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Entrevista:Mis queridos monstruos

Manuel Alcorlo

El aro de oro de cristal de gafa, barba barroquizada por las canas, la voz dura y alegre, el hombre corto para el largo vino, Alcorlo de los pies (uno quevedizado y torpeante) a la cabeza alborotada y lúcida, con un halo de música de postre, mal/bien tocado Bach, Manuel Alcorlo, madrileño del año treinta y cinco.

Entre la breña y la braña, en lo más emboscado de los bosques, sale Manuel Alcorlo de una casa aldeana -Guadarrama-, con un violín en la mano, contra el sábado abrileño derrochado en lluvia. El violín, sin el arco, casi parece un niño. La casa tiene algo de panera del tiempo.-Estas cosas naïf, aquí el portero, en seguida comemos, voy delante, hacia allá está Toledo, venís bien, una casa de pueblo, la compramos y la reconstruimos, creían que estábamos locos, aquí hay gente que viene, compra una casa vieja y, en vez de restaurarla, se hace un apartamento como el de Madrid, todo de skay.

Nos baja a la bodega. Entre inmensas tinas y tinajas del XVIII, con algo de Danton y Robespierre del vino, Alcorlo parece más lacónico de talla, y quizá por eso se derrama más en las palabras. Gigante hombre pequeño entre los gigantes cervantinos de gran tripa y beber. Él habla a voces. (El portero era de cartón, recortado de una función de teatro). Qué entremés de Cervantes (él tan quevedesco), Arcorlo entre bocoyes y entre odres, pegando gritos sobre Bach y el vino. La casa, el envigado de madera, tiene algo de silo de los días.

-Ésta es Paloma, mi hija de trece años.

"He visto el otro día, entre raudos autobuses, humo y coches sin fin, vuestro blanquecino monumento. No pude sustraerme a la tentación de escribiros al Parnaso de la verecundia inmortal, pidiéndoos permiso para ilustraros". Se escribe con Quevedo y con Beethoven. Bellas de mancillado cuerpo que galopan ruedas, calaveras muy atentas a la vida, monos sonrientes, pájaros bailables, un cruce genital Quevedo/Alcorlo, escribanos de usura y de lechuza, don Francisco llevado por un viento, un Júpiter de tórculo, pájaros y mujeres, poblando las tinieblas exteriores, la fortuna con seso, el asno muy entremetido en los asuntos de hombres (como andan por este pueblo de la sierra), bocas de cerradura, casas que se vuelan, como cuando aquel hidalgo que se quedó "desnudo de edificio", burócratas con cuernos de demonio, pezones de mujer, como pupilas sólo de carne para ver la carne, este vino ventrudo, gigantomaquias y paletos, el gran cabrón mirándose en los mundos, y la fortuna ciega y como en bolas. La casa tiene algo de molino por dentro que nos muele la vida.

-Aquí abajo la bodega. Arriba el comedor, ahora comemos. Y más arriba un cuarto con moqueta, que llamamos el Alphaville, porque tenemos un gran televisor y vemos las películas de Rita Hayworth y eso.

Los niños entre cofres. Las alcahuetas y los alquimistas. Estudia en Artes y Oficios y en la Escuela de Cerámica de la Moncloa. Con cobre, papel y aguafuerte hace un mohatrero. "Mira, Umbral, por fin hemos conseguido que le cambien las calles a este pueblo. Lo que era 18 de Julio es plaza de la Corredera. Lo que era Calvo Sotelo es Ronda de la Sangre. Lo que era José Antonio es calle de la Sangre. O sea los nombres antiguos, los de siempre. Lo que era Generalísimo Franco es calle Real. Lo que era Onésimo Redondo es Doctor Fleming. Y en este plan". Carmen, su mujer, tiene una belleza Restauración/Regencia, con bandós de oro cansado, en el pelo, y le hace comida vegetal, casi todo vegetal, por la salud. "Aquí Carmeta me cuida". El zorro azul mirando brujas. Alcorlo fue constructivista, vivió en Italia, viajó la Europa. Pintó uno de sus cuadros fundamentales, La Barca. En La Barca, toda la imaginación medieval que se libera y antologiza en el Bosco, todo el barroquismo que prolifera, como un cáncer alegre, con Quevedo, todo el surrealismo de que enferman para siempre los artistas de nuestro tiempo, y todo contenido en una estética casi de póster, con Buster Keaton a babor y el espectro de Monna Lisa presidiendo vagamente la navegación. Cuadro clave/cuadro enclave en la obra de Alcorlo, por cuanto recoge todas las herencias aquí dichas y otras más, aparte la inventiva natural y contra natura de este artista primero de las Españas por su pensamiento y por su mano. Me enseña obra más realista.

-Todo magistral, Manolo, pero me preocupa que estés perdiendo la imaginación.

-Nadade eso, no lo creas, las cronologías se confunden. Lo hago todo al mismo tiempo. Los hoirtelanos de este pueblo, en burra, y los magnolios de la imaginación.

El cadáver del besugo engastado de periódico. La tauromaquia azul, blanca y pálida de una España atroz a la que Alcorlo, antisolanesco, antigoyesco, siquiera por capricho, ha quitado los colores. "En Pastrana, pueblo de la Alcarria, usan el toro de fuego, con rueda de alquitrán en los cuernos, y al que luego matan a palos". El bajorrelieve de las viejas, mujeres en su interior, un caballo estallado en mil objetos, un sueño en rojo de pájaros picudos, una boda de pueblo, un siglo entre Miró y Francis Bacon, los sueños de Quevedo con los cráneos sin tapa, la noche miniada como un sueño, el localismo trascendido de las lavanderas, retratos asombrosos de bellas muchachas, hasta ciclistas y campeones con la madrina pectoral al lado. Todo lo resuelve su oficio. "La visita" (¿al Seguro?), como un socialrealismo pasado, simplemente, por el más fino realismo, escondidas fuentes, Paloma haciendo punto, calles del pueblo serrano. Y François Perche: "Alcorlo es un pintor nato". Año 60: yo llegaba a Madrid y él se iba pensionado a Roma.

-Mira, Paco, yo soy un cojo reumático y gotoso, pero ya te digo que Carmeta me cuida, voy divino. Tenemos vino de la cuba, que son muchos grados, y este tinto que a lo mejor te gusta.

-Pues que bajen a por el de la cuba.

Venus desnuda y tonta entre peces pescados. "La primera, nada más nacer. No sé si sabrás ya estas cosas, Perlimpina: cuando naciste eras un paquetín realmente muy pequeño, circunspecto, eso sí. Yo entonces tenía la cabeza de flores y es posible que entre rombitos de colores, zumbadores, electrizantes, puntitos dislocados y rapidísimos, te viera tu madre, para reconocerte como ese paquetín salido de su almacén en el sueño cesáreo. Aparecieron con los despueses, sonrisas de netol y muchas se han quedado, sobre todo en las estaciones, como barómetros, y se sabe el tiempo que hace cuando no pronuncias tus fonemas". Escribe, toca Bach al violín, cepilla de madera, graba, dibuja y pinta. Es un Leonardo madriles en el cuerpo de Toulouse-Lautrec.

Es un surrealista de alta sierra en el alma abultada, como un pecho, de don Francisco de Quevedo. Es un inmenso artista. El pelo revuelto, las gafas entre inteligentes y golfantes, la nariz de listísimo payaso, la barba con chorreo de pelo blanco, jerseis sobre jerseis, suéters sobre suéters, lana sobre lana, algodón sobre el algodón, y una estufa que tira cuando quiere. Pantalones de pana, anchos, y esa habilidad de los cojos para subir y bajar escaleras (la casa tiene muchas) como en vuelo. Le entramos en Cézanne.

-Verás, Umbral, Cézanne es grande en lo pequeño, cuando pinta un interior, un bodegón, ya sabes. Sé que le cuesta mucho, que lo ha pensado mucho. Y de pronto, del silencio, chas, surge la idea, la imagen, la cosa. Cómo estudia las cosas, Paul Cézanne. Pero cuando hace bañistas y composición, ahí ya empezamos a joderla. (Me muestra un libro). Mira, mira qué tías pintaba. Se la arrugan a cualquiera. Llega Picasso con las señoritas de Aviñón y se lo carga.

-Me parece que abusas, Alcorlo, reprochándole a Cézanne la composición, que era su punto débil y es tu fuerte. Nadie como tú ha acumulado figuras, realistas o surrealistas, humanas o inhumanas, en la pintura española. Lo de Cézanne, y tú lo sabes, era otra cosa, era pintura de cámara.

-Pero estudiaba las cosas, cómo estudiaba. Mira este retrato de Delacroix.

No nos dejemos engañar, gran cuidado, por la facultad de composición/acumulación que hay en Alcorlo. Puede que sea una facultad de barroco, pero es, ante todo, una dificultad de pintor mentale que ha calculado los volúmenes, las distancias y las densidades como un arquitecto, con voluntad tectónica y sabiduría técnica. El sueño de la razón engendra monstruos, pero unos monstruos, generalmente, muy racionales.

No confundir -cuidado, peatones - facilidad con mogollón ni barroquismo con empanada mental.

Carmen preside la mesa con su belleza Restauración/Regencia (queda dicho, y nos da hinojo de primero, hierbas con carne picada de segundo, tarta de pueblo como postre. El vino de la barrica ha resultado casi dulce, de

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tan violento. Alcorlo me enseña el pequeño jardín:

-Ya lo ves, el níspero, la hierba que está creciendo, malamente, la primavera que ha venido, todo eso. Al año que viene tenemos que irnos a vivir a Madrid, por el colegio de los niños.

Me siento en el diván a tomar el café y un coñac. Alcorlo me va mostrando los grandes cuadros (toda una tauromaquia sin toreros) que va a exponer en breve.. Ha enfriado la fiesta deliberadamente, desde el alcalde desdentado a las masas de toros y de mozos, sin sangre por en medio. De pronto cambia el tercio. Un cuadro vertical, óleo de mucho color, cuatro niñas del pueblo, cuerpo entero, cuatro expresiones asombrosas, diversas, entre Goya y el Alcorlo otro, asustadas de algo, cuatro débiles espadañas de mujer en su desvalimiento ante la fiesta, ante la muerte, ante la vida, lo más seguro.

-Algún día te compraré ese cuadro, Alcorlo, si dirijo un museo o me dirigen.

Desconcertantemente dotado, lo hace todo a la vez y no se pierde. Ha habido otros talentos de talento múltiple, pero se logra más el de una sola vocación o habilidad. Tanto como las plurales aptitudes de Alcorlo, hay que admirar su actitud, libre y directa, confusa por fuera, segura por dentro, para hacer siempre lo que quiere y como quiere, para ser siempre Alcorlo, a la sombra caliente de Quevedo, a la sombra difunta del Bosco, al sol de los realistas.

Eres ya un tío de pueblo, Manolo.

-Sí, ya soy un tío de pueblo. Voy conociendo, sobre todo, la psicología de estos hombres rurales, de los campesinos y los hombres de montaña. No creo en el buen salvaje, no he descubierto nada de eso, el hombre de campo tiene los mismos fallos, u otros, que el de la ciudad, pero, hasta llegar a eso, hay un gran trecho de amistad y cultura, sí, cultura, porque el saber del cielo y de la tierra y de las viñas a mí me parece que es cultura. Viven a veinte años de distancia, creen, algunos, en el caciquismo, o lo fomentan, pero con el tiempo van desapareciendo esos caciques de cuatro tópicos y cuatro cosas oídas en Madrid. Por cierto, lo de Madrid, ¿por qué no ser de Madrid? Ahora parece como que da vergüenza ser madrileño, y eso tampoco es, nos han identificado con Franco, a los madrileños, y resulta que, si vas a ver, casi todos sus ministros fueron de la periferia, empezando por él, que era gallego. Yo, cuando la cosa, hice unos platos para celebrar el final del franquismo, mira, ahí en la pared tengo uno.

¿Vendes mucho?

-Poco.

-¿Cobras mucho?

-Poco. Lo justo para pagar los impuestos. Lo que te iba diciendo, el caciquismo. Nosotros, cuando el veintitrés de febrero, lo pasamos aquí, y luego me enteré de que yo estaba en las listas, claro, por ácrata espantoso.

-Eres ya un clásico de la vanguardia. ¿Qué es, quién es hoy la vanguardia?

-Bueno, pues no sé, hombre -entiesa la pierna tiesa, se la rasca-, yo no sé en lo que andan, han descubierto cosas que yo vi ya en Italia hace diez años, yo no sé lo que quieren, por ejemplo los críticos, se busca sorprender, no sé, ya han pasado a Sempere y a cualquiera, ahora no sé qué buscan, te lo juro.

Estamos sentados frente a los balcones y el paisaje. La primavera, de pronto, se ha ido de la sierra como una señorita de domingo. Está nublado y un viento fuerte trae la lluvia, o se la lleva, como en un rapto de cristal. El aro de oro de cristal de gafa, barba por la que se derraman ya las canas, la voz fácil y dura, el hombre corto para el largo vino, Alcorlo, Manuel Alcorlo, que es todo él como un "tudesco mosco de los sorbos finos", que dijera nuestro Quevedo, serranía literaria en que habitamos, Guadarrama de hombres y de brujas. El parto de estos montes, en el mazizo mismo de España, da genios como Alcorlo, como Vicente Aleixandre, cada uno en su agujero, en su casamata de creación, cordillera horadada de talentos que lucen en la cultura como las lucecitas en la montaña/noche, con temblor orográfico. Alcorlo, que iba y venía por la casa, por el estudio, llevando y trayendo, tomando y dejando, ha encontrado su centro en un atril, y en el atril una página de Bach. Vuelve el violín rescatado de la lluvia.

-Ahora os voy a tocar algunas cosas. A ver si sale esto.

Con sudores de inspiración y de la estufa, aplicado e irónico, Alcorlo toca el violín o repita en griego. Afuera, la tormenta. Alcorlo lucha contra la música como el níspero contra el viento que lo agita. Comienza y recomienza, ata, al fin, la mosca, el moscón de la música por el rabo. Su violín es la espada de Quevedo. Hombre de escasos medios físicos, en apariencia, gigantón en pequeño, como debía serlo don Francisco, pone toda su humanidad de risa y barba contra la brisa sutil de la música, que le atraviesa el pecho como un hilo, como alambreo susurro, pese a los suéters, jerseis y rebecas hechas en casa. El níspero del jardín, de igual destino, se llena la cabeza de viento y las hojas de desesperación. "Ha florecido ya dos veces, el pobre, y otra vez vuelve el invierno: está muy cabreado el pobre níspero". Vencido por la música, sudante, Alcorlo busca su copa y me lo explica:

-Quiero hacer una cosa púa amigos, reunirnos a tocar, estudiar una pieza poco a poco, eso es reconfortante. El otro día, en Madrid, me encontré un taxista que metía cassettes de clásicos todo el rato. "Pare aquí, amigo, le dije, que vamos a escuchar eso despacio". "Es que yo he sido músico", me decía. Este genio de siempre, joven aún, viejo de Quevedos y de Boscos, y el taxista de música frustrada, escuchando a los clásicos en un taxi aparcado al margen de todo aparcamiento. Son los momentos mágicos de Alcorlo.

-Quevedo.

-No hay cosa igual.

-La música.

-Ya ves.

Y bebe vino. Pienso que es su otro vino, la música, y pienso en las tinajas de la bodega como en el senado de los clásicos, subiéndole sus armonías silenciosas, desde el hondón donde se pisaba la uva de este pueblo, hasta el sueño de su razón, que engendra monstruos tan razonables, como ya más o menos queda dicho:

-Mira, Umbral, "Quevedo y su mamá". Es una cosa que pinté a raíz de leer aquel ensayo donde se decía que Quevedo no era sino un puro complejo sadicoanal y una fijación a la madre.

Somos del mismo año, Alcorlo y yo. De vuelta de Europa, se ha metido como desesperadamente en la cueva del ogro bueno que él es, para gruñirle al mundo con su burla y ese algo hasta chistoso que tiene, de pronto, su pintura, pingaleta de cojo genial, espatulazo goyesco de su pierna, o el taller de grabado, minucioso, con grandes tórculos y herramientas leves, como la carpintería de la inteligencia, que todo gran creador es, además o necesariamente, el carpintero de si mismo El tallercito grabador de poner en limpio lo más sucio de su arte virilmente oscuro es como la concieñcia limpia de Alcorlo:

-Aquí en esta casa todos somos artesanos, Paco; nada de artistas.

Cuando nos vamos, un diablo y un cojuelo dan saltos y vueltas en torno al coche. Son dos en uno, Alcorlo, en cordial despedida, o yo diría que Alcorlo, bajo la lluvia que no le moja, se ha desdoblado en dos, diablo y cojuelo, "ya sabéis". todo seguido hasta Boadilla".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de abril de 1984