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miércoles, 25 de febrero de 1987

Donald Regan, el amigo del presidente

El 'primer ministro' de Reagan, próxima víctima del Irangate'

El puesto de jefe del gabinete presidencial no está previsto por la Constitución de Estados Unidos ni sometido al sufragio de los ciudadanos, pero Ronald Reagan ha delegado la presidencia en los dos últimos años en Donald Regan, que se ha convertido de hecho en un primer ministro al estilo europeo o incluso en un presidente en funciones. El poder o la influencia que puedan ejercer el vicepresidente o los secretarios de Estado o Defensa palidecen ante el peso de este hombre de 67 años de edad, al que se califica de astuto, agresivo y arrogante, y que actúa, según sus críticos, como un autócrata. Junto con un presidente que ha olvidado lo que ocurrió, aparece como el primer responsable de los manejos de la Casa Blanca en el turbio asunto del Irangate.

La incapacidad de Regan para proteger del Irangate al presidente y para superar la parálisis que ha enterrado a la revolución Reagan, unidas a su confusa actuación en el escándalo, le van a costar el puesto en el que ha acumulado un inmenso poder. En el verano de 1985 Nancy Reagan se quejó del preeminente papel que Donald Regan jugó durante la operación de cáncer de colon del presidente. Ahora, la enemistad de la primera dama, que acusa a Regan de no haber sido capaz de proteger a su marido y de haber colocado su presidencia al borde del abismo, va a ser decisiva para sumarle a la lista de las víctimas del Irangate.

A pesar de su poder y de su control sobre el presidente, su papel en el escándalo sigue siendo poco claro. Asegura que los fontaneros del Consejo de Seguridad Nacional actuaban por libre y afirma que no ha sido encubridor ni sabía nada del desvío de fondos a la contra.

Donald Regan, un multimillonario procedente de Wall Street, coordina la política interior y su influencia en la política exterior supera en ocasiones a la ejercida por los secretarios de Estado o de Defensa, a pesar de su relativa ignorancia en los temas exteriores. En las cumbres de Ginebra y Reikiavik fue el principal asesor del presidente.

Desde que se deshizo de Robert McFarlane como consejero de Seguridad Nacional, se convirtió en la única fuente de poder en la mansión presidencial.

Sus intentos de influir en política internacional, sustituyendo a McFarlane por el gris burócrata John Poindexter, le han conducido finalmente a su perdición y, probablemente, a la de la presidencia de Ronald Reagan.

Regan dirige la Casa Blanca como si se tratara de una gran empresa y él fuera el presidente del consejo de administración y principal ejecutivo. Enfrentado al desastre iraní y a su grado de conocimiento previo del mismo, Regan contestó: "¿Sabe el presidente de un banco las manipulaciones que un cajero realiza en los libros contables? Evidentemente no".

Controla la agenda del presidente y el acceso al Despacho Oval del presidente, al que no penetra nadie sin su conocimiento, decide la redacción final de los discursos presidenciales y tiene casi la última palabra en el nombramiento de los embajadores.

La filosofía del presidente, tal como manifestó a la revista Fortune, es "rodearse de la mejor gente que se pueda encontrar, delegar autoridad y no interferir". Esto explica el poder acumulado por Regan.

Hasta ahora, el presidente está cumpliendo su idea al pie de la letra con los graves resultados de una presidencia paralizada, que, como mal menor, tiene que admitir una suprema incompetencia en su política exterior, y que es posible que haya violado las leyes. Los investigadores del Irangate han llegado a la conclusión que Ronald Reagan realmente no se acuerda de si autorizó, o cuándo lo hizo, el primer envío de armas a Jomeini.

Donald Regan es, sobre todo, el amigo del presidente. Y, como él, es optimista y poco reflexivo, poco propicio a las construcciones intelectuales y nada del mundo político y legislativo clásico de Washington.

Una de las misiones que Regan tiene encomendada a uno de sus ayudantes es buscarle todos los días el último chiste para que él pueda contárselo al presidente. "Le hemos buscado uno de su edad, señor presidente, para que puedan divertirse juntos", le dijo el anterior jefe de gabinete, James Baker.

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