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miércoles, 18 de abril de 1984
Tribuna:Tribuna Libre/ España y América / 2

'Nordomanía' y latinidad

LEOPOLDO ZEAEl autor del artículo, tras analizar el origen de la denominación América Latina, estudia las diversas corrientes de pensamiento que han mirado el continente desde el prisma de su comparación, o su subordinación, con la otra América, la del Norte. Lejos del deseo de ser los "Estados Unidos de la América del Sur", incluso de la reivindicación de la latinidad y la españolidad, el pensamiento de los Vasconcelos, Reyes y Ugarte, rechazan tanto la nordomanía com el latinismo para quedarse, simplemente, con lo americano.

No todos los pensadores de esta América aceptaron el adjetivo de latina. No todos siguieron la ruta de los Torres Caicedo y Bilbao. Muchos de sus contemporáneos, a mediados del siglo XIX, siguieron otro camino: el de los que se denominarían civilizadores. Los civil¡zadores que encuentran su máxima expresión en la generación de la que fueron adelantados los pensadores argentinos Domingo F. Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, y como el mexicano, positivista, Justo Sierra. Si Torres Caicedo y Bilbao aceptaban el mestizaje y la cultura dejados por España, llamando a ésta herencia latina, los civilizadores y positivistas se opondrán violentamente a todo lo que había representado España en América, incluyendo el mestizaje y la cultura y, con ella, el mismo calificativo de latina. La herencia, ya fuese llamada españo la, ibera o latina, era vista como la causa de todos los males de esta región y la razón por la cual esta región parecía ineludiblemente destinada a servir a la América sajona.'Yanquis' del Sur

Esta América, como la España que la había formado, estaba fuera de la historia, lo que implicaba es tar fuera de la civilización. De allí la disyuntiva de Sarmiento: civilización o barbarie. Civilización, lo que no era esta América; barbarie todo lo que impedía que esta América fuese parte de la civilización Barbarie era el pasado español, la España inquisitorial, pero también la España que se había mezclado con la América indígena y salvaje y la sangre esclava de África. Mez cla de todo lo malo, de lo peor de las razas. La solución era dejar de ser lo que se era para poder ser algo distinto.

"Seamos los Estados Unidos de la América del Sur", decía Sarmiento. Y Alberdi, por su lado, hablaba de una educación que hiciese del hombre de esta región el yanqui hispanoamericano. Justo Sierra, recordando la amputación de México en 1847, hablaba de hacer de los mexicanos, mediante la educación positivista, yanquis del Sur, hombres capaces de enfrentarse a los del Norte sajón. Había que limpiar, de alguna forma, raza y cultura heredadas; desespañolizar, deslatinizar. Habría que hacer de estos pueblos naciones como las sajonas de la América del Norte, mediante un gran lavado de sangre y de cerebro. De sangre, por la emigración de pueblos que hiciesen por esta región lo que ya habían hecho por la América del Norte; de cerebro, aplicando a la enseñanza el método positivista que hiciese de los hombres de esta misma región hombres prácticos, utilitaristas.

Al terminar el siglo XIX, los hombres de esta región seguían siendo españoles, iberos y latinos. Los mismos emigrantes, lejos de crear otra civilización, se integraban a la región, y cuando más hablarían posteriormente del pecado original, de esta América: el del destierro de Europa. A la generación de los civilizadores y positivistas seguirá otra generación, una generación crítica contra el intento de desespañolizar o deslatinizar a esta América.

Al igual que ayer, Torres Caicedo y Bilbao hacen suyo el calificativo de latinidad. Son dos pensadores centrales el cubano José Martí y el uruguayo José Enrique Rodó. El primero, en lucha contra España para alcanzar la emancipación de su tierra, el cual niega a la España de la colonización, pero acepta a la España que se ha meíclado con indios y negros y que ha dado a estas tierras una cultura. Nuestra América, nuestra América Latina, llama Martí a ésta región. Martí se resiente de la España que se niega a reconocer como su igual a la región por ella misma formada. Pero un resentimiento que no le lleva a aceptar el dominio de la América que sabe se prepara ya para lanzarse sobre las Antillas para ocupar el vacío de poder que deja España.

Peligrosa subordinación

En un hermoso ensayo, que titula Nuestra América, describe la región que ha surgido del encuentro de España y América. Nuestra América, a la que a veces llama también latina como expresión del mismo espíritu heredado de España, al que no renuncia. Es éste el momento en que Estados Unidos declara la guerra a España para así apoderarse de las colonias que impidió a Bolívar liberar, considerándolas ya como de su exclusiva pertenencia. En 1898 es España misma la que sabe de la América a la que sus hijas, llamándose latinas, se vienen oponiendo a lo largo de todo el siglo XIX.

Es frente a la agresión hecha a España y a la América que ha heredado su cultura y la mestización de la sangre que surge el pensamiento del uruguayo José Enrique Rodó. El año 1898 despierta a España de su letargo histórico, y a la América, de su pretensión sajonizante y deslatiniz adora. "Es así", escribe Rodó, "cómo la visión de una América deslatinizada por propia voluntad, sin la extorsión de la conquista y regenerada luego a imagen y semejanza del arquetipo del Norte, flota ya sobre el sueño de muchos sinceros interesados por nuestro porvenir".

Aceptando como superiores los valores sajones, se está aceptando al mismo tiempo la subordinación de esta América a la sajoría. "Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la razón y el sentimiento señalan de consuno". Lejos de renunciar a lo que es propio, a la propia historia, al propio pasado, hay que asumirlb, y a partir de él, de lo que es la propia identidad, asimilar otros valores. No deshacer lo que se ha sido, sino siendo lo que se es, poder ser todavía más. La América Latina, dice Rodó, posee grandes valores, los valores del espíritu. Valores que Rodó simboliza en Ariel. Ariel, que no puede renunciar al espíritu para poder ser Calibán. Calibán es sólo el símbolo del hombre práctico, del yanqui que quiso ser el remedo de algo que no era propio. Así, Ariel, sin renunciar a sí mismo, puede hacer suyos los valores prácticos de Calibán.

Será dentro de esta línea que se hablará de América Latina, pero ya sin resquemores frente al pasado español; lo latino como expresión de la cultura hispanoamericana, viendo como similar lo español, lo ibero y lo latino. Haciendo del adjetivo latino simplemente una denominación, que se considera más amplia, para definir esta región de América que no sólo es española, sino portuguesa y francesa. Así lo entiende la generación que continuará a Martí y Rodó.

Los José Vasconcelos, Alfonso Reyes, José Ingenieros, Manuel Ugarte y otros muchos que se siguen considerando latinoamericanos, siempre en oposición al sajonismo de la otra América. Son, al mismo tiempo, nacionalistas y antiimperialistas. Idea que se expresa en el campo de la educación y la cultura en la revolución úniversitaria de Córdoba (Argentina) en 1918. Esta revolución recupera para esta región la denominación, ya sin adjetivos, de América. De América, sin más, habían hablado los Bolívar, San Martín, Morelos y otros próceres. Los jóvenes de la revolución de Córdoba buscan, por un lado, romper con los últimos resquicios de una educación que tenía su origen en la colonia, al mismo tiempo que se declaran antiimperialistas. "Estamos",- dicen, "al comienzo de una nueva civilización, cuya sede radicará en América". Ya no más nordomanía ni latinomanía, puro y simple americanismo.

Leopoldo Zea es director del Centro de Coordinación y Difusión de Estudios Latinoamericanos y profesor de Antropología Filosófica e Introducción a la Filosofía en la UNAM.

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