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sábado, 28 de septiembre de 1985
Tribuna:

Sobre la situación de la economía española / y 4

  • TRIBUNA LIBRE
En la situación actual, los empresarios no invierten porque no ven expectativas claras de beneficio y tienen opciones más seguras para su dinero. En opinión del autor, la iniciativa privada tiene que ser el principal motor de la economía, y para ello es preciso profesionalizar la gestión y aumentar las inversiones públicas, aun a costa de un nivel algo mayor de inflación y de un déficit público más elevado, que debe reducirse conteniendo el gasto.

Del planteamiento que se ha realizado hay que evitar una primera tentación, que es culpar al empresario de no haber desempeñado el papel de inversor e impulsor que justifica socialmente su existencia. Esta actitud sería, a mi juicio, estéril. Los empresarios no invierten porque no ven expectativas claras de beneficio y disponen, en cambio, de opciones alternativas con mayor rentabilidad y menor riesgo. Se argumenta que la inversión extranjera sí que ve oportunidades y tiene confianza, pero hay una diferencia básica: que la inversión extranjera, aparte de contar con una visión más amplia e internacional, tiene el potencial, la dimensión y la organización empresarial que le permite obtener rentabilidades que exceden de las opciones alternativas. Este no es el caso de, la empresa española, hablando en términos generales, cuya tasa de obtención de beneficios era reducida, y en los últimos años aún más, en relación a la obtenida por el aparato empresarial de los países industriales más desarrollados.La razón básica de la crisis duradera de la economía española hay que plantearla, en mi opinión, en la precaria situación del colectivo empresarial español. Aunque la actual Administración ha conseguido elevar el excedente comprimiendo las rentas salariales, este aumento y la política citada de dar confianza ha sido hasta el momento insuficiente para estimular la inversión.

En este contexto, limitarse a una actuación de esperar el tirón de la empresa privada, que puede demorarse o no producirse ante la imposibilidad de remover los obstáculos, es, a mi juicio, muy aventurado. También lo es que la Administración se implique en el proceso productivo sin haber organizado mínimamente un esquema que permitiera una gestión adecuada. Ante un panorama como el descrito, el esfuerzo tenía que haberse planteado en términos de una mejora de la ordenación interna que permitiera ayudar y cooperar con el sector privado, para lo cual habría sido fundamental la mejora de la Administración y de la empresa pública.

Poner orden

Cuando se nos dice que la política económica actual es la única alternativa posible, y que la base es preservar el equilibrio externo y contener la inflación, se dice una verdad; y ese es un mensaje claro, aceptado, y podría añadir que obvio. Pero el tema no acaba en un planteamiento macroeconómico sino que a partir de ahí se empieza: el trabajo duro e importante es poner orden y organizar tanto la Administración como la empresa pública. Si el mensaje se reduce a la macroeconomía y al manejo de cuatro magnitudes, se está actuando en un frente necesario, pero insuficiente.

Es preciso, además, bajar a la arena, formar equipos sólidos y capacitados, dar el poder de decisión a los gestores, pasar, si se me permite la expresión, que en modo alguno es peyorativa, desde la óptica de un servicio de estudios a la de una gerencia profesional. Entiendo que en este sentido no se ha avanzado y, si había una expectativa de regeneración, se ha frustrado. Ninguna empresa, ni pública ni privada, puede funcionar sin una buena gerencia, y eso es una profesión que requiere vocación, disposición específica y un marco adecuado de incentivos y control. No se está capacitado para gestionar por el hecho de tener un buen curriculum ni superar con brillantez oposiciones. Si se toma la empresa pública como botín político, lo mejor es prescindir de ella en lo posible.

La situación actual pues que viene caracterizada por un control monetario que impide un desborde de la inflación, un creciente peso del sector público, una atonía inversora y una economía de rentistas. ¿Qué puede derivarse de esta dinámica? ¿Cabe esperar que mejoren las circunstancias exteriores en un grado mayor que en los últimos dos años? Y, en ese supuesto , ¿sería suficiente ese impulso exterior pura alterar el proceso? Estos son, a mi juicio, los grandes interrogantes que planean sobre la economía española.

La espera de un lanzamiento impulsado por la vía externa, caso de producirse, sería insuficiente para alterar básicamente la situación, y la esperanza de que se alivien los obstáculos, se modifique el actual estado de expectativas y la iniciativa privada mejore el pulso por sí sola puede ser muy duradera. Incluso es posible que se produzca un deterioro mayor hasta abocamos a una inflación inevitable que altere las reglas de juego actuales con graves consecuencias políticas y sociales.

Pienso, por tanto, que a pesar de todas las limitaciones, es preciso tomar un papel activo y ayudar todavía más a la iniciativa privada para que supere su desánimo, y esto sólo se puede intentar removiendo los obstáculos que están impidiendo la recuperación del pulso. En definitiva, entiendo que hay que actuar en la dirección de promover una recuperación aun a costa de un nivel de inflación controlada más alto del previsto, porque la alternativa es aceptarlo ahora o que se imponga con virulencia en un futuro.

El trabajo podía terminar aquí porque su objetivo fundamental es realizar un diagnóstico y mostrar el peligro de una actitud pasiva ante la profundidad de la crisis que afecta al colectivo empresarial. En mi opinión, llegará un momento en que la profundización en el ajuste que se está haciendo deberá abandonarse ante el peso de la realidad, y lo que propongo, en definitiva, es tomar la iniciativa y no operar a remolque de los acontecimientos. En líneas generales, entiendo que habría que actuar como sigue:

En el frente de la demanda interna sería preciso poner en marcha un programa de inversiones públicas centradas en la construcción, que es un sector generador de empleo y poco dependiente de forma directa e inmediata de importaciones. Esto provocaría un déficit público mayor, que debería compensarse con la reducción de gastos públicos consuntivos, aunque la experiencia de la gestión de los últimos años no permita ser muy optimista.

Abaratar el crédito

En el frente financiero hay que abaratar los costes del crédito y rebajar las opciones de inversión alternativas a las que me he referido antes. Esto no es fácil, porque tenemos un sistema financiero sobredimensionado que no se puede ajustar rápidamente a la baja, pero debería anularse el efecto demostración de las emisiones públicas, moderar el coste de los pasivos y adoptar una posición restrictiva en las cajas de ahorro en cuanto a su expansión, que está provocando un fenómeno del que desgraciadamente ya tenemos experiencia con la crisis de la banca privada.

No ignoro los peligros de una política de este corte, pero no cabe olvidar tampoco lo que supone una atonía tan prolongada, una postración tan intensa y, sobre todo, un paro de la magnitud que hemos alcanzado. Se dirá que esto significa una cierta vuelta a la vieja política, y no rehúyo el reproche, pero los que sostienen la necesidad de profundizar en el saneamiento, a la espera de que la iniciativa privada se reanime por sí misma, deben reflexionar sobre la situación real del país, que no permite tomar como ejemplo economías mucho más flexibles, con sistemas políticos asentados y con mayor capacidad de respuesta. En el fondo, la cuestión gira sobre la esperanza que se tenga de que la prosperidad se encuentre a la vuelta de la esquina. Es preciso pues enfrentarse a la realidad y para ello es fundamental acertar en el diagnóstico de la situación. Colaborar en esa dirección es la intención de este trabajo.

Antonio Torrero Mañas es catedrático de Estructura Económica en la universidad de Alcalá.

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