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Entrevista:

Gino Bechi: "El éxito es bonito pero traidor"

El barítono, ha impartido un curso en Barcelona

Barcelona
Gino Bechi, barítono que triunfara allá por los años cuarenta, ha estado en Barcelona impartiendo un cursillo de canto. Conoció una época dorada del arte lírico, antes de los triunfos de Renata Tebaldi y de María Callas, que prácticamente debutaron con él. Una época, sin duda muy diferente de la actual: Bechi jamás tuvo agentes artísticos y si cantó en el Liceo -hizo Don Giovanni, Rigoletto, Otello y el Barbiere, entre otros papeles- fue porque el empresario Pamias se enteró de que el barco que le llevaba al Brasil hacía escala en Barcelona y fue a ver al barítono al puerto para contratarlo. Formó parte del mítico grupo de los cuatro ases, compuesto por Maria Caniglia, Ebe Stignani, Beniamino Gigli y el propio Bechi.

El barítono Gino Bechi es de los que recibe a los visitantes en el rellano de la escalera, abriendo la puerta del ascensor con gesto impulsivo y autoritario. Luego, casi a empellones, pero con la suficiente amabilidad para que no lo parezcan, los introduce en campo propio.Se hospeda, en Barcelona, en un apartamento de hotel situado muy cerca de donde impartió, por 13 años consecutivos, su Curso de Ópera Italiana e Interpretación escénica del Arte Lírico. La horrenda decoración no parece afectar ni a él ni a su mujer, que acude al saludo con ademán tímido y afable de mamma italiana acostumbrada a pasar desapercibida tras el brillo del divo travieso que sigue siendo Gino Bechi.

La sensación inmediata es de que los dos son personas muy acostumbradas a viajar, que consiguen hacer de cualquier agujero un habitáculo digno. La señora Bechi ofrece un café excelente (sacrosanto rito de la hospitalidad italiana) y uno no se atreve a preguntar si la cafetera ha venido en la maleta desde Florencia. A continuación se retira discretamente dejando a su marido en escena como tantas veces habrá hecho en su vida.

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Prefería el cine

Pregunta. Usted triunfó en la edad de oro de la ópera. Habrá conocido a mucha gente.

Respuesta. Ah, no. Si empezamos por ahí, mañana por la mañana seguimos hablando. Son tantos años... ¿De quién quiere que hable? He conocido a Mascagni, a Giordano, al maestro Zandonai. Menos a Verdi y a Puccini creo que he conocido a todos los compositores.

P. Son muchos años de carrera. ¿Podría afirmarse que su afición al canto fue una pasión desde niño?

R. Es curioso cómo empecé a cantar. De niño odiaba el teatro lírico. Mi padre quería llevarme simpre al Politeama de Florencia para escuchar a Gigli y a Lauri Volpi, las grandes voces del momento. Pero yo prefería ir al cine o bien gastarme el dinero que mi abuela me daba en partituras de ópera, para después cantarlas por mi cuenta. Sí, realmente creo que hay algo freudiano en mi carrera, no acabo de explicármelo del todo.

P. El caso es que debuta en la ópera de Empoli en 1936, con Rigoletto. Su carrera es fulgurante. Pronto pasa a formar parte del grupo de los cuatro ases que hicieron furor allá por los años cuarenta: María Caniglia, soprano; Ebe Stignani, mezzo; Beniamino Gigli, tenor; y usted mismo en la tesitura de barítono.

R. Todo esto ha cambiado mucho. En mi época había voces de todas las tesituras, no se sabía a quien escoger. Hoy, si Cappuccilli hace un Rigoletto en Milán, ¿quién lo hace en Roma?

Y, sin embargo, los hombres y las mujeres nacen siempre con los mismos atributos... No sé, debe depender de las escuelas de canto.

P. Cita varios nombres del pasado, pero sistemáticamente olvida al barítono Tito Gobbi, cuya carrera se desarrolló paralelamente a la suya: nació una semana después que usted, debutó un año antes y obtuvo su primer gran éxito en 1938 en, Roma, con La Traviata. Usted y él trabajaron juntos en la misma película, Canzoni a due voci, de 1953.

R. Ah, sí, Gobbi. Bueno, es algo posterior. Cuando yo empecé a cantar, él interpretaba segundos papeles.

P. 1952 vio su aparición en los Estados Unidos cuando ya había actuado en La Scala, la ópera de Roma, la de París y el Covent Garden (1950). Su popularidad era ya bastante grande cuando se fue a hacer las Américas.

R. En la década de los cincuenta el ambiente operístico de los Estados Unidos estaba totalmente dominado por los italianos. Hoy más bien ocurre lo contrario: los italianos se quejan de que en Italia hay demasiados artistas extranjeros.

Aficionado a los trenes

P. Aparte de la música, ¿tiene usted alguna otra afición?R. Sí, muchas. En casa no paro quieto un momento, todo lo mecánico me apasiona, no paro de hacer arreglos. Durante un cierto tiempo fui presidente de la federación italiana de trenes eléctricos en miniatura. Yo mismo construía mis propias máquinas.

P. Se retiró usted joven, en 1965, cuando tenía 52 años y estaba en la plenitud de sus facultades. ¿Por qué tanta prisa?

R. Pues mire, para que no llegara el momento en que fuera el público quien me digera basta. No recuerdo muy bien, pero creo que fue en Turín donde hice mi último Barbiere. Salió muy bien, incluso demasiado bien. Decidí que era el momento para retirarme y lo hice.

Consejos a los jóvenes

P. Y desde entonces se dedicó a cien mil cosas más.R. Yo no quería dedicarme a nada, estaba muy bien sin hacer nada. Empecé a moverme un poco, me tomaron en serio y ahora no consigo parar.

P. El caso es que concluido el curso de Barcelona vuelve a Florencia. De allí al Japón, luego a Lisboa y finalmente a China, simpre en pos de una frenética actividad pedagógica. Y eso no es todo: en Lisboa, ciudad a la que acude cada año, lleva puestas en escena unas 70 óperas. Tras su experiencia ¿qué les dice a los jóvenes cantantes que empiezan?

R. Les digo que acaben pronto y les advierto que se estropearán la vida. Quizá consigan tener éxito, que es algo muy bonito pero también muy traidor, porque no cuesta alcanzarlo, pero sí mantenerlo. Primero el público va a escuchar una obra y quizá tenga la suerte de encontrarse con un buen intérprete. Luego, cuando el intérprete ya es conocido, el público va a escucharle a él en aquella determinada ópera y eso cambia mucho las cosas, pues el público es siempre imprevisible. Fíjese, si Gigli hacía un gallo, la gente le pedía el bis. Si en cambio lo daba Lauri Volpi se le echaban encima. Realmente, entre escena y público existen unas corrientes magnéticas imprevisibles.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de noviembre de 1984