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miércoles, 17 de julio de 1985
La enfermedad del presidente de EE UU

Los periódicos europeos destacan la transparencia sobre la enfermedad de Reagan

Hay que pensar en el futuro. Ésta es la consigna en la Casa Blanca tras hacerse público que el tumor extraído el sábado a Ronald Reagan era canceroso. El presidente norteamericano -cuyas posibilidades de que esté totalmente curado se consideran superiores al 50%, según los médicos- podrá llevar una vida prácticamente normal una vez que supere el período de convalecencia. La transparencia informativa que ha rodeado la enfermedad contrasta con la actitud soviética respecto a las dolencias de sus líderes, que sólo han estado oficialmente enfermos cuando se ha anunciado su muerte. Ni siquiera en Occidente es normal que la dolencia de un dirigente sea tan pública.

El lujo de detalles con que se ha informado oficialmente sobre la enfermedad cancerosa del presidente de EE UU, Ronald Reagan, contrasta con el secreto que normalmente rodea las afecciones de los grandes líderes de Europa occidental. El anuncio, el lunes, en Washington de la malignidad del tumor extirpado a Reagan dominó ayer los titulares periodísticos, que añoraban la transparencia informativa estadounidense.

El diagnóstico de cáncer anunciado por los médicos del presidente Reagan ocupó ayer la primera página de todos los periódicos británicos, así como los principales espacios de la radio y televisión, informa desde Londres Carlos Mendo. Todos los medios, con excepción del diario The Guardian, pusieron de manifiesto en sus titulares el optimismo transmitido por el equipo médico sobre las posibilidades de recuperación del primer mandatario norteamericano. En un subtítulo, The Guardian advirtió que "la enfermedad puede volver".Entre tanto, uno de los programas de más audiencia en la televisión británica, Newsnight, que se emite todas las noches de lunes a viernes por la segunda cadena de la BBC, hizo el pasado lunes un elogio de la franqueza con que los norteamericanos informan sobre las enfermedades de sus figuras públicas y puso como contraste la falta de información transmitida al público y a los medios de comunicación británicos en circunstancias similares. Como ejemplo, Newsnight citaba una operación de retina a la que fue sometida durante su primer mandato Thatcher, y en la que los informadores sólo encontraron dificultades para cumplir con su misión.

La diferencia, ha comentado a EL PAIS el veterano periodista de United Press International Robert Musel, que cubre la escena londinense desde finales de la II Guerra Mundial, es que en EE UU el público "tiene el derecho a saber, mientras que aquí las enfermedades de los miembros del Gobierno se consideran asuntos privados".

Musel citó los casos del rey Jorge VI, padre de la actual reina, que murió de cáncer de pulmón, y de Randolph Churchill, hijo de sir Winston; en ambos casos se informó sólo de que ambos habían sido sometidos a una operación, sin de más detalles.

El problema de las enfermedades de los grandes personajes políticos italianos ha estado siempre condicionado por el refrán romano "los papas mueren, pero no enferman". Difícilmente se admite que un Papa pueda estar enfermo, ni siquiera acatarrado, informa desde Roma Juan Arias.

Con Pío XII pareció poco menos que una blasfemia cuando se filtró a la opinión pública que el papa místico sufría de hipo. De Juan XXIII se supo que tenía cáncer cuando estaba ya casi agonizando. Y con Pablo VI, cuando tuvo que ser operado de próstata, pareció poco honroso llevarlo a un hospital, como a los demás mortales, y organizaron con gran dificultad un quirófano en los palacios apostólicos.

En el mundo político sólo el presidente de la República Antonio Segni tuvo que dimitir unos meses antes de acabar su mandato por enfermedad, tras haber sufrido un colapso circulatorio que le paralizó medio cuerpo.

Algunos medios sensacionalistas de la República Federal de Alemania (RFA) no escatimaron ayer titulares en los que sugerían que al presidente estadounidense no le quedan más que días de vida, informa desde Bonn Hermann Tertsch. Reagan-cáncer, ¿Queda alguna esperanza?, América tiembla. Muchos coinciden en alabar el optimismo de Reagan en el difícil momento en que se encuentra y la dignidad con que sobrelleva la tragedia personal que el diagnóstico supone.

Según un editorial del lunes del diario conservador Frankfurter Allgemeine, la actual situación revela la gran categoría de Reagan como hombre de Estado. Los medios de la RFA se plantearon también las dificultades de sucesión de Reagan, que, independientemente de que pueda culminar su mandato en la Casa Blanca, ha implantado un estilo personal de gobierno muy difícil de imitar.

La Prensa conservadora elogió calurosamente al vicepresidente George Bush, que hace pocas semanas visitó la RFA, al que considera el sustituto ideal, debido a su gran experiencia como embajador, director de la Agencia Central de Inteligencia y vicepresidente, y a sus "dotes para hombre de Estado".

La operación y el futuro incierto de Reagan hacen recordar la grave crisis cardiaca que sufrió en octubre de 1981 el entonces canciller occidental Helmut Schmidt. Según la Prensa alemana occidental, Reagan podía haber sido operado antes con menor peligro de reproducción del tumor, de haberse sometido antes a una exploración minuciosa. Helmut Schmidt tampoco se sometió a los cuidados necesarios para paliar su afección cardiaca, lo que le puso en una situación de extrema gravedad hasta que le fue implantado un marcapagos. La falta de información sobre el estado real del paciente fue objeto entonces de duras críticas, ya que se intentó presentar la dolencia como una infección sin importancia, en la clásica reacción de los círculos gobernantes por evitar la sensación de orfandad política en el país.

La franqueza con la que Washington informa sobre la enfermedad de Ronald Reagan provoca una gran admiración en la Prensa y los medios de comunicación franceses, que resaltan también el distinto ambiente que rodea a un enfermo de cáncer en Estados Unidos que en Europa, informa desde París Soledad Gallego-Díaz.

Las autoridades francesas, al contrario que las norteamericanas, han rodeado siempre con un gran secreto y misterio las enfermedades padecidas por sus jefes de Estado.

El caso más patético fue el de Georges Pompidou, víctima de un cáncer, que se vio obligado hasta los últimos días a mantener la ficción, aunque el tratamiento a que estaba sometido le desfiguró considerablemente. Antes que él, el general Charles de Gaulle mantuvo en el más completo secreto que se tenía que someter a una operación de próstata. Los franceses se enteraron cuando De Gaulle había superado ya completamente el período posoperatorio.

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