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martes, 31 de mayo de 1988
Crítica:CINE

Generalidades sobre la aventura

  • 'COBRA VERDE'
Octavi Marti 31 MAY 1988
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Existen tres tipos de directores cinematográficos: los que se pliegan a las exigencias del género, de la convención, y sobreviven o sucumben entre sus poderosos brazos; los que construyen su obra en sincronía con su época y prefieren hermanarse a ella antes que a la evolución de la cinematografía, y los terceros son aquellos que poseen un mundo propio, una poética creadora de mitos y símbolos que sólo tienen sentido coherente dentro del universo del creador.Werner Herzog, durante cierto tiempo, parecía pertenecer a esa última clase de directores o, cuando menos, ser aspirante a ello. En esa época rodaba la misteriosa Signos de vida, o la muy impresionante, cómica y cruel También los enanos empezaron pequeños.

El cineasta alemán se situaba al otro lado de la frontera de la civilización o de la normalidad para mejor contemplar el mundo, y nos proponía, a través de espejos deformantes, imágenes poderosas. Pero muy pronto descubrimos que el extraño planeta de Herzog era el de toda una generación que huía de las consignas y de las explicaciones clásicas.

Aguirre, la cólera de Dios, ese antecedente que Natasha Kinski, hija del cineasta alemán, esgrimió ante sus compañeros de jurado durante el último festival celebrado en Cannes para cerrarle la puerta a Saura y dejar su Eldorado sin ni tan siquiera un premio de consolación, supuso el momento de mayor gloria de Herzog, su entrada en el pabellón reservado a los grandes autores.

Luego vino el difícil, imposible equilibrio entre la fórmula y un espacio aventurero progresivamente más reducido o invadido por fanáticos de la París-Dakar o las vacaciones en las Seychelles.

Imitación de sí mismo

En Cobra verde, Herzog es una imitación de sí mismo, sus planos son clichés de mito; su epopeya, un digest de relato dedicado a vidas tormentosas. El propio Kinski ya no es un conquistador herido por la locura, o delirante figura que gobierna un ejército de micos, sino una máscara empeñada en muecas de dolor, pero tras la cual no hay vida, aunque sí, tal y como exige el tópico, un espíritu generoso y libertador.Las últimas películas de Herzog transmiten una patética sensación de progresiva asincronía con la época, sin que hayan adquirido entidad propia, ajenas a la moda o a los tópicos del momento, cuando una buena parte del encanto de su filmografía inicial descansaba en la moda de la marginalidad y en un catastrofismo ecológico un tanto tópico.

En Cobra verde, como en Nosferatu o en Donde suenan las verdes hormigas, el alemán Werner Herzog se pasea entre los mitos como un turista apresurado entre ruinas.

El director alemán utiliza en esta película una guía y la Polaroid siempre preparada, sin darle tiempo ni al decorado ni a quienes lo pueblan de expresar alguna verdad que no sea la del disciplinado figurante.

 
 

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