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sábado, 7 de junio de 1986
Tribuna:

El brujo

  • LOS MADRILES

Rafael Álvarez, el Brujo, o Rogelio el Hojalatero (La taberna fantástica, Alfonso Sastre), es la última revelación madrileña del teatro off/off Gran Vía. Rafael Álvarez, el Brujo, o sea Rogelio el Hojalatero, es menudo, nervioso, infantil, con cara de pez pintado por Picasso, perfil en punta e infinitos registros teatrales. El salto del underground a la gloria oficial lo va a pegar mediante la televisión.Alfonso Sastre, autor dado a trascendencias, tenía en el bolsillo de atrás del pantalón, desde los felices 60, su comedia La taberna fantástica, que no estrenó antes por razones obvias de paternalismo franquista, y quizá también porque Sastre consideraba esta pieza como menor y costumbrista. Estrenada, al fin, en septiembre del pasado año, la crítica habla de ella como de una de las mejores o la mejor de las comedias de AS. Repuesta ahora en el Pavón, puro Rastro, con personajes tan madrileños como el ciego de las Ventas, nos sabe a aquel socialrealismo con mensaje de cuando entonces, sólo que bien hecho. La función se estrenó en el Círculo de Bellas Artes, o sea para intelectuales, y el cronista no quería perderse la reposición ante un público, el del Rastro, que es aproximadamente el mismo de la comedia: es decir, espejo frente a espejo. El Brujo, que es un brujo, siempre al loro de esto, exaspera su actuación, lleva al límite su personaje, puebla el escenario con su estilo barroco, por mejor llegar a un público de bulto y por desfogarse a sí mismo.

He estado en la madrugada con Rafael Álvarez, el Brujo, le he observado procurando establecer una distancia crítica, y me parece uno de los seres más singulares, "angélicos" y dotados que ha dado el underground madrileño en mucho tiempo. Rafael Álvarez, el Brujo, gasta pelo crespo, perfil picudo, bigotillo de espadachín frustrado, ojos redondos, estilo de pez, alma de niño y cazadora negra. Rafael Álvarez, el Brujo, es mucho más que un actor y mucho más que un brujo. Es una criatura singular y celestial, el unigénito socio de un Madrid que entoña.

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