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martes, 6 de noviembre de 1984
Tribuna:

Japón, sociedad secreta

Incluso para aquellos que gustan de tomarse las cosas con calma y juzgar sin precipitación, Japón es un país que puede acabar con su paciencia. Pocas sociedades ofrecen contrastes tan acusados -a primera vista, inconciliables- como la nipona. Pero son menos aún las sociedades que se cierran tan denodada, tan sutilmente, a la curiosidad del extranjero. Éste, al llegar a Japón, se convierte forzosamente en un analfabeto al que incluso se le niega la comprensión de unos letreros, carteles y luminosos que, por otro lado, proliferan con una exuberancia más agobiante aún que en cualquier otro país del mundo. Pero ni siquiera esa barrera es comparable a la que crean los propios usos sociales.Nadie ignora que los japoneses han sabido hacer un abundante uso de la propaganda a fin de abrir mercados a sus productos y dar brillo a su imagen exterior, pero es sabido que la propaganda se propone ante todo crear una ilusión apetecible, informando tan sólo de aquello que se estima conveniente. La propaganda no está reñida con el hermetismo. Muy al contrario, el propagandista más hábil es aquel que sabe lo que ha de decir y reconoce, por consiguiente, con precisión los límites de lo que debe callar.

No obstante, el grado de extrañamiento al que Japón obliga al forastero es directamente proporcional al enriquecimiento que puede dispensarle. Culturalmente, nada nos enriquece más que esos viajes que nos sitúan al otro lado de lo que nos es habitual y consabido, que esas auténticas migraciones del espíritu en las que, para orientarnos, de poco nos sirven los esquemas preconcebidos. En Japón, incluso lo que juzgamos más obvio hemos de volverlo a plantear y pensar, empezando por cosas tan elementales como lo que se debe callar y lo que se puede decir, como los valores que se asignan al individuo y a la sociedad, o las formas de cortesía, o la sutil tela de araña de los circunloquios administrativos.

Mirando con ojos de sociólogo, Japón se nos antoja una especie de sociedad secreta. ¿Qué quiero decir? Sin duda, estoy aludiendo a un conjunto muy variado de cosas. Para empezar, la historia de Japón ofrece un caso de sociedad que se cierra al exterior difícilmente parangonable en los tiempos modernos. Desde 1638 a 1853, durante más de tres siglos, Japón selló sus fronteras y se replegó sobre sí mismo con un sentimiento de orgullo nacional que era al mismo tiempo de desasosiego y temor hacia lo extranjero, hacia los bárbaros que venían del Sur.

El archipiélago, que en el siglo XVII se cerró ante la amenaza que suponía la creciente presencia occidental, tuvo que abrir sus puertas precipitada, ansiosamente, cuando escuchó los aldabonazos de las cañoneras estadounidenses que, con una taquigrafía ruda pero expresiva, comunicaban al imperio del Sol Naciente que había comenzado una nueva era, una era a todas luces mundial. A un siglo de distancia de aquel acontecimiento, se puede decir que Japón, sin perder su acento inconfundible, aprendió muy pronto y con gran habilidad el lenguaje con el que se le había llamado.

De todos modos, el sobresalto ante esa llamada que venía del océano todavía hoy se puede rastrear en las formalidades más imprevisibles: en el impreso amarillo del Ministerio de Sanidad que ha de rellenar en el aeropuerto el que entra en este país se explica que "durante su estancia en el extranjero usted puede haber estado expuesto sin saberlo a peligrosas enfermedades contagiosas". Viene a continuación una larga lista de los síntomas morbosos. De ese tipo de medidas, sin embargo, puede ser que se derive -todo hay que decirlo- el hecho de que Japón es el país con una tasa de longevidad más alta del mundo, después de Islandia.

Resulta, con todo, curioso que un país que ha dependido tan ampliamente, en todas las fases de su progreso, de las aportaciones del exterior -de las que, por otra parte, ha sabido hacer un uso tan original- sea al mismo tiempo tan celoso de su peculiar identidad y tan reticente a trabar contactos que puedan conmover su insularidad. Japón, ciertamente, no ahorra esfuerzos, privados y públicos, para estar bien informado de lo que pasa fuera de sus fronteras, pero es la curiosidad del que quiere tomar las oportunas precauciones domésticas y, al mismo tiempo, se asombra de los extraños usos de los vecinos, unos vecinos que, por otro lado, no ha podido elegir.

Cuando decía que Japón es una especie de sociedad secreta, no quería referirme tan sólo a un momento, si bien significativo, de su historia ni servirme de una expresión de fácil relumbre periodístico. Me limitaba a constatar que la sociedad japonesa presenta muchas de las características que definen a las sociedades secretas; así, por ejemplo, la finura y sistematización con que ha sabido organizar la división del trabajo y la compleja jerarquía de sus miembros, la marcada conciencia que tienen los japoneses de su vida, sus peculiaridades y diferencias, el extremado valor que en la sociedad nipona tienen los usos, fórmulas, ritos, etcétera.

Al igual que en el ejército o las comunidades religiosas, en Japón ocupa un espacio enorme el esquematismo, las fórmulas, la determinación del comportamiento exterior, los reglamentos. Estos últimos, que tanta importancia tienen en la vida nipona, son interpretados mitad como una formalidad que da su justo tono a la vida, mitad como las instrucciones para el adecuado uso de una máquina que ha de funcionar de la manera más perfecta.

El individuo se beneficia así de las conquistas de la sociedad, pero ésta, a cambio, le recorta y marca los espacios en que podrá manifestarse libre y espontáneamente. Le queda, sí, como aliviadero de su ansiedad, el recurso al autoanálisis, el coloquio consigo mismo, del que son claros indicios el hábito tan extendido de los diarios personales y el insistente psicologismo de la literatura japonesa, cuyo característico y sugestivo romanticismo parece proponer la única forma de consuelo: el esmerado cultivo del jardín interior.

También en el rito, del que la sociedad japonesa hace un uso mucho mayor que cualquier otra sociedad avanzada, se puede advertir la prepotencia de lo social sobre lo individual. Pues como el simbolismo del rito evoca una gran cantidad de sentimientos, sirve asimismo para que la sociedad abrace a la totalidad del individuo. Para decirlo con palabras de Simmel, "gracias a la forma ritual (la sociedad) amplía su fin particular y adquiere una unidad y totalidad cerradas, tanto subjetiva como sociológicamente".

Pero si el individuo se somete a la normativa de la sociedad, ésta -justo es decirlo- se adapta con extraordinaria plasticidad a los requerimientos del Estado, si es que no se deja absorber por el mismo. Los angostos espacios que en Japón se dejan a la iniciativa individual están estrictamente marcados. De ahí que, en El crisantemo y la espada, la antropóloga Ruth Benedict haya podido escribir: "Los japoneses, más que cualquier otra nación soberana, han sido condicionados para vivir en un mundo en el que los detalles más menudos de la conducta están trazados de antemano y donde el estado está previamente asignado". El occidental, en cambio, ha de aprender por sí mismo muchos de esos detalles menudos de la conducta, pero no se suele decir cuántos conflictos y frustraciones suele implicar su aprendizaje. En Occidente, al individuo se le otorgan muchas prerrogativas, ciertamente, pero eso no quiere decir que se le permita usarlas en todo momento. Podemos deplorar los esfuerzos que en Japón hace la sociedad para hipnotizar al individuo, pero hemos también de temer los estadillos de la embriaguez individualista que de tiempo en tiempo se producen en el mundo occidental.

Mas no hay sociedad secreta sin pruebas de iniciación, y entre éstas tal vez la más característica sea la del aprendizaje del silencio. Uno de los aspectos de la idiosincrasia japonesa que más llama la atención del europeo, sobre todo del meridional, es la capacidad que demuestran los japoneses para resistirse a los encantamientos de la fluencia verbal, su capacidad para abrir en la conversión largos y sostenidos silencios.

Ya los pitagóricos, para no remontarnos a los druidas, prescribían a los novicios un silencio de varios años, ascesis con la que, además de aprender a ser discretos y a guardar los secretos de la asociación ponían en práctica la virtud del autodominio, tan apreciada por los antiguos griegos. Cuando llega a la adolescencia, al japonés, sobre todo si es de índole preguntona, se le enseña que es mejor entenderse sin palabras. Es cierto que, como me decía una joven japonesa con la que hablaba sobre este tema, con el tiempo puede llegar a descubrir que en su país de hecho nadie se entiende, juicio sin duda exagerado, expresivo por caricaturesco, pero que no creo, de todos modos, que invalide la regla más general que prescribe desconfiar del empleo, tan difícil de moderar, de la palabra.

De hecho, en Japón las explicaciones públicas para hacer cualquier cosa suelen ser tan detalladas y exhaustivas que, si se comprende la lengua y la escritura, no es necesario hacer preguntas. De este modo desaparecen muchas socorridas aperturas de conversación. Por ejemplo, en las estaciones del metro o en las paradas de los autobuses hay densos paneles en los que se informa a los usuarios de los minu tos a los que paran los vehículos, y no son raros los lavabos en cuyo interior se indica detalladamente, incluso con dibujos esquemáticos, cómo se han de utilizar. Así pues, huelgan las preguntas allí donde la sociedad tiene la exclusiva de las respuestas.

De la dureza de las pruebas de iniciación da cuenta el elevado índice de suicidios que se registra en la población juvenil. La complejidad y exigencias de los usos sociales someten al joven a una fuerte tensión. El suicidio -del que, por otro lado, el japonés no tiene un concepto pecaminoso, como tampoco el occidental de dejarse matar para dar testimonio de sus creencias- es en ocasiones extremas, pero no infrecuentes, la única actitud digna que halla el joven ante el temor de no ser capaz de hacer frente a la vida y sus exigencias. Al hablar sobre este tema con un grupo de jóvenes universitarios me llamó la atención que lo tratasen

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con un tono casi de chanza -lo que no ha de desorientarnos, pues las cosas más graves es mejor tratarlas con un cierto sentido del humor- y que, en general, se sintiesen inclinados a disculpar a esos jóvenes suicidas en gracia a su desconocimiento de otros aspectos más positivos y agradables de la vida, y a que todos los jóvenes, según me dijo con expresión sonriente una universitaria, en algún momento habían pensado en suicidarse.

Ahora bien, una vez que el joven japonés ha superado las pruebas, su porvenir y los peldaños que ordenan ese porvenir están, a grandes rasgos, decididos y definidos. La vida que le aguarda puede que no sea especialmente dura, pero será absorbente. No pasará, por supuesto, hambre e incluso disfrutará de muchas comodidades materiales, así como de la poesía social que genera un formalismo cortés generalizado, pero, como el luchador de sumo, no deberá permitir que ninguna fuerza le saque del pequeño y riguroso círculo que circunscribe su vida. Si el confucionismo ha predispuesto al japonés a aceptar la vida social como un refinado sistema de jerarquías y reciprocidad es, el budismo le enseña que el ideal de la vida es la pérdida de la conciencia individual en el nirvana.

Cobertura protectora y medio hostil son, respectivamente, el fin y la condición que han de darse para que surjan las sociedades secretas. Éstas nacen para defender la existencia o la integridad de sus miembros. No obstante, uno de los peligros que entraña este tipo de sociedades es que a menudo proyectan sus propios temores a la realidad que las rodea. La visión del exterior como un mundo hostil y confuso no es difícil de comprender e incluso se puede aceptar cuando la referimos a Japón. Pero no es menos cierto que las peculiaridades de la sociedad japonesa -empezando por su psicología, fuertemente insular- la predisponen a ver en el exterior un mundo difícil de comprender y en el que todas las precauciones son pocas.

El occidental fácilmente censura a Japón -cuando no lo mitifica- el rigor de sus usos sociales, pero se olvida de la ferocidad implícita en sus propios usos individuales. El intelectual europeo se rasga sus vestiduras o se niega a entender que la sociedad nipona trate a los individuos como si no fuesen adultos, pero no suele pararse a pensar que no porque en el viejo mundo se haya tratado a los individuos como adultos se ha conseguido que se conduzcan como tales.

A lo largo de su historia Grecia, Roma, el cristianismo, el Renacimiento-, el europeo se ha ido formando una idea magnífica, trascendente, del hombre, pero cuya falta de realismo -no digo de verdad- a menudo ha sufrido como víctima. Siempre es difícil adaptarse a una idea que es sólo la mejor para los mejores.

Lo curioso, casi estupefaciente para algunos, es que Japón, sin haber pasado por esas fases históricas, sin tener siquiera el concepto del hombre propio de Occidente, haya saltado etapas, que filósofos, sociólogos e historiadores consideraban necesarias, hasta situarse entre las naciones económica y socialmente más avanzadas. Más que un desafío a la sociología, es un desafío a la manera de pensar de ciertos sociólogos. Apunto aquí el tema, sin ánimo de entrar en él por ahora.

En Japón, por lo demás, me parece que ha tenido poca influencia esa teología de la sociedad que, como gigantesca gelatina para consumo del pueblo y sus autonombrados abanderados, ha recubierto y dado su sabor peculiar a los fenómenos sociales y a los debates e ideas que se producen para tratar de entender los mismos desde que Hegel -para poner un nombre que pueda servir de símbolo- abrió su negocio de gran industrial de la cultura y las ideas. Como Japón no ha tenido en su historia a un Hegel ni tampoco un Siglo de las Luces, no se ha podido hacer acreedor a aquel estado de cosas tan típico de Europa que mediante una imagen humorística describió Voltaire:

"... Nos, el emperador de China, hemos hecho que se conozcan en nuestro Consejo de Estado los mil y un folleto que se producen diariamente en la renombrada villa de París para instrucción del universo. Hemos observado con satisfacción imperial que se imprimen en dicha ciudad, situada sobre el pequeño arroyo del Sena y que contiene alrededor de 500.000 graciosos o gente que pretende serlo, más pensamientos, o maneras de pensar, o expresiones sin pensamiento, que porcelana se fabrica en nuestro burgo de King Tzin sobre el río Amarillo, que posee el doble número de habitantes y que no son la mitad de graciosos que los de París...".

Bromas aparte, hay que reconocer que esos folletos, aunque no remedien el hambre ni creen nuevos puestos de trabajo, hablan elocuentemente por sí mismos de un espíritu crítico que no es fácil encontrar entre los japoneses. Éstos pueden llegar a quemarse las pestañas leyéndolos, pero me inclino a pensar que entre los folletos y las porcelanas han optado por estas últimas.

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