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jueves, 3 de noviembre de 1988
Tribuna:

La quimera del oro

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Resulta aleccionador comprobar el tipo de ídolos que adora un buen número de nuestros cachorros, a juzgar por recientes encuestas sobre porvenires profesionales. Podría resumirse así: .¿Y tú qué quieres ser cuando seas mayor?". "A mí me gustaría ser uno de esos banqueros con semblante de hierro que dominan, imperturbables, las juntas de accionistas y, siempre seguros de sus cualidades, propagan una sonrisa jovial en los mejores escenarios".Naturalmente, es una respuesta para poner en boca de ciertos cachorros, pues para la mayoría eso del porvenir es más bien neblinoso, cuando no decididamente oscuro. Pero aun así, no deja de ser sintomática. Y no tanto por escucharla en adolescentes codiciosamente ilusionados cuanto porque es el eco que resuena, con paulatina insistencia, en la sociedad de sus procreadores.

Entiendo que la furia del dinero incite al forzado protagonismo de banqueros, personajes afines. Sin embargo, no acabo de entender la excitación social que de un tiempo a esta parte estos señores provocan. Cierto que desde hace algunos años se vincula nuestro bienestar a sus habilidades y maniobras. Y así, no pasa semana sin que algún medio de comunicación nos informe de que vamos bien porque la banca ha incrementado sus beneficios en unos cuantos miles de millones. Lógicamente, si lo dicen los periódicos y, sobre todo, el presentador televisivo, no dudamos de que se trata de una buena noticia para la patria en general y para nuestra felicidad en particular. Aunque quien más, quien menos, no pueda evitar un cierto malévolo escepticismo ante la milagrosa acumulación de capitales, pareciéndonos ésta menos milagrosa cuando recurrimos a la sencilla operación de contrastar los asombrosos porcentajes que dan y quitan las denominadas instituciones bancarias.

Aun así, continuamos sin dudar de que nuestra alegría va unida a la suya, suponiendo, desde una callada impotencia, que nuestra capacidad de comprensión de los mecanismos reguladores del sistema es ínfima en relación a la grandiosa complejidad del mismo. Quizá protestemos, con infantil rabieta, en inofensivas conversaciones de café o taberna, pero luego, sin remedio, acatamos los designios superiores.

El lenguaje del dinero en labios de los economistas es tan críptico como el lenguaje del cuerpo en labios de los médicos: sólo cabe acatarlo con sus diagnósticos y recetas, porque sabemos que es para nuestro bien. Y no digamos cuando este lenguaje mágico, fraguado en las trastiendas del saber, es pronunciado por un sumo hechicero, el ministro de Economía, por ejemplo; entonces la obediencia es insuperable porque estamos acostumbrados a saber que únicamente él sabe. Sólo él, en comunión con los demás sumos hechiceros, conoce a fondo las leyes intrincadas de la realidad y, por tanto, las fórmulas destinadas a nuestro progreso.

Con todo, aun a sabiendas de su papel extremadamente benefactor para la comunidad, se me hace dificil comprender la idolatría a la que están sometidos los pobres banqueros y, antes que nada, el motivo por el que han caído en una trampa que puede destruir si no sus obras, sí sus valiosas carreras. Dicho de otro modo: ¿por qué han aceptado, con innecesaria vanidad, salir a la luz pública, arriesgando desinteresadamente su reputación, en lugar de permanecer ocultos en los subterráneos laboratorios del cambio y la transacción? ¿Por qué se han puesto a competir tontamente con ídolos populares -es decir, del pueblo-, cuando su verdadero y secreto lugar de competición debe ser la palestra en la que pugnan amortizaciones, hipotecas y tipos de interés?

Es un terreno demasiado peligroso. Aunque se le haya erigido en albacea de nuestra felicidad -y nosotros no lo cuestioAemos, de momento-, el banquero debería saber que no puede ser establemente popular. Estándole reservado el poder, mas no la gloria, sería aconsejable que ahuyentara de sí la tentación de convertirse en el héroe de una épica fugaz, con el riesgo de acabar como villano de una farsa duradera. Es tal vez lamentable, pero la figura del banquero es poco propicia para la épica, ni siquiera en su relación con el oro. Y eso que no se puede negar que el oro haya sido una admirable fuente de épica, desde el alquimista al buscador de Eldorado, desde el aventurero al salteador, desde el jugador que sueña con asestar un golpe mortal al casino hasta aquel peculiar artista que concibe el atraco perfecto como una singular obra maestra. En todos estos casos, nos parece que el oro del deseo brilla más que la posesión del oro.

No es el caso del banquero, cuyo triunfo social, como imagen privilegiada del poseedor, se ve constantemente empañado por el estigma de la usura. La frontera es tan frágil... ¿Dónde acaba el territorio del gran señor, esforzado intérprete de su tiempo y ejemplo a emular por la juventud, y empieza el otro territorio, el de la usura, infamante y repudiable? Los moralistas contestarían rápidamente a eso, y aunque ésta no sea una época de moralistas, la acusadora sospecha planea siempre sobre las irreprochables cabezas bancarias. A este respecto, el banquero tiene fortuna, pero no tiene suerte, al menos histórica, pues no ha logrado lavar su origen con la pulcritud con que otros, emparentados con él, lo han conseguido. Instalado en la cúspide, es citade, con reverencia e hipócritamente (sólo hipócritamente) halagado. Caído, es fulminante pasto del oprobio general. Un fantasmal Calvi colgado bajo un puente de Londres, sin honor ni leyenda venidera. Carrofla sin paliativos.

Por eso sería recomendable su retorno a la tradicional discreción y al camuflaje. Preservandose ante famas efímeras, quizá esquivaría la eventualidad de condenas eternas. Aunque, bien mirado, tampoco hay que atribuir a los banqueros indiscretosla entera responsabilidad de su comportamiento ternerario. Acaso lo que ha sucedido es que han subido al podio de los vencedores arrastrados por ávidos tropeles que reconocían, a través de ellos, su victoria. Y ahora están allí, en lo alto, como héroes contra natura a los que se presenta como guías de generaciones inmediatas. Nada puede haber más truculento. Siempre han fracasado las propuestas de liderazgo moral a cargo de estamentos ejemplares, y de ello saben mucho los políticos, los militares e incluso, gracias al ilustre proyecto de Platón, los filósofos. Los autoproclamados educadores de la juventud se han transformado sin remisión en sus corruptores. Imagínense por un instante a los banqueros empeñados en la tarea. Y, no obstante, a tenor de los acontecimientos, a nadie podría extrañar que el día menos pensado escucháramos la gran sugerencia del oráculo. El banquero como educador.

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