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Alcalde del pueblo

La muerte de Francisco J. Afonso Carrillo ocurrida ayer en La Gomera trunca en su esplendor la vida de un hombre que como político se ganó en su pueblo, el Puerto de la Cruz, y en Canarias, su entorno, la admiración y el cariño de todos los sectores de una población en la que nunca creció la unanimidad. Él la logró porque unió en una personalidad sin estridencias la seriedad del que llega a los cargos por la voluntad de ser útil y se mantiene en ellos con la fuerza moral del que se ha ganado la independencia practicando la más estricta justicia.En la administración municipal de su pueblo procuró desposeer al Puerto de la Cruz de la imagen exclusiva del lugar turístico, y acometió una serie de actividades culturales y sociales de todo orden que devolvieron a la llamada ciudad turística una voluntad de convivencia que le dieron en otros tiempos los propios antecesores socialistas del gobernador muerto.

La guerra civil, la posterior explosión del turismo y la especulación que éste trajo consigo cambiaron la cara de aquel pueblo de pescadores en el que habitaron personajes ilustres del rabioso liberalismo isleño. Afonso Carrillo recuperó la vieja tradición, alcanzó una simbiosis que hoy hace ejemplar el ámbito urbano del Puerto de la Cruz y dotó a la ciudad de un entusiasmo que a él le sobraba.

No nació para la política, como los hombres de su generación. Estudió Comercio, trabajó en una empresa turística desde que llevaba pantalón corto y no dejó de trabajar jamás. Fue el primer sorprendido cuando fue llevado a la silla de alcalde, y luego recibió con incredulidad la llamada que lo hacía el gobernador más joven que ha tenido Tenerife. Quienes le conocían sabían que su incredulidad no era fatua, y los que le veían crecer en la historia de la política isleña no compartieron nunca su sorpresa. Era natural. Nadie le discutía; el suyo era un don extraño que le permitía tener de acuerdo a una comunidad de desacuerdos tan despiadados como la tinerfeña.

No nació para la política, pero dio la sorpresa cuando se le sentó a una mesa a administrar una población en la que la corrupción era posible y donde el tráfico del dinero y de las influencias no eran espejismos sino realidades hirientes. Puso orden en la cabeza del pueblo, y se le quiso premiar destinándole a la gobernación de una provincia en la que siempre corrió como real el dicho de un viejo prócer isleño, diputado en Madrid: a los ujieres de las Cortes, decía, hay que tratarles bien porque algún día serán nuestros gobernadores civiles.

Afonso ganó las elecciones municipales de 1979; fue reelegido en 1983, y ya parecía el alcalde natural de su pueblo. Los que lloraron con él cuando aceptó ser gobernador con despacho en Santa Cruz no entenderán jamás la tragedia que segó su vida en La Gomera.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 12 de septiembre de 1984