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lunes, 2 de junio de 1986
Tribuna:

Los riesgos de la energía nuclear

  • DESPUÉS DEL ACCIDENTE DE CHERNOBIL

Las consecuencias a medio y largo plazo de un accidente cómo el ocurrido recientemente en la central de Chernobil son imprevisibles, en opinión del autor de este artículo, a quien no convencen los niveles mínimos de radiactividad teóricamente aceptables para los organismos internacionales. En apoyo de su tesis, esgrime el aumento de enfermos de cáncer en zonas circundantes a centrales nucleares estádounidenses, y ello a pesar de no haberse superado nunca los mínimos oficiales.

El reciente accidente de la central nuclear de Chernobil ha desatado de nuevo una intensa polémica en torno a la seguridad de la extensa gama de instalaciones vinculadas al ciclo nuclear, así como a la licitud de someter a extensas capas de la población a enormes riesgos para su salud en nombre de unos pretendidos costes del progreso.Dentro de este marco, y como problema que más directamente nos atañe en este caso, parece inexcusable referirnos a los problemas derivados de la llamada nube radiactiva generada por el accidente y, en general, a los efectos de las pequeñas dosis de radiación, cuya incidencia tiende a subestimarse en las informaciones difundidas, en contra de toda la evidencia científica acumulada a lo largo de los últimos años.

En efecto, en su af1n de evitar la alarma en la población, gran número de autoridades e instituciones de Europa -cuya expresión más evidente en España ha sido el Consejo de Seguridad Nuclear- se han apresurado a comentar la escasa o nula peligrosidad para nuestra área geográfica de la nube radiactiva emanada de Chernobil, cuestión que encontraría fundamento en el hecho de: que los datos obtenidos en las mediciones efectuadas quedan por debajo de los límites oficialmente considerados como aceptables.

No hay nivel seguro

Y es aquí precisamente donde surge un primer problema, ya que ésos límites convencionalmente aceptables resultan más que dudosos si nos atenemos a los estudios y denuncias efectuados por especialistas competentes y ajenos a cualquier interés pro o antinuclear.

De acuerdo con tales estudios, se podría decir que no hay nivel seguro y que todo incremento, por pequeño que sea, en las dosis de radiación recibidas incrementan los riesgos de cáncer, daños genéticos, desajustes nerviosos, etcétera.

Las pretendidas dosis aceptables son algo meramente convencional, que, se va variando según avanzan los conocimientos, y cuyo único fundamento es evitar que se llegue a niveles de contaminación para los cuales los daños a corto plazo estén ya por encima de cualquier duda. Ello puede ser ejemplificado por la constatación de que esos niveles -hoy establecidos por los organismos internacionales creados al efecto en 0,5 rems/año para la población en general y 5 rems/ año para los trabajadores de la industria nuclear- eran hace pocas décadas de hasta más de 50 rems/año, mientras que en la actualidad, ha sido ya recomendada su reducción a 0,05 reinsi/año en varios Estados y, en particular, en el propio Estados Unidos.

Si damos, pues, por sentado, como parece de total evidencia, que los límites,de seguridad son simplemente aproximativos, nos queda por averiguar cuáles son los riesgos a los que se nos somete al sufrir efectos de radiaciones inferiores a esos límites -como ocurre en el caso actual-, no olvidando su capacidad acumulativa en el organismo y la larga vida de muchos de los elementos liberados a la atmósfera por accidentes o explosiones nucleares deliberadas.

Cáncer y leucemia

Ateniéndonos a estudios norteamericanos y británicos dirigidos a la población circundante a plantas nucleares que no han sufrido accidentes graves, se constatan aumentos de cáncer y leucemia respecto a la media de la población de entre un 30% y un 40%.

Un estudio ya histórico fue el llevado a cabo por el doctor Mancuso, de la universidad de Pittsburg, sobre una población laboral de 25.000 personas sometidas a dosis inferiores a los famosos 5 rems/año, y en las cuales el riesgo de cáncer de médula ósea se doblaba respecto al normal, siendo aún mayor el referido a cáncer de pulmón.

Éstos y otros muchos ejemplos que se podrían citar conducen a concluir que los efectos de un accidente de estas característica s, al igual que los ya famosos de Harrisburg o de Windscale, son menos graves a corto plazo que a medio y largo, siendo de esperar una notable multiplicación de los enfermos y fallecidos a lo largo de los próximos meses y años a consecuencia de las dosis sufridas.

Como es lógico, dichos afectados graves se localizarán fundamentalmente en un radio de algunas decenas de kilómetros en torno a la central, pero no es descartable que se produzcan también a mayores distancias, incluso en Europa occidenlal, por la ingestión de productos contaminados y por su efecto acumulativo con radiacíones ionizantes procedentes de otras fuentes.

Todo lo anterior cuestiona seriamente la pretendida inocuidad de las radiaciones sufridas por millares de europeos a lo largo de las últimas semanas y, como consecuencia, el pretendido derecho. a la libre utilización de la energía nuclear dentro de las fronteras de cada Estado nacional.

Parece evidente que, al igual que otros contaminantes persistentes transfronterizos, la utilización de la energía nuclear coloca ante riesgos no asumidos, tanto a los ciudadanos del propio territorio, como a los de otros países cercanos y, en última instancia, del conjunto dé nuestro planeta, variando la gravedad de los daños causados con factores tan poco precisos y previsibles como las condiciones atmosféricas o la voluntad política de unos u otros Gobiernos y no, desde luego, con la existencia de fronteras administrativas.

Aumento de la oposición

De este modo no es difícil comprender el notable aumento de la oposición a la producción de energía eléctrica por vía nuclear que ha generado este nuevo y grave accidente, lo cual es de esperar que permita por fin un debate claro al respecto en países como el nuestro, donde, además de los riesgos; para la salud y el medio ambiente, es más que dudoso que la opción nuclear. sea beneficiosa desde el punto de vista económico y laboral.

Humberto da Cruz es secretario general de la Federación de Amigos de la Tierra (FAT).

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