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jueves, 24 de enero de 1985
Crítica:MÚSICA CLÁSICA

Triunfo clamoroso de la Orquesta de Chicago en su primer concierto madrileño

La organización del Año Europeo de la Música en España ha asumido el habitual ciclo sinfónico de Ibermúsica, inaugurado anoche con el primer concierto de la Orquesta Sinfónica de Chicago, dirigida por su titular, sir George Solti. Con un programa de los que suelen denominarse "de tournée", Solti y su centuria han recibido, en el Teatro Real, el más clamoroso homenaje del público madrileño. Asistió, con Su Majestad la Reina, buena parte de los ministros del Gobierno y el lleno superó con mucho la posibilidad de las localidades; hasta el último centímetro de superficie útil fue ocupada. Cuando, después del concertino, apareció en la escena sir George Solti, fue saludado por una estruendosa y larga ovación que se prolongó durante diez minutos.A modo de salutación, brillantísima, simple de ideas y escasamente interesante, Tournaments, de Corigliani, sirvió para mostrar el grado de virtuosismo del conjunto norteamericano. John Corigliani, nacido en 1938, ha llegado al gran público a través de un estilo más que postvanguardista, largamente conformista. Sus pentagramas recuerdan el estilo del denominado "utilitarismo" de entreguerras.

Año Europeo de la Música

Orquesta Sinfónica de Chicago. Director: sir George Solti. Obras de Corigliani, Mozart y Tschaikowsky. Teatro Real. Madrid, 23 de enero, 1985.

La Sinfónica de Chicago es, sin duda una de las mejores orquestas que puedan imaginarse. Cuando suena ante nosotros parece imposible que la imaginación se convierta en realidad. La perfección de todas sus secciones, la belleza muelle de su sonoridad, incluso en los fortísimos, el hábito de escucharse unos a otros, la extraordinaria capacidad de su dinámica, la asombrosa afinación colectiva y las posibilidades sin límites de su virtuosismo, se dan muy raras veces con tal alto nivel como en esta orquesta.

Solti (Budapest, 1912), desempeña la titularidad del conjunto desde 1969, después del largo y superbrillante período de Fritz Reiner, otro ilustre maestro húngaro. Conservar y enaltecer la calidad de su orquesta es mérito indiscutible de Solti, que revela un repertorio conceptual tan claro que a veces roza con lo aséptico expresado a través de un preciso repertorio gestual.

Tras la obertura de Clorigliani, Solti amoldó la plantilla y la relatividad de la dinámica para tocar la Sinfonía número 39, en bi bemol mayor, de Mozart. Todo cuanto está escrito en los pentagramas sonó con tal justeza y tan bellamente que ni un solo momento descendió el asombro de cuantos escuchaban. Fue esta perfección la que salvó el peligro de distanciamiento que puede derivarse de la visión mozartiana de Solti.

Y es que sir George es, como intérrprete, hombre de moderaciones, lo que se vio muy claramente a la hora de abordar a Tschaikowsky. El patetismo de la Cuarta sinfonía, un tanto rebajado, torna más clara y evidente la textura sinfónica, nunca escuchada en todas sus partes y valores como ahora. En el tiempo final -Allegro con fuoco- se nos compensó con creces de toda mesura y estilización a través de un movimiento tan vivo que sólo el virtuosismo de los instrumentistas permitían la escucha equilibrada.

Perfecto controlador de su orquesta e imperativo exigente, obliga Solti a sus músicos a dar lo mejor de sí mismos. Es el gran valor, el triunfo inestimable de un maestro que pasará a la historia ligado a orquestas de tanta singularidad como la Filarmónica de Londres y la Sinfónica de Chicago. Solti cuenta además, en el terreno de la grabación, con verdaderas creaciones, tanto en el género sinfónico como en el operístico.

Después de interminables ovaciones y de aclamaciones que duraron varios minutos, Solti y sus músicos ofrecieron dos páginas fuera de programa, la segunda de las cuales -Fiestas, de Debussy- tuvo una versión tan impetuosa de ritmos como fulgurante de luces y colores. El público se preparaba para escuchar a la orquesta visitante su segundo programa: un mano a mano entre las novenas sinfonías de Sostakovich y Bruckner.

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