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sábado, 19 de abril de 1986
Tribuna:

Conflictos de baja intensidad: las guerras del futuro

Numerosos fenómenos políticos, aparentemente desconectados entre sí, suceden cada día: acciones terroristas, intervericiones de las superpotencias nucleares en países del Tercer Mundo, agrias discusiones para apoyar grupos armados en Afganistán o Centroamérica. Un concepto extraído de la historia militar, conflictos de baja intensidad, es revitalizado para que sirva de marco a lo que EE UU y algunos de sus aliados ven como una amenaza global totalitaria que se manifiesta tanto en el terrorismo como en Gobiernos que quieren alejarse de su influencia y movimientos de liberación nacional. Mariano Aguirre, coordinador del Centro de Investigación para la Paz, de Madrid, especialista en cuestiones de política internacional y defensa, visitó recientemente EE UU para recoger información sobre los conflictos de baja intensidad, y en el siguiente texto ofrece una panorámica de lo que denomina "la guerra del futuro".

No es difícil llegar a creer que la guerra no existe. Es suficiente con no vivir en Chad, Angola, Centroamérica, Irak o el sureste asiático. En ese caso, el concepto guerra quedará identificado con la parafernalia tecnológico-nuclear y con una guerra de las galaxias en la que se tiende a perder la frontera entre la realidad de la cinematografía y la política. La guerra es, en todo caso, algo lejano; los conflictos siempre están en otra parte, o en el futuro. Pero mientras tenemos esa percepción, los planificadores de la guerra. consideran que hemos entrado en una nueva era de conflictos que no se ajustan a las definiciones tradicionales desde Cicerón hasta Clausewitz. Unos conflictos que son y serán rápidos, ejecutados en un marco legal o ilegal de acuerdo al Derecho internacional; sucios, sin declaraciones formales de ruptura de relaciones o de inicio de hostilidades, con unidades pequeñas y ligeras antes que con grandes ejércitos. Se trata de los conflictos de baja intensidad (CBI, low intensity conflicts) y están siendo objeto de una muy especial atención en las publicaciones militares y centros de creación de doctrina política de EE UU. Los CBI son, en opinión de todos, las guerras del futuro que se experimentan en casos como el de Libia. y Nicaragua en el presente, ya que incluyen lo militar, lo económico y lo político como armas activas."El mundo está hoy en guerra. No es una guerra global, pero se extiende alrededor del planeta. No es una guerra entre ejércitos totalmente movilizados, pero no por ello es menos destructiva. No se libra de acuerdo con las leyes de la guerra y, más aún, la ley en sí misma, como un instrumento de civilización, es un blanco de esta particular variedad de agresión". Las palabras pertenecen al secretario de Defensa de EE UU, Caspar Weinberger, y fueron pronunciadas durante un congreso sobre conflictos de baja intensidad que se celebró en el mes de enero pasado en Fort MacNair, Washington DC, y al que asistieron varias decenas de expertos en este tipo de conflictos. Al congreso asistió también el secretario de Estado, George Shultz, quien afirmó que "el problema de la guerra de baja intensidad nos lleva a confrontarnos a una serie de cuestiones políticas, rnilitares, intelectuales, legales y morales". Y añadió: "La guerra de baja intensidad es la respuesta de ellos (comunistas, terroristas) a nuestras fuerzas convencionales y nucleares, una maniobra por el flanco, en términos militares". Poco después de este congreso se creaba un centro sobre GBI en la base de la fuerza aérea de Langley, Virginia.

Si bien es en EE UU donde más se estudian los CBI, otros países preparan grupos de elite para este tipo de guerras. Francia e Italia, por ejemplo, han creado en los últimos años sus respectivas fuerzas de intervención rápida. La URSS, por su parte, ha demostrado en la invasión a Afganistán que puede movilizar tropas con rapidez, como ya lo había hecho, en noviembre de 1977, cuando montó un puente aéreo para dotar con armamento pesado a Etiopía en su guerra contra Somalia. La veloz capacidad de proyección de fuerzas es fundamental, y las naciones con intereses hegemónicos estudian los CBI como una forma de control.

El concepto baja intensIdad aplicado a la guerra ha sido utilizado de manera flexible por numerosos ejércitos, en especial los que han participado en guerras coloniales, para referirse a aquellas en las que no opera más que un limitado número de efectivos dotados con equipos ligeros. En la obra colectiva US. Policy and low intensity conflicts se analizan las experiencias británica y francesa, señalando que el Reino Unido participó en numerosos conflictos que ahora pueden catalogarse como GBI. A la vez, Jacques L. Pons, en dicha obra, indica que Francia tiene una tradición intervencionista que no fue siempre por razones económicas, sino humanitarias; que pocas veces tuvo características puras, y que se llevó a cabo con una fuerza no regular (la Legión Extranjera). La guerra de Argelia es el ejemplo más claro. Precisamente, las experiencias de las luchas coloniales, y la contrainsurgencia de los años sesenta, con el fracaso en Vietnam, donde EE UU ganaba las batallas pero perdió la guerra, son las que han conducido a refórrriular en EE UU la estrategia de estos conflictos en el Tercer Mundo.

La nueva doctrina parte del convencimiento de que la paridad nuclear impide a una URSS "totalitaria y expansionista" atacar de frente y, por tanto, recurre a supuestos movimientos de liberación nacional, Gobiernos títeres, y el inasible terrorismo. A esto se suma la pasividad cómplice de muchos países que no se pliegan a los boicoteos económicos y diplomáticos. El desaflo se percibe global, y exige una respuesta en el mismo nivel que combine, como explica Michael T. Klare, de la universidad de Ainherst, tres campos: el de la contrainsurgencia clásica (asesores militares para Gobiernos aliados, ayuda militar combinada con ayuda civil para la población, para ganar, como se decía en Vietnam, "los corazones y las mentes"); la defensa 'activa' contra el terrorismo (golpes preventivos y represalias contra países que se supone amparan grupos armados antinorteamericanos, acciones rápidas que pueden violar el Derecho internacional, como el secuestro de los secuestradores del Achille Lauro), y la proinsurgencia (apoyo activo a grupos armados que combaten a Gobiernos mal vistos por Washington, como los de Nicaragua, Angola, Libia Etiopía, Camboya y Afganistán). En esta dirección, en abril de 1984, el presidente Reagan firmó la directiva 138, que aprueba los golpes preventivos al igual que las represalias en contra del terrorismo fuera del territorio de EE UU.

EL NUEVO GLOBALISMO

En los manuales de estrategia hay un espectro o graduación de los conflictos posibles. El general (R) Donald R. Morelli y el mayor Michael M. Ferguson, ambos del Ejército de EE UU, explican en la revista oficial Military Review (noviembre, 1984) que hay tres tipos de conflicto: de baja, media y alta intensidad. El primero implica desde boicoteos hasta operaciones de guerrilla, pasando por rescates de rehenes, sabotajes, apoyo militar e incidentes fronterizos. El segundo ya conduce a la utilización de fuerzas regulares en la lucha, el posible uso de armas químicas y que se ataque a blancos civiles; es la guerra declarada. Por último, los de alta intensidad suponen movilización total y el uso de armas nucleares estratégicas

Para llevar a cabo estas guerras del primer escalón se crean las antes mencionadas fuerzas de despliegue o intervención rápida y se potencian las fuerzas de eperaciones especiales (SOF). "La Admnistración de Reagan", afirma un estudio realizado por ex oficiales de las fuerzas arniadas de EE UU dirigidos por el almirante Gene

Conflictos de baja intensidad: las guerras del futuro

Laroque, "ha impulsado la ampliación de las fuerzas de operaciones especiales -unidades militares tipo comando entrenadas para guerra de guerrillas, operaciones encubiertas y contraterrorismo como una de sus más altas prioridades". Las SOF están constituidas, entre otros grupos, por los Rangers; los Boinas Verdes; la Fuerza de Tarea 160 (unidad de helicópteros, secreta hasta 1984); la Fuerza Delta (antiterrorista, que fue puesta en acción cuando el último secuestro de un avión de TWA en Líbano), los comandos de operaciones psicológicos para operar detrás de las líneas enemigas o crear climasantiterroristas en la opinión pública; un cuerpo combinado de aire, mar y tierra perteneciente a la Marina, y el Primer Ala de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea. "La alta prioridad que le hemos dado a la revitalización de las Fuerzas de Operaciones Especiales", declaró Caspar Weinberger en 1984, "refleja nuestro reconocimiento de que los conflictos de baja intensidad, para los cuales las SOF son las más adecuadas, supondrán la amenaza más frecuente a la que tendremos que enfrentarnos a lo largo del fin de este siglo".La puesta en marcha de las fuerzas de elite y la reactivación de las doctrinas de guerras sucias son fenómenos enmarcados en lo que los comentaristas políticos de EE UU dan en llamar la doctrina Reagan o globalismo, al definir a casi todos los puntos del planeta como de interés estratégico de Washington. "El nuevo globalismo", escribe en septiembre de 1985 Anthony Lewis en The New York Times, "es el más importante movimiento conceptual de la política exterior norteamericana en muchos años". Y lo define así: "Estados Unidos debe intervenir en guerras con países del Tercer Mundo siempre que exista una posibilidad de luchar contra la influencia soviética y marxista. Se debe hacer esto en todo el mundo, sin tener en cuenta condiciones locales particulares. Se busca combatir en las playas de Angola y en las montañas de Camboya, pero no porque EE UU tenga ningún interés nacional vital ahí, sino porque la ideología manda. Debemos combatir al comunismo donde aparezca en el Tercer Mundo". Lewis critica duramente esta actitud, alegando que conecta a EE UU con el régimen surafricano al apoyar a los rebeldes antiangoleños y que, en realidad, el régimen angoleño no ha atacado las inversiones occidentales, al tiempo que existe la certeza de que si cesaran las hostilidades impulsadas por Washington y Pretoria, Angola pediría a Cuba que retirase sus tropas. Para Lesis, la política intervencionista alentada por los neoconservadores le costará a EE UU desprestigio, dinero y vidas.

Pero los vientos de guerra fría no vienen sólo de la Casa Blanca. Dado que el totalitarismo y su brazo armado, el terrorismo, no respetan ninguna ley, no habrá comprensión posible. Deben acabarse las explicaciones de los fenómenos armados, que, sin justificarlos, entienden que hay algún problema de fondo. El embajador de Israel en las Naciones Unidas, Benjamin Netanyahu (hermano del teniente coronel que murió mientras dirigía el comando que rescató el avión secuestrado en Entebbe, Uganda, en 1976) dice en su libro El terrorismo: cómo Occidente puede ganar, que "el terrorismo internacional no es un fenómeno esporádico en los designios y ambiciones políticas de los Estados expansionistas y de los grupos que les sirven. Sin el apoyo de tales Estados, el terrorismo internacional es impensable". La fórmula que propone para combatirlo responde plenamente a los conflictos de baja intensidad: presiones políticas (controlar y cerrar embajadas en países como Libia, Siria, Irán, Irak, Yemen del Sur y países del bloque soviético para restar el supuesto apoyo que prestan al terrorismo); presiones . económicas (combinando boicoteo y embargos), y acciones militares. En este último punto afirma que la soberanía nacional no debe ser violada por ningún Estado, pero que si un país fracasa en su lucha contra el terrorismo corre el riesgo de ser intervenido. "Los países", dice, "no tienen el derecho de hacer cualquier cosa dentro de sus fronteras" cuando de luchar contra los terroristas se trata.

LA LUCHA IDEOLMICA

La doctrina global antiterrorista y anticomunista de EE UU está avanzando más rápido que la reflexión que hacen sus aliados europeos sobre el tema. La palabra terrorismo empieza a englobar demasiadas cosas. EE UU envía la VI Flota a la costa libia mientras la opinión pública no ha visto, hasta ese momento, las pruebas concretas de la conexión Trípoli-bombas en Berlín o Roma. Entre tanto, George Shultz declara que hay que poner en marcha respuestas militares con gran rapidez, tratando de respetar la moralidad y el Derecho, "pero no podemos esperar a tener la absoluta certeza". El mayor problema es que, como ocurrió en Argelia, en Centroamérica en los años sesenta, en Vietnam, se diseñan proyectos que combinan lo militar con lo económico para evitar que determinadas áreas no caigan o salgan de las manos comunistas, pero mientras se abunda en acciones militares se echan en falta proyectos económicos concretos. La iniciativa reaganiana para la cuenca del Caribe, por ejemplo, se quedó en nada, porque el proteccionismo del mercado interno de EE UU cuida antes del empleo y el beneficio en Tejas que de la posible subversión por hambre en Guatemala. Las inversiones además no fluyen hacia esa área porque las guerras de baja intensidad contendrán a los supuestos comunistas, pero no dan seguridad a las multinacionales. Yendo en contra de Clausewitz, los arquitectos de los conflictos de baja intensidad ven a la guerra como la continuación de la lucha ideológica por otros medios: la mejor manera de combatir la revolución es fomentando la contrarrevolución con la iconografía clásica del guerrillero (la contra); el terrorismo se combate mejor arriesgándose a violar la legalidad que se pretende sostener. Se avecinan tiempos difíciles para el Derecho, la soberanía y la política internacionales. Convendría no guiarse por su nombre tranquilizador: las guerras de baja intensidad ya se libran con la VI Flota, dotada con armas nucleares, y pueden ser altamente explosivas.

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