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domingo, 3 de septiembre de 1989
Tribuna:

Celia, en los infiernos

Cuando, hace ya no pocos meses, supe que había salido a la luz un nuevo, postrer y ya inesperado volumen de la antigua serie de relatos de Elena Fortún sobre la niña Celia, y que este volumen póstumo, Celia en la revolución, hacía atravesar a la tierna protagonista, ya una jovencita, por las penosas peripecias de nuestra guerra civil, tuve intención de leerlo sin demora. Pero en los propósitos humanos, aun lo más factibles, interfieren con frecuencia pequeños obstáculos dilatorios, y sólo ahora, durante las calurosas pausas estivales de este año, he podido al fin evocar en sus páginas no sólo los crueles azares a que, como tantos otros inocentes seres humanos, se viera sometida esa delicada criatura de ficción hace ya más de medio siglo, a partir de un aciago 18 de julio, sino también los tiempos subsiguientes, cuando, exiliado en Buenos Aires, traté y estimé cordialmente a la autora de unos relatos que hacían las delicias de mi hija, niña ella entonces como la heroína del cuento y víctima a su vez de una odisea comparable a la que, en el recién rescatado texto, atribuye Elena Fortún a su inmarcesible Celia.A ésta, a la figura imaginaría, la sublevación la sorprenderá en Segovia, donde enseguida es asesinado su abuelo. Y, supongo que a causa de la identidad de ocasión y lugar, la lectura de ese primer capítulo en la nueva Celia me ha traído a la memoria la película titulada La prima Angélica, por más que tan espléndida obra cinematográfica de Saura se benefició de un distanciamiento temporal y emotivo que contrasta artísticamente con la inmediatez de las páginas manuscritas, a raíz de los trágicos acontecimientos, por mi amiga Elena (el borrador a lápiz está fechado a 13 de julio de 1943) y exhumadas ahora. En el volumen que acabo de leer, episodio con que se cierra la serie de aventuras de Ceba, ésta, la niña que antes se enfrentaba con cierto asombro pero también con inteligente desenfado al mundo de sus mayores, y a quien ya en volúmenes previos la desgracia había empezado a madurar, aparece aquí prematuramente adulta por la presión de unas circunstancias que harán patética, aunque no menos enérgica, su reacción frente a ese mundo cuyo aspecto, para ella como para todos los españoles, se había vuelto de pronto tan siniestro.

Y si el inicio del relato me recordó, como digo, una película notable, el contenido de las vivencias referidas en el resto de las páginas del libro -esto es, la dilatada experiencia de la guerra civil vivida por una criatura ajena, en razón de su corta edad, a los términos del conflicto- me haría pensar, quizá para contraste, en aquellas novelas de Max Aub que se proponen, en cambio, rendir testimonio de los atroces acontecimientos de la guerra civil desde diversas perspectivas, adoptando para el efecto, alternativamente, el punto de vista de muy variados personajes, a partir cada uno de su respectiva situación y actuación. Las novelas ilustres de Max Aub nos presentan la contienda española en conversaciones, hablada; quiero decir, verbalizada, opinada, discutida, controvertida -incansablemente y hasta el agotamiento- al hilo mismo de la acción, por los numerosos personajes que en ella pululan. Y quien se sintiera tentado a ver en esto un defecto por cuanto afecta al arte de novelar, considere tan sólo que es a través de las palabras que les infunden sentido como adquieren sentido y realidad las conductas humanas. Los motivos personales, los impulsos del sentimiento, las espontaneidades del carácter se articulan -o, mejor, se funden- en la práctica con razonamientos, convicciones ideológicas, justificaciones morales y toda clase de otros elementos discursivos mediante los cuales reciben los crudos hechos una dimensión trascendente. Pero no es esto lo que en la presente ocasión importa; y si lo aduzco es, según indicaba antes, para marcar el contraste con el relato de Elena Fortún, que muy deliberadamente coloca a su heroína en una actitud de espectadora atónita y víctima no participante frente a una conflagración bélica cuyos postulados de principio desconoce y se abstiene de juzgar -actitud del personaje imaginario que no era, por cierto, la de la autora misma en su realidad práctica-

¿Por qué, pues, adoptaría la escritora semejante tesitura al redactar una obra que, con toda evidencia, tiene valor testimonial, que traslada al papel sus propias experiencias personales durante un conflicto dentro del cual tuvo tomada ella desde el comienzo una posición muy firme, tanto que sin vacilar -sin las vacilaciones que atribuye, en cambio, a su protagonista- emprendió el camino del exilio al Hegar el momento en que, derrotada la causa de la República, no le quedaba otra alternativa sino someterse al régimen de sus enemigos? Sin duda, porque así convenía a su proyecto literario. Elena Fortún -ello es obvio- no se había propuesto escribir una obra de propaganda política; se había propuesto expresar en imágenes algo mucho más profundo que las posturas teórícas y los principios político-sociales; el sufrimiento padecido por todo un pueblo y las diversas maneras en que la naturaleza humana se revela bajo condiciones de tal dureza, desde los casos de brutalidad o perversidad suma hasta los de la más desprendida generosidad. A través de esta pintura suya de los desastres de la guerra, el cuadro que traza nos presenta a la doliente humanidad desde una perspectiva que supera los sentimientos de angustia, de rabia, de impotencia, de miedo, de desamparo, con una visión apíadada, donde la compasión envuelve como una dulce niebla el abigarrado y confuso conjunto. Por otra parte, aun cuando la escritora se proyecta a sí misma en la protagonista del cuento y le hace seguir sus propios pasos, no hubiera podido olvidar en el proceso de transferencia que se trata ahora, dentro del ámbito ficcional, de una muchachita adolescente en quien mal encajarían las preocupaciones, ideas y prejuicios de los adultos.

Resultado de todo esto es que de aquella guerra sólo se nos transmáte en sus páginas el puro horror y éste, en porciones excesivas, con detrimento del equilibrio que una obra de arte requiere. La introducción de algunosotros elementos narrativos hubiera podido, acaso, no paliar ese horror, sino incluso acentuarlo todavía, aunque de forma índirecta, a la vez que daba al lector un respiro, procurándole, al iluminar sectores distintos del cuadro representado, el alivio de alguna variación.

Pero esta observación mía no debe valer como una crítica. Téngase en cuenta que estamos comentando, no una obra acabada que su autora hubiera entregado a la imprenta, sino un proyecto -ella misma designó como borrador su manuscrito- que, incluso en estado tal, merece la mayor consideración. Constituye, en efecto, un texto de calidad superior. Su prosa es tensa, limpia, funcional, y muy capaz, sin embargo, de sugerir aquello que expresamente no ha dicho, marca ésta infalible de la destreza artística en el trabajo literario. Sus descripciones, sin adornos, resultan eficaces; sus diálogos, caracterizadores, y los movimientos del ánimo, aun dentro de las situaciones más brutales, más afiletivas o desesperadas, se encuentran reflejados con delicadeza. En suma, que este libro, en cuanto pieza que pone término y cierra una serie muy distinguida de relatos juveniles, y, además, en razón de su particular valor e interés como testimonio patético de la guerra civil, rendido por una mujer de calidades morales muy altas que era, además, escritora consumada, tiene, sin duda, derecho a ocupar un lugar respetable en la historia de nuestras letras contemporáneas. El descubrimiento de su original más de medio siglo después de escrito, y su publicación reciente en bien cuidada edición, me brindan la oportunidad de rendir un tardío homenaje a su autora y de evocar a la misma vez aquellos años de nuestro común exilio en Buenos Aires, entre amigos, muchos de los cuales, como ella, han ido desapareciendo luego uno tras otro; aquellos años en que todos estábamos pendientes -con el alma en un hilo, como suele decirse-, a la espera de la decisión del destino en la II Guerra Mundial... Era el tiempo en que, a veces, Elena Fortún aparecía por mi casa, y mi hija contemplaba a la visitante con tímida curiosidad, porque yo le había advertido que aquella señora tan cariñosa era quien había escrito los cuentos de Ceba que tanto la recreaban y complacían a ella en sus lecturas infantiles.

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