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jueves, 18 de febrero de 1988
Tribuna:

ANTONIO COLINAS El festín del genio

El amplio eco que ha tenido el estreno de la temporada de ópera en el teatro de la Scala, de Milán, con el Don Giovanni, de Mozart, coincide con la lectura que acabo de hacer de uno de los más hermosos e ignorados libros de Stendhal, la Vida de Rossini. Lejos han quedado ya aquellos tiempos en que los apasionados amantes de la ópera de Lombardía recelaban de la música mágica y misteriosa de Mozart; lejos han quedado aquellos días en que los instrumentistas milaneses necesitaban de seis meses para tocar in tempo (con medida) el primer final de Don Giovanni, habituados como estaban sus oídos a ritmos y a cadencias no ultramontanos, a la forma latina de amar y de soñar.Pero es del delicioso libro de Stendhal, recientemente publicado en manejable formato y traducido esmeradamente por Consuelo Berges, del que hoy quisiera hablar aquí. Bajo la modesta apariencia de este tomito vuelve a brillar, una vez más, el genio de Stendhal. Soy un antiguo y fervoroso admirador de este milanese de adopción, pero me cuento entre los que aún desconocían esta obra, que constituye todo un festín para el genial autor que la escribe y para los sentidos de la persona que la lee, especialmente de aquel lector que ame la gran música. Libros hay muchos, pero pocos son los que dan la medida -con humor, con realismo, con flexibilidad- del genio de un autor.

La pasión de Stendhal por Italia no es ninguna novedad. De ella han quedado pruebas extraordinarias en sus novelas (La cartuja de Parma), en los libros de viaje (Roma, Nápoles, Plórencia) o en sus ensayos (Historia de la pintura en Italia). El interés -siempre razonado, como es el de un francés- de Stendhal por Italia y los italianos está fuera de toda duda, pero es en esta Vida de Rossini en donde se muestran con mayor objetividad esa pasión y ese interés. En las descripciones de los lagos en La cartuja de Parma o de las ruinas toscanas o romanas de sus relatos breves, su amor por Italia aparece neutralizado por las historias, por cuanto de ficticio hay en toda narración. En sus libros de ensayo -¿de ensayo?-, Stendhal intenta templar inútilmente su pasión, pues derrama su interés en hechos cotidianos, reales, que desbordan incluso su extremado fervor -furor, diría él- por el canto.

En la Vida de Rossini, mucho antes de pasar a analizar con una núnuciosidad a toda prueba las obras del compositor de Pesaro, Stendhal deja una vez más expuestas sus obesiones de siempre: la relatividad de todo, las continuas y despiadas ironías en torno a sus compatriotas los franceses, su fría lucidez política, los guiños de signo romántico a los españoles o el utilizar a Voltaire o la pintura de Rafael Sanzio para analizar la mayor o menor inmadurez de una melodía. Esta última actitud -muy destacable en toda la obra de Stendhal- viene a probar que, para él, las diversas formas del arte se interrelacionan en todo momento. Su flexibilidad y su maestría nacen de ese afán antidogmático que hace del arte (y de la vida) una totalidad que se ve enriquecida por todos los géneros y por todas las virtudes y defectos de la existencia.

Siempre está fundamentada esa encendida pasión de Stendhal por las artes en lo real absoluto, no en la realidad de los mezquinos y de los superficiales. Stendhal escribirá un libro de cerca de 500 páginas sobre Rossini, un libro que será el fruto de una persona que ha vivido "ocho o diez años en las ciudades en que Rossini electrizaba con sus obras", y después de haber llevado a cabo "viajes de 100 millas" para asistir al estreno de una de ellas. En un afán de verdad y de belleza, no tiene reparo alguno en afirmar, ya desde el prefacio -como lectores comprendemos su sinceridad, pero no la aceptamos-, que él es un autor de "temas frivolos", que jamás lo debemos tomar por "un hombre de letras" y que su libro ni siquiera es un libro, al tiempo que da por descontado que en éste no faltan las "inexactitudes".

Stendhal se sirve también de Rossini para probar la relatividad de toda idea intocable o de toda belleza ideal, pues ambos conceptos no son sino actitudes que cambian cada 30 aflos, posiciones dogmáticas al arbitrio del gusto y del capricho de los humanos. Ello no impide, claro está, que se sienta apasionado por el presente, que saboree en un palco de la Scala o del San Carlo napolitano la intensidad que la música produce -él habla de "experimentos eléctricos"- entre su cuerpo y el cuerpo que sólo tiene a un paso de distancia. -

"Placer enteramente fisico y maquinal...". ¿Qué otro sentido buscar a una voz melodiosa, dulcísima? Ascensión del que escucha a las más altas esferas, sin dejar al mismo tiempo de apreciar cuanto de real tiene la vida, sin ignorar que el talento de una prima donna puede deberse, simplemente, a su fealdad. Con frecuencia le faltan las palabras a Stendhal y, como en otras de sus obras, se ve obligado a hacer uso de la simple anécdota para mejor expresar sus sublimes sensaciones. Así sucede cuando cuando algunas de las más espléndidas obras de Rossini. Nos habla, en concreto, del "éxito tan loco" de una obertura que todos sabemos inolvidable, y dice con orgullo: "Yo asistí al estreno de La gazza ladra".

El libro de Stendhal sobre Rossini nos recuerda también que el autor de El rojo y el negro no sólo era un asiduo visitante de los grandes teatros italianos -Milán, Venecia, Nápoles-, sino también de los más modestos. Ya en las páginas de su Diario nos había hablado de la predilección que sentía por el teatro de madera que había en la Piazza Vecchia de Bérgamo.

En los teatros que había a lo largo del camino que iba de Milán a Venecia, atento a los blancos cuellos de las jóvenes de Lombardía, pasó probablemente Stendhal los días más deliciosos de su vida, siempre fiel a aquella apoteosis de un período musical que se abría con Cimarosa o el gran Paissello y que llegó al delirio con las grandes óperas de su amado Rossini. En el fondo de esa aventura vital y estética de la música escuchada en un país ideal, el lector encontrará, inesperadamente, a manos llenas, en este libro las verdades de siempre; esas verdades dichas casi sin importancia, entre las risas y las lágrimas del melómano excepcional que en él se dio: "Puesto que la muerte es inevitable, olvidémosla".

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