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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

Elogio del analfabeto

El analfabeto clásico no sabe leer ni escribir. Tiene, por tanto, que contar cosas. Ahora bien, contar cosas es el comienzo de la literatura. El analfabeto moderno sabe leer y escribir. Pero ya no es capaz de contar cosas. Se ha convertido en un consumidor atolondrado. Hans Magnus Enzensberger, el autor de estas reflexiones, es poeta y ensayista y ha escrito reportajes políticos e ideológicos, como el que publicó en este periódico a finales del pasado año, titulado Cristales rotos de España. El texto que se publica en estas páginas fue escrito para su lectura en la recepción del Premio Heinrich Böll que le otorgó la ciudad alemana de Colonia.

De los periódicos que en estos meses me han acompañado en el desayuno saco la deducción de que las culturas literarias o documentales, las culturas no ágrafas, se hallan amenazadas de decadencia. Y ello no sólo en nuestro país, sino en el conjunto del globo. A alguien que como yo vive de escribir, y por tanto de leer, no puede dejar indiferente semejante noticia amenazadora.¿Puede prescindirse de la palabra escrita? Ésa es la cuestión. Y quien la suscita se ve obligado a hablar del analfabetismo. Pero el asunto tiene un inconveniente. El analfabeto no se halla nunca presente allí donde se habla de él. Ni se presenta ni se da por enterado de nuestras afirmaciones. Guarda silencio. De ahí que yo quiera asumir su defensa, aun cuando, desde luego, él no me lo ha pedido.

Uno de cada tres habitantes de nuestro planeta se las apaña para vivir sin el arte de leer y sin el arte de escribir. Redondeando la cifra, son 850 millones los que se encuentran en esa situación, y su número va a seguir aumentando con toda seguridad. Se trata de una cifra impresionante, pero equívoca, pues el género humano se compone no sólo de los vivos y de los que aún no han nacido, sino también de los que ya han muerto. Y si se los tiene en cuenta hay que sacar la conclusión que saber leer y escribir no es la regia, sino la excepción.

Solamente a nosotros, a esa minúscula minoría que constituimos las gentes que leemos y escribimos, podía ocurrírsenos tomar por minoría minúscula a quienes no suelen hacerlo. Semejante idea revela una ignorancia con la que no quiero conformarme.

Muy por el contrario, cuando contemplo al analfabeto se me presenta éste como una figura digna de todo respeto. Envidio su memoria, su capacidad de concentración, su listeza, sus dotes de invención, su tenacidad y su exquisito oído. Por favor, no vayan a pensar que estoy hablando del buen salvaje. No estoy hablando de una fantasmagoría romántica, sino de seres humanos con los que me he encontrado en la vida. Lejos de mí la intención de idealizarlos. También veo lo estrecho de su horizonte, su error, su obcecación, su extravagancia.

Se preguntarán que cómo es que precisamente un escritor toma partido por los que no pueden leer... Pues está muy claro. Porque los analfabetos fueron los que inventaron la literatura. Sus formas elementales, desde el mito a las rimas infantiles, desde el cuento a la canción, desde la plegaria al acertijo, son todas ellas mucho más antiguas que la escritura. Sin la tradición oral no habría poesía; sin los analfabetos no existirían los libros.

Pero ¿y la Ilustración?, me responderán... De acuerdo... ¡La insensibilidad de una tradición que excluía a los pobres de todo progreso!... ¿Y a quién se lo cuentan ustedes? La desdicha social tiene su base no sólo en los privilegios materiales, sino también en los inmateriales. Fueron los grandes intelectuales del dixhuitième los que lo descubrieron. Que el pueblo no pueda emanciparse, pensaron, no se debe únicamente a su sometimiento político y a la explotación económica de la que es objeto, sino también a su ignorancia. Generaciones posteriores dedujeron de estas premisas que leer y escribir son parte de una existencia humanamente digna.

Esta idea, preñada de consecuencias, sufrió con el tiempo, es cierto, una serie de curiosas interpretaciones. Casi imperceptiblemente el concepto de Ilustración se vio sustituido por el de instrucción. "La segunda mitad del siglo XVIII", dice Ignaz Heinrich von Wessenberg, pedagogo alemán de los tiempos napoleónicos, "hizo época por lo que se refiere a la instrucción del pueblo. El conocimiento de lo que se consiguió a este respecto llena de satisfacción al filántropo, alienta al sacerdote de la cultura y es de lo más aleccionador para el gestor de los asuntos públicos".

No todos sus coetáneos estuvieron de acuerdo con él. Otro educador del pueblo, Johann Rudolph Gottlieb Beyer, escribía en torno a la lectura de libros: "¿No es de ahí precisamente de donde surgen siempre la revuelta y la revolución? Al menos crea descontentos e insatisfechos que miran siempre torcidamente cuanto emprende el poder legislativo y ejecutivo y que no sienten inclinación por la Constitución de su país".

La argumentación nos suena. El miedo a la Ilustración ha sobrevivido a ésta. Inverna no sólo en las dictaduras del siglo XX, sino también en la democracia alemana occidental. Al menos siempre hemos tenido entre nosotros algún cretino de legislador o ejecutivo que ha preferido dejar en suspenso la Constitución para preservarla de los nocivos efectos de determinados escritos.

Pero también es poco lo que ha conseguido aprender la crítica de la cultura de signo conservador durante los últimos 200 años. En ningún momento ha dejado de alzar el dedo en señal de advertencia. "¿Por qué?", se pregunta ya en tiempos de Goethe Georg Heinzman. "¿Por qué (ha de) escribirse e imprimirse preferentemente para lo más depravado del género humano, para quienes eternamente no quieren otra cosa que diversión, para quienes no quieren sino que se les adule y se les engañe?".

"Las consecuencias de semejantes lecturas, carentes de gusto y de sentido, son ( ... ) el derroche insensato, el rechazo insuperable de todo esfuerzo, la afición sin límites al lujo, la tendencia a acallar la voz de la conciencia, el tedio vital y la muerte prematura", se quejaba Johann Adam Bergk.

Cito estos textos largo tiempo olvidados porque sus tesis andan aún como duendes por nuestra época. Quien escuche los sermones y las discusiones sobre política cultural tendrá la impresión de que en el curso de estos dos siglos no se nos ha ocurrido ningún argumento nuevo.

Ahora bien, por lo que respecta al proyecto de alfabetización, nuestros avances han sido considerables. En esto han alcanzado notables éxitos, a lo que parece, los sacerdotes de la cultura y los dirigentes de la cosa común. Quién contradiría a Joseph Meyer, uno de los principales editores del siglo XIX, que acuñó el lema: "¡La instrucción hace libre!". La socialdemocracia elevó este lema a exigencia política y ha luchado hasta hoy incansablemente por la igualdad de oportunidades y contra el privilegio en la educación. ¡El saber es poder! ¡Cultura para todos! Desde Bebel y Bismarck se han sucedido las buenas nuevas. Ya en 1880 la tasa de analfabetismo había descendido en Alemania por debajo del 1 %. Y en más de un país europeo se tardó más tiempo. Pero también en el resto del mundo se han hecho enormes progresos desde que, en 1951, la Unesco inscribiera en su bandera el lema de la alfabetización. En una palabra: es el triunfo de la luz sobre las tinieblas.

Nuestra alegría por este triunfo se mantiene dentro de ciertos límites. El mensaje es demasiado hermoso para ser verdad. Los pueblos no han aprendido a leer y escribir porque tuvieron ganas de hacerlo, sino porque se les ha obligado. Su emancipación ha sido al tiempo una incapacitación. A partir de ese momento, el aprender ha quedado sometido al control del Estado y sus agencias: la escuela, el ejército, la justicia. Los niños de Ravensburg que en 1811 participaron en la adjudicación de un premio cantaban ya:

"Trabajador y obediente / es lo que el buen ciudadano / debe ser honradamente. / La escuela, cual debe ser, / forjará en la juventud / el sentido del deber. / Sólo la escuela consagra / a esta virtud eminente / y presta conocimientos / que enriquecen nuestra mente. / Para siempre agradezcamos: / ¡Viva el Rey! ¡Viva el Estado / donde de escuelas gozamos!".

La finalidad que perseguía la alfabetización de la población nada tenía que ver con la Ilustración. Los filántropos y los sacerdotes de la cultura que la propagaron fueron únicamente los instrumentos de la industria capitalista, que exigía del Estado que pusiera a su disposición una mano de obra cualificada. Nunca se trató lo Bueno, Bello y Verdadero de que hablaran los patriarcales editores del Biedermeier y que todavía hoy gustan de citar sus epígonos. Nunca se trató de allanar el camino a la cultura escrita y mucho menos aún de liberar a los hombres de su minoría de edad. El progreso del que se hablaba era un asunto muy diferente. Consistía en amaestrar a los analfabetos, a "la más baja entre las clases de hombres", en arrebatarles su fantasía y su obstinación para, en adelante, no explotar solamente la fuerza de sus músculos y la habilidad de sus manos, sino también su cerebro.

Para terminar con el hombre ágrafo había que empezar por definirle, detectarle y descubrirle. El concepto de analfabetismo no es antiguo. Su invención puede datarse con bastante precisión. La palabra aparece por primera vez en un escrito inglés de 1876 y se extiende velozmente por toda Europa. Casi simultáneamente inventa Edison la lámpara incandescente y el fonógrafo, Siemens la locomotora eléctrica, Linde la máquina frigorífica, Bell el teléfono y Otto el motor de gasolina. La relación está clara.

LOS CONSUMIDORES CUALIFICADOS

Por lo demás, el triunfo de la educación popular en Europa coincide con el desarrollo máximo del colonialismo. Lo cual tampoco es ninguna casualidad. En las enciclopedias de la época puede leerse que el número de analfabetos "comparado con población total de un país (constituye) un índice de la situación cultural de un pueblo". "Este estado de cultura (es) mínimo en los países escandinavos y entre los negros de Estados Unidos de América. ( ... ) En el escalón más alto se encuentran los ( ... ) países germánicos, los blancos de Estados Unidos de América y el tronco finés". Tampoco había de faltar la indicación de que "los hombres ( ... ) están por término medio por encima de las mujeres" (Meyers Grosses Konversationslexikon 1905, Brockhaus 1894).

Aquí ya no se trata de estadísticas, sino de discriminación y estigimatización. Tras la figura del analfabeto se dibuja ya la del hombre inferior. Una pequeña minoría radical usufructúa la civilización y discrimina a todos los que no bailen al son que ella toca. Esta minoría puede determinarse con exactitud: los hombres dominan sobre las mujeres, los blancos sobre los negros, los ricos sobre los pobres, los vivos sobre los muertos. Lo que los gestores de los asuntos públicos no podían sospechar había de quedar claro para sus bisnietos y víctimas: que la Ilustración desemboca en persecución y la cultura puede convertirse en barbarie. Se preguntarán por qué les vengo aquí con problemas que sólo tienen ya un interés histórico. Pues bien, porque esta prehistoria nos ha tomado la delantera. La venganza de lo excluido no carece de una negra ironía. El analfabetismo, del que nos habíamos desinfectado, ha vuelto, y lo ha hecho en una forma en la que ya no queda nada de digno. La figura que hace

Elogio del analfabeto

ya tiempo que domina la escena social es la del analfabeto secundario.Le va bien, puesto que no sufre por la atrofia de memoria que le aqueja; el carecer de obstinación le sirve de alivio; aprecia su propia incapacidad para concentrarse en nada; tiene por ventaja el no saber ni entender lo que ocurre con él. Es activo. Es adaptable. Posee una considerable capacidad para abrirse camino. No tenemos, así pues, que preocuparnos por él. Contribuye a su bienestar el hecho de que el analfabeto secundario no tiene ni la menor idea de que es un analfabeto secundario. Se tiene por bien informado, es capaz de descifrar las indicaciones para el uso de los objetos que compra, los pictogramas y los cheques, y se mueve en un mundo que le aísla herméticamente de todo cuanto pueda inquietar a su conciencia. Es impensable que naufrague en el mundo que le rodea. Es él el que le ha producido y formado para garantizar su estabilidad y permanencia. El analfabeto secundario es producto de una nueva fase de la industrialización. Una economía cuyo problema ya no es la producción, sino la forma de darle salida, no necesita ya ningún ejército de reserva disciplinado. Lo que necesita son consumidores cualificados. Al mismo tiempo que el obrero productor y el empleado clásicos se ha vuelto superflua la preparación rígida a que se sometía a éstos, y el analfabetismo se convierte en una traba que conviene quitar de en medio lo antes posible. Nuestra tecnología ha desarrollado la solución adecuada a la vez que planteaba el problema. El medio ideal para el analfabeto secundario es la televisión.

Es probable que la mayor parte de las teorías que se han puesto en pie en tomo a este fenómeno sean falsas. Sé de lo que hablo, pues no hace aún 20 años que adscribí maravillosas posibilidades emancipatorias al medio electrónico. En todo caso, aquella esperanza, aunque fuera infundada, tenía la ventaja de la audacia. No puede decirse otro tanto de las consideraciones que hace el sociólogo norteamericano Neil Postman, de las que hoy tanto se habla: "Cuando un pueblo se deja distraer con trivialidades, cuando se define de nuevo la vida cultural como una serie interminable de representaciones de diversión, como gigantesca empresa de espectáculos, cuando el discurso público se convierte en palabrería indiferenciada; en suma, cuando los ciudadanos se convierten en espectadores, los asuntos públicos se degradan hasta devenir en números de variété, la nación está en peligro y la muerte de la cultura se toma un peligro real".

Tan sólo ha variado la terminología. En todo lo demás, la argumentación del norteamericano de 1985 es idéntica que la del buen suizo que en 1795 dirigía una Llamada a su nación para advertir de la amenaza del hundimiento de la cultura. Es evidente que Postman tiene razón con su afirmación central de que la televisión es una majadería con salsa. Lo curioso es que vea en ello un inconveniente. Al hecho de ser retrasada mental es a lo que debe la televisión su encanto, su irresistibilidad, su éxito. Todavía más extraño es otro tic que puede observarse en los apologetas de la cultura lectora. Antójaseles que de lo que se trata primordialmente es de los medios con los que se produce la imbecilidad. Si aparece en letra impresa se considera sin más que constituye un bien cultural. En cambio, si se difunde a través de antenas o cables, "la nación está en peligro". En fin, la culpa es de los que toman la crítica cultural por moneda de ley.

A mí al menos se me hace cuesta arriba creer en una Casandra cuyos presagios sirven para hacer apología de su propio negocio, máxime cuando simultánea y ciegamente echa mano de nuevos mercados de salida. Vamos a hacer memoria: fue con un producto impreso, con el periódico sensacionalista Bild-Zeitung, profético producto con el que se demostró que es posible vender como lectura el destierro de la lectura y fabricar un medio impreso para analfabetos secundarios. Y son naturalmente editores los que se aprestan a cablear toda la nación, a imponer los satélites y cubrir el continente con programas de los que se ha borrado todo vestigio de programa. Lo mismo que hace 100 años, cuando el propósito era alfabetizar a la población, también hoy, cuando de lo que se trata es de hacer esa alfabetización reversible, pueden confiar en la ayuda del Estado. El actual proyecto para hacer obligatoria la instalación de la televisión por cable se corresponde exactamente con la escuela obligatoria a la que aludían entonces las leyes. Resulta muy oportuno que la industria disponga como interlocutor de un ministro que encama con encomiable claridad el tipo del analfabeto secundario.

CAJONES CULTURALES

También la política educativa del Estado tendrá que adaptarse a las nuevas prioridades. Ya se ha dado un primer paso reduciendo el presupuesto previsto para las bibliotecas. Y también en la escuela se detectan novedades. Es sabido que hoy día puede asistirse durante ocho años a la escuela sin aprender alemán y que también en las universidades este dialecto germánico se va convirtiendo poco a poco en un idioma extranjero que sólo se domina imperfectamente.

Por favor, no vayan a creer que me anima la intención de polemizar contra una situación de cuya inevitabilidad me doy perfecta cuenta. Tampoco me propongo lamentarla. Lo único que quisiera es exponerla y, en la medida de lo posible, explicarla. Sería locura negar la razón de ser del analfabeto secundario, y lejos de mi intención está el negarle su lugar al sol o desaprobar sus diversiones.

Séame permitido en cambio dejar constancia de que el proyecto de la Ilustración ha fracasado a este respecto. Por lo que se refiere al lema "Cultura para todos", su fracaso resulta cómico. Y aún menos tenemos a la vista una cultura sin clases. Muy por el contrario, es previsible una situación en la que se formen ambientes culturales cada vez más marcadamente separados y que ya no conozcan un ámbito público y una opinión pública comunes.

Estoy incluso dispuesto a arriesgar la afirmación de que la población se va a dividir en cajones culturales de manera cada vez más clara. (Este término lo utilizo desde luego con intención descriptiva, sin pretensiones sistemáticas.) Los cajones ya no pueden describirse con ayuda del modelo marxista tradicional, según el cual la cultura dominante es la cultura de los dominadores. Clase económica y conciencia se separan cada vez más.

En este proceso la regla será que los analfabetos secundarios ocupen las posiciones más elevadas en la política y la economía. Baste con señalar al actual presidente de Estados Unidos y al actual canciller de la República Federal de Alemania. En contraste, tanto en nuestro país como en Estados Unidos es fácil encontrar grandes cantidades de taxistas, obreros sin cualificar, vendedores de periódicos y receptores de ayuda social que, con superior conciencia de los problemas, sus normas culturales y sus amplios conocimientos, hubieran llegado lejos en cualquier otra sociedad. Pero incluso una yuxtaposición semejante no refleja exactamente la situación, una situación que ya no permite ninguna clasificación unívoca. Pues también entre los maestros en paro pueden encontrarse zombies, y en la oficina del presidente, gente que no se limita a saber leer y escribir, sino que es capaz de pensar de una manera productiva. Pero también implica esto que el determinismo social ha agotado también sus posibilidades para la interpretación de los problemas de la cultura. Cuando los padres son en ambos casos analfabetos secundarios, el hijo de personas prominentes ya no tiene ventaja alguna sobre el hijo del obrero. La casta cultural a la que se pertenezca dependerá en adelante más de la propia opción que del origen.

De todo ello deduzco que la cultura se encuentra en nuestro país en una situación totalmente nueva. Podemos olvidar la pretensión de obligatoriedad general de la que siempre ha hecho gala pero que nunca ha cumplido. Los dominadores, analfabetos secundarios en su mayoría, han perdido todo interés por ella. Lo cual tiene como consecuencia que ya no tenga que servir a ningún interés dominante ni pueda hacerlo. La cultura ya no legitima nada. Es libre como los pájaros. Lo que también es al fin y al cabo una forma de libertad. Una cultura semejante queda reducida a sus propias fuerzas, y cuanto antes lo comprenda así, tanto mejor.

Ah, sí, falta por mencionar la cuestión de si han distinguido ustedes a un anacronismo... ¡Casi lo habíamos olvidado! Por lo que se refiere a la literatura, los cambios que acabo de señalar la han afectado menos de lo que podría parecer. En el fondo siempre ha sido un asunto minoritario. Es probable que el número de los que viven con ella se haya mantenido relativamente constante durante los últimos dos siglos. Tan sólo ha cambiado la composición de sus adeptos. Hace ya tiempo que no constituye un privilegio de ningún estamento, pero tampoco una obligación estamental, ocuparse de la literatura. El triunfo del analfabetismo secundario no puede hacer sino radicalizar la literatura: hace que sobrevenga una situación en la que ya sólo se leerá por propia decisión. Cuando haya dejado de ser un símbolo de status, un código social, un programa de educación, sólo se ocuparán de la literatura los que no pueden dejarla.

Y eso que lo denuncie quien tenga ganas de hacerlo. Yo no las tengo. También la mala hierba constituye una minoría, y todo jardinero sabe lo difícil que es terminar con ella. La literatura seguirá viva mientras disponga de una cierta tenacidad, de una cierta astucia, de la capacidad de concentrarse, de una cierta obstinación y de buena memoria. Y como recordarán, son éstas las cualidades del verdadero analfabeto. Quizá sea él el que tenga que decir la última palabra. Pues no necesita de ningún otro medio más que una voz y un oído.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de febrero de 1986

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