados por cánceres o cata ratas oculares. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que pasarse tres semanas de verano en una playa tropical supone recibir más radiación ultravioleta que la recibida en todo un año por una disminución catastrófica del 10% del ozono atmosférico-

¿Y los silencios? El ínclito Nimbus 7, cuyas imágenes ininteligibles para la mayoría de los lectores ocupan hasta primeras planas de periódicos nacionales, tiene también su historia para contar. Se lanzó a finales de 1978, y hasta 1985 la NASA no hizo gran caso de sus informaciones sobre el ozono. A punto estuvieron de desactivar su aparato de medición. Pero entonces, azuzado por los dos aparatos tradicionales que desde la Antártida constataban la agudización del fenómeno primaveral, el director del programa se apresuró a asombrar al mundo en una conferencia de prensa en la que afirmó que el Nimbus 7 estaba captando una disminución anual superior al 1% en el conjunto planetario Esto pareció demasiado hasta a los más catastrofistas, y así lo era. Una verificación posterior de los datos del satélite mostró que el funcionamiento del Nimbus 7 dejaba mucho que desear Ya ha perdido un 70% de su capacidad receptora, por lo que continuamente deben calibrarse sus datos con las indicaciones de los aparatos de tierra que supuestamente iba a sustituir. El Nimbus 7 ve mucho, pero ve mal, y, por tanto, es in capaz de captar con fiabilidad variaciones del orden de un 1 % interanual. En definitiva, no sabemos aún experimentalmente si el ozono a nivel global está o no disminuyendo. Y la tragedia del Challenger no ha permitido todavía que el chapucero satélite haya sido sustituido.

Vamos a acabar desvelando un último silencio y no el menos importante. Es muy difícil medir la radiación ultravioleta que llega a la superficie de la Tierra en su conjunto. Las condiciones de receptibilidad varían de hora en hora debido a los cambios atmosféricos. De todas maneras, los pocos aparatos que lo hacen no sólo no han mostrado ningún peligroso aumento, sino que incluso han señalado una ligera disminución, debida probablemente a un pequeño aumento del ozono en la baja atmósfera, en donde, por la mayor difusión de la luz, mejor nos protege de esas radiaciones.

Pero ésta es otra cuestión sobre la que habrá que seguir leyendo, y lo haremos como hasta ahora, tranquilamente, tomando el sol. Que esto no es la Antártida y no hace tanto frío.

Antón Uriarte es doctor en Geografia, catedrático de escuela universitaria. Universidad del País Vasco.

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