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lunes, 6 de julio de 1987
UNA OBRA CON 'FORMA, SOLIDEZ, COLOR'

Contra el sentido común

Era un hombre pequeño con mirada de ave y labios delgados y que, a pesar de su caballeresca afabilidad, apenas reía. Casi no se movió de Oxford, Misisipí, llevó una vida sedentaria de granjero, buscó la compañía de gentes sencillas y rehuyó las servidumbres de la fama. "Yo no soy un hombre de letras", dijo una vez; "tan sólo soy un escritor". Con la misma tenaz fatalidad que recorre sus libros, construyó una obra que definió, junto con la de Proust, Joyce y Kafka, la literatura del siglo XX. Hoy hace 25 años que murió de un ataque al corazón.

Mientras agonizo (As I lay dying) cuenta el viaje de una familia de blancos pobres de las colinas, que llevan en un carromato a la madre muerta para cumplir la promesa de enterrarla en el cementerio de Jefferson. En cierto modo es una variante de El sonido y la furia, y su título podría aludir también a la forma en que fue escrita: en seis semanas, por la noche, sobre una carretilla volcada, con un calor superior al de estos días, bajo el desquiciante ruido de una máquina que el escritor debía vigilar.Faulkner estaba recién casado con una amiga de infancia, Estela Oldham Franklin, divorciada y con dos hijos, y cuando llegaba a su casa, al amanecer, Estela se levantaba y le calmaba los nervios interpretando melodías al piano.

"Hay pocas obras tan exclusivas, tan imperiosas como la de William Faulkner. Nos exige por entero", dice Nathan. "Con sus vueltas, sus golpes de teatro y sus peripecias, su sabia presentación y su sicología rudimentaria, sus mistificaciones y sus enigmas, es un desafío constante al sentido común". El mundo de Faulkner está elaborado con tal fidelidad a las demandas de su propia expresión que se le ha acusado de perversidad narrativa.

Pese a su perversidad, su literatura ocupa el siglo XX hasta el punto de que sin ella no es posible comprender del todo la de García Márquez o la de Juan Benet. Mas esa perversión es síntoma de búsqueda, en absoluto calificación moral. Por el contrario, Faulkner, que se paseaba llevando ejemplares de Shakespeare y del Antiguo Testamento, es también un moralista. Escribió, según dijo, para elevar el espíritu del hombre, y así el título de su discurso de aceptación del Premio Nobel, en 1950: "Me niego a aceptar el final del hombre".

Un sello de Correos

Pese a su vida sedentaria, la historia de Faulkner es sugerente donde las haya, a causa, quizá, de sus contrastes. Creador de un mundo a veces delirante (nada fantasioso), era un hombre sobrio y, según su amigo Phil Stone, lo más ajeno que se puede ser del exceso. Inventor de personajes que se han vuelto paradigmas de la maldad -el Popeye de Santuario-, buscó siempre la vida sencilla del pequeño sello de correos que era su comarca hasta el extremo de compadecer a los habitantes de Nueva York, según escribió en una carta, porque no vivían en Oxford, Misisipí.

Sorprende igualmente que un hombre con alma de, vago haya conseguido construir un edificio tan sólido, en silencio, con el diario esfuerzo de 5.000 palabras. "Para ser grande", dijo, "hace falta un 99% de talento, un 99% de disciplina, un 99% de trabajo... El novelista no debe estar jamás satisfecho de lo que escribe. No es nunca tan bueno como podría haberlo sido".

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