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Crítica:MICHAEL JACKSON, ACLAMADO POR 60.000 PERSONAS EN MADRID

El concierto 'videoclip'

Michael JacksonMichael Jackson (voz, coreografía), Chris Currel (teclados), Rory Kaplan (teclados), Greg Phillinganes (teclados), Jennifer Batten (guitarra), Jon Clark (guitarra), Ricky Lawson (batería), Don Bayette (bajo), Sheryl Crow (coros), Kevin Dorsey (coros), Dorian Holley (coros), Darryl Phinnessee (coros), Randy Allaire (baile), Evaldo García (baile), Dominic Lucero (baile), La Velle Smith (baile). Estadio Vicente Calderón. Madrid, 7 de agosto.

"Levanta tu cabeza bien alta y grítale al mundo: sé que soy grande, creo en mí". Con este texto de la canción Quieres hacer algo comenzó Michael Jackson su actuación en Madrid, era su segundo concierto en España, dos días después de actuar en Marbella y antes de su presencia mañana en el Camp Nou de Barcelona.

El cantante norteamericano logró llenar el estadio Vicente Calderón, y las 60.000 personas -con importante representación infantil- se pusieron en pie con su presencia, sin las apreturas producidas durante la actuación de Bruce Springsteen. En medio de una nube de humo, Michael Jackson salió al escenario pocos minutos después de las diez de la noche acompañado por su excelente grupo de cuatro bailarines, mostrando desde el principio sus dotes de coreógrafo y hombre espectáculo. Cuatro pantallas de vídeo recogían todos sus movimientos y planteó el concierto como un show no excesivamente espectacular, basado en luces cenitales con los músicos en penumbra, trucos hábilmente planeados y una perfecta sincronización entre música y danza.

Tras intepretar la tercera canción, Just another part of me, una breve pausa y a continuación la balada estrella de su último disco, Bad, sobre el que se centró el concierto. Los arreglos y el sonido de los trabajos discográficos de Michael Jackson se reprodujeron con bastante exactitud a lo largo de las dos horas de espectáculo, sin lugar para la improvisación. Cada canción estaba perfectamente planificada y escenificada con el norteamericano siempre seguro en su papel de estrella. Michael Jackson no escatimó ninguno de los detalles que le han hecho famoso: movimientos relampagueantes, gritos, manos a la bragueta y ternos de su propia cosecha.

El concierto de Michael Jackson se sostiene, a partes iguales, por la música y la coreografía. Como cantante y compositor es un heredero directo de la música negra de los 60 y su voz no tiene fallos, aunque la emoción brille por su ausencia debido a la milimétrica planificación del espectáculo. Es hijo del soul y del sonido Tamla Motown pero sin el alma de aquellos intérpretes negros profundos y magníficos.

Como bailarín, Jackson resulta más innovador. Admirador confeso de Fred Astaire, ofrece aportaciones originales, escasas y que pierden el interés de la sorpresa por sus continuas repeticiones. Es en esta mezcla de música y coreografía donde radica el mayor atractivo de Michael Jackson. El concierto se plantea como un gigantesco videoclip perfecto de realización. Este video-clip se adorna con un sinnúmero de efectos circenses -desapariciones de la estrella, vestidos luminosos, grúas que se elevan por encima del público y demás naderías imaginables. Michael Jackson representa el espectáculo total. Hoy los músicos, además de ser competentes profesionales, deben ser también actores o al menos parecerlo. La música como expresión ha pasado a segundo plano. El público se extasía más ante el baile deslizante de Jackson que ante las canciones o la creación. El cantante norteamericano es el prototipo de lo que se avecina: un nuevo Hollywood musical, de medios técnicos impresionantes pero de un vacío estremecedor.

El concierto fue un calco de lo desarrollado por Michael Jackson en Marbella e idéntico a lo que hará en Barcelona. Dos horas justas de música, de las que casi 20 minutos fueron improvisaciones de sus acompañantes, y un recorrido por los éxitos fundamentales del norteamericano. A destacar las versiones de Humane nature, Billie Jean y Bad. Por lo demás un macroespectáculo un tanto vacuo. Cuando Michael Jackson se despidió bailando rodeado de niños españoles, casi nadie pidió más. El concierto videoclip había finalizado con más anécdota que gloria. El norteamericano se mostró tal como es aunque muchos esperaban bastante más: alguna demostración de garra y la superación de hombre sobre el espectáculo. Nada de esto se produjo. Sencillamente Michael Jackson demostró ser un buen bailarín y cantante superado por un entorno que ha fabricado el mismo y que amenaza con devorarle. No es demasiado para un artista de sus facultades, medios y posibilidades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 1988