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martes, 3 de enero de 1989
Tribuna:

La ética de la igualdad

La eclosión de la huelga del 14 de diciembre, entre otras muchas cosas, permite reabrir la cuestión de cuáles son las exigencias sociales de una ética de la igualdad.No están lejos los tiempos en que los proyectos sociales de la izquierda se sustentaban en una filosofía de la historia que parecía inequívocamente a su favor. Tanto las leyes económicas de las sociedades industriales como las tendencias históricas actuantes aparecían como aliadas incondicionales de sus propuestas de cambio y transformación. Y todavía más, un nuevo concepto de ciencia avalaba con sus pronósticos sus perspectivas revolucionarias. Empujados por el impulso imparable que significaba la convergencia perfecta de la historia, la ciencia y la nueva teoría económica, resultaba probada la supremacía de los ideales socialistas sobre los opuestos. En alas de este optimismo histórico, el factor ético ejercía sólo una función subordinada, corroborada la razón moral del próximo e ineludible triunfo de la igualdad.

Hoy, por el contrario, se encuentran en bancarrota ésta y todo tipo de metafísica de la historia; las ciencias sociales dominantes no acreditan tales utopías, y las leyes definidas por la economía oficial se orientan hacia otros objetivos. En este panorama, muy diverso del anterior, cobran una relevancia nueva y más vigorosa las convicciones morales en cuanto definitorias de la identidad de la izquierda.

La reivindicación de la ética de la igualdad como resistencia ética a las prácticas sociales de la desigualdad adquiere un mayor significado cuando se trata de oponerse a las relaciones sociales que dominan las sociedades desarrolladas. Es un sólido punto de Arquímedes para combatir la insolidaridad inscrita en las formas económicas establecidas. Pues parecería que las exigencias de la economía al uso siguen reclamando el beneficio de los privilegiados y la subordinación de los trabajadores.

Es también plausible que la asimetría en el interior del sistema sea la consecuencia obligada de los modelos de producción consagrados. Pero, frente a los hábitos morales que segrega este estado de cosas, la defensa de la igualdad marca la diferencia y la superioridad ética que es patrimonio y herencia de la cultura de la izquierda.

Además, la ética de la igualdad es garantía necesaria para que el otro gran principio de la conciencia moderna, la libertad, no sufra interpretaciones reduccionistas, que en la práctica lo lesionan profundamente. Cuando la libertad por antonomasia vuelve a ser casi en exclusiva la libertad del empresario, del mercado y de la obtención de beneficios, sólo la ética de la igualdad se muestra capacitada para rescatar toda la densidad del concepto moderno de libertad. Ésta significaba la capacidad de los individuos y de los colectivos de ser dueños y sujetos de su destino. Su hondo sentido como libertad de la opresión, su tradición como emancipadora de toda servidumbre, sólo pueden ser reivindicados desde la defensa de la igualdad. Hoy observamos el ascenso de una suerte de falacia naturalista, en su versión económica, según la cual las leyes de la economía son inexorables, las condiciones sociales que producen tienen carácter ineludible, y, por tanto, la buena política se reduce a la gestión obediente de sus exigencias. Si el marxismo en su degradada versión economicista asfixiaba el espacio de la libertad, análogamente los nuevos deterministas ahogan cualquier aliento de transformación y rebeldía. El nuevo ídolo, la multiplicación de excedentes s n inflación, tritura cualquier otra exigencia ideológica o moral. Sólo el impulso que propicia una ética de la igualdad puede hacer recobrar a la libertad su dignidad mermada. De otra forma, las sociedades acaban siendo siervos de los sistemas que ellas mismas producen. No restan resquicios para el deber ser; éste pierde su carácter de tensión innovadora, de posibilidad de cambio sustancial, y queda sometido y absorbido por aquello que de hecho es. Retorna el viejo principio totalitario de que lo real es racional y correspondientemente la oposición moral practicada es irreal e irracional. Con distintos fines, pero de igual manera que en la vulgata marxista, el concepto de libertad se agota en la virtud intelectual de percibir y comprender la necesidad para plegarse a ella.

Es, pues, la ética de la igualdad, un eje central de la cultura de la izquierda. En una época en que los ideales socialistas se hallan a la defensiva, el componente moral permite asentar la propia identidad. Su acopio es aun susceptible de dinamizar proyectos políticos como respuesta a lo que parecen imperativos de los hechos, llamados políticas conservadoras en su ropaje neoliberal. La huelga del día 14, más allá de las demandas inmediatas, ha representado una intensificación colectiva de rebelión ante la injusticia y la reivindicación moral de la igualdad. Fueron los sindicatos de clase los que convocaron a todos los ciudadanos para que defendieran que mucho de lo que pomposamente se dice que no "puede ser", sin embargo, debe ser. Sólo ímpetus seinejantes permiten a la política superar lo que tiene de gestión de lo dado -desvirtuada en tecnocracia- para recuperar su capacidad creativa, como arte de transformación.

Cuando la política de la izquierda pierde su herencia de ética de la igualdad, una vez debilitados sus ideales históricos tradicionales y sin inequívocos refrendos a sus proyectos por parte de las ciencias sociales, se cumplen las condiciones para que de hecho no haya nada que se parezca tanto a un político de derechas como un político de izquierdas. El desvanecimiento moral de la izquierda, después de su agnosticismo teórico, es el último escalón para su disolución. La política es concebida entonces como un instrumento de acceso al poder por el poder, el cargo público es estimado como trampolín para mejores retribuciones en cmpleos privados y el discurso político se degrada en retórica.

De este desmoronamiento moral poca resistencia puede ofrecerse al único valor que se impone en sustitución de la igualdad: la virtud de la competitividad, que obliga a sus adictos a correr hasta perder el aliento, empujando con los codos, en pos de la abundancia que sólo alcanzan los pocos elegidos. Al pueblo, en este espectáculo, se le adjudica el papel de trabajar -si hay suerte- y mirar.

Firman también este artículo Javier Alfaya, Manuela Carmena, Antonio Elorza, Diego López Garrido, Juan José Rodríguez Ugarte y Jaime Sartorius.

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