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viernes, 6 de abril de 1984
Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La fluctuación del dólar: motivos y expectativas

La rápida caída del dólar, que llegó a perder un 10% frente al yen y las monedas europeas, era algo previsible, según el autor de este trabajo. Tras explicar las condiciones que motivaron la subida de la moneda norteamericana en los tres últimos años, el autor concluye, sin embargo, que no habrá descalabro alguno, y que el dólar se estabilizará a la larga en torno a su valor actual.

Después de alcanzar cotas máximas a principios del año, el dólar llegó a perder en pocas semanas más de un 10% frente al yen y a la mayoría de las divisas europeas. Este rapidísimo y para algunos sorprendente descenso era en algún modo previsible, pues desde hace unos meses existen elementos de notable importancia que explican la caída del rey dólar. Para comprender las fluctuaciones de una divisa, sea cual fuere, es necesario analizar los diversos elementos que influyen en su cotización.La componente fundamental y que en cierta forma engloba todas las otras es la economía. Cuando Estados Unidos abandonó el patrón oro como respaldo a su moneda, sabía perfectamente que poseía la economía más potente del mundo y que su poderío sería suficiente para garantizar el valor del dólar. A partir de ese momento, las divisas fueron fluctuando en los mercados de cambio internacionales en función casi exclusiva de los logros de sus sistemas económicos respectivos. Sin embargo, el dólar, al asumir el rol de moneda de cambio internacional, si bien consigue para Estados Unidos enormes ventajas de tipo político, económico y comercial, veía crecer su Cuantía de forma casi incontrolable para servir y adaptarse al impresionante desarrollo del comercio internacional.

La divisa estadounidense fue poco a poco escapando al control exclusivo de su Gobierno, y con la creación de los gigantescos mercados de los euro y petrodólares se volvió más sensible a factores de tipo coyuntural y político. Surge entonces la crisis del petróleo, que a partir de 1974 sacude los cimientos del mundo occidental y provoca una severa y duradera crisis. Años después, el presidente Carter se encuentra con un país que había sufrido además grandes derrotas, como la guerra de Vietnam, el caso Watergate y, más adelante, su impotencia ante el asunto de los rehenes en la Embajada norteamericana de Teherán y la invasión soviética de Afganistán. La falta de decisión del presidente norteamericano pone al descubierto un elemento de primerísima importancia para la valoración de su moneda: la actuación política. La divisa norteamericana sufre el descalabro más importante de su historia y muchos cambistas recuerdan todavía cómo entonces nadie quería poseer dólares.

Férreo monetarismo

Los especuladores, financieros y jeques árabes se refugian en el oro, catapultando su cotización cerca de la increíble cota de 800 dólares por onza. No existían suficientes francos suizos y yens para absorber la avalancha; aun más, se aseguraba que el franco suizo se pondría a la par con el dólar y que el oro valdría en breve más de 1.000 dólares por onza. El ambiente no podía ser más negativo, y venía a cristalizar la terrible derrota moral y política de EE UU.A partir de entonces, y gracias a la férrea política de corte monetarista que todos conocemos, se consigue atajar la inflación, reducir el desempleo, mejorar la productividad e iniciar una espectacular recuperación económica. Descontando tan favorable situación, el dólar reinicia una imparable carrera alcista. Es cuando los analistas del mundo entero descubren que la divisa estadounidense se ha transformado en un inmejorable valor refugio. Cada vez que surge un foco de tensión en el mundo, el dólar sube, pletórico de fuerza.

Con esta situación nos encontramos a principios de 1984. En pocas semanas, el ambiente ha variado tanto que el mencionado optimismo en tomo al dólar ha desaparecido casi por encanto. ¿Qué ha podido cambiar de forma tan drástica en tan poco tiempo? Poco, y, sin embargo, como apuntaba con anterioridad, existen elementos que podrían explicar la baja momentánea del dólar. Muchos opinarán que es simplista afirmar que "todo lo que sube tiene que bajar". Pero no hay que olvidar que la naturaleza de nuestras economías es eminentemente cíclica y, por tanto, dentro de cualquier tendencia se desarrollarán inevitablemente notables oscilaciones. En cuanto a la explicación técnica, la cosa es bastante sencilla. Desde hace muchos meses, numerosos analistas venían advirtiendo que el dólar había subido demasiado y que, tarde o temprano, tendría que bajar.

Los especuladores, punta de lanza de cualquier movimiento, habían estado vendiendo marcos, francos suizos y yens en los mercados a plazo. En algún momento tenían que recomprar sus posiciones y, por tanto, vender dólares para realizar beneficios. Así pues, empezó el movimiento; pero también existen problemas estructurales que lo ampliaron. Los enormes déficit presupuestarios y comerciales son en gran parte los responsables de la segunda oleada de liquidaciones de la divisa norteamericana. Los financieros temen que los 200.000 millones de dólares del déficit presupuestario se multipliquen por dos en pocos años, provocando importantes desajustes en la economía de EE UU. La consecuencia inmediata sería el desencadenamiento de presiones inflacionistas que sólo pueden combatirse con una dura política monetaria, la cual terminaría causando a más corto o largo plazo una importante recesión económica. Son estos temores, unidos a los naturales movimientos de mercado, los que han provocado el reajuste en la cotización del dólar norteamericano. Pero la situación no es todavía lo suficientemente crítica como para temer el verdadero baño de sangre que algunos vaticinan. Las razones son muy simples: a nadie le interesa una caída en picado del dólar y menos a las tres partes realmente implicadas: los europeos y japoneses, los norteamericanos y los financieros internacionales.

Tres partes implicadas

A europeos y japoneses no les conviene ahora un descalabro de la divisa de Estados Unidos, pues sus economías acaban de iniciar una incipiente recuperación, cuyo principal motor es el sector exportador. El caso de España es ilustrativo de los otros. Nuestro país cuenta con su sector exterior para tirar de la economía. Si los pronósticos en ese sentido fallan, se hipotecaría la tan esperada recuperación. Otro ejemplo es el del propio ministro de Economía alemán, quien ha advertido recientemente que, si el dólar cae demasiado, con la consecuente subida del marco, los productos alemanes perderán competitividad en los mercados exteriores y la economía alemana no alcanzará el 3,5% de crecimiento proyectado para 1984. Los japoneses, italianos y Países Bajos dependen tan vitalmente de su sector exterior que no es necesario analizar el tema.A Estados Unidos, una moderada baja del dólar le permitiría mejorar su déficit comercial, que puede alcanzar los 100.000 millones de dólares este año. Se calcula que una baja del 10% del dólar produciría una reducción del 20% de dicho déficit. Pero un descenso más pronunciado provocaría una huida masiva de los capitales que vinieron a buscar rendimiento y seguridad en el dólar. El capital extranjero colocado en Estados Unidos representa un impresionante 2% de su producto nacional bruto, y dicha cuantía sirve para financiar más de las dos terceras partes de su déficit presupuestario. Además, se calcula que por una baja del 5% de la cotización del dólar aumenta casi automáticamente la inflación en un punto. Estados Unidos no puede, por ahora, prescindir del dinero exterior; su economía necesita una financiación sin la cual el Estado competiría aún más sin piedad en los mercados internos de dinero con la demanda privada, provocando alzas insoportables de los tipos de interés.

Tampoco interesa a la Administración Reagan, después del percance libanés y en plena campaña electoral, que su divisa sea maltratada en los mercados internacionales, aunque tenga poca importancia a nivel del norteamericano medio. Estados Unidos ha demostrado con anterioridad que tiene capacidad de reacción y medios para apoyar su divisa, aunque responsables máximos como Paul Volcker y Martin Feldstein, presidente de la Reserva Federal y jefe del equipo económico del presidente Reagan, respectivamente, aseguren que sería un error intervenir para defender su moneda en los mercados internacionales, falseando el libre juego de la oferta y la demanda.

En cuanto a los financieros internacionales y gestores de dinero caliente, no existe en la actualidad ninguna divisa sólida que les proporcione tipos de interés reales tan elevados como el dólar. En Estados Unidos, con una inflación del 5% y rendimiento en torno al 11%, el tipo de interés real se sitúa alrededor del 6%. Ningún país puede ofrecer algo parecido a sus ahorradores. Las carteras se pueden y se deben diversificar en una cesta de monedas, pero es impensable que un money manager internacional prescinda del dólar.

No habrá descalabro

En este contexto tendría que deteriorarse notablemente la economía de EE UU y, debilitarse de forma drástica su influencia política para que el dólar sufriera el descalabro que algunos pronostican. Los problemas del déficit presupuestario pueden solucionarse después de las elecciones, cuando las necesarias pero impopulares subidas de impuestos no tengan efecto en las urnas. Las declaraciones de importantes representantes de las cámaras estadounidenses indican una cada vez mejor disposición de la clase política en controlar el desequilibrio presupuestario.La fortaleza de la economía y los consecuentes brotes inflacionistas no justifican por sí solos bajas de un 20% y 30% en la cotización del dólar, como se ha publicado recientemente en algunos medios. Es más probable que, mientras las incertidumbres en torno a la política económica persistan, la divisa norteamericana sufra altibajos con una leve tendencia a ceder posiciones. Si Reagan sale reelegido y las comisiones bipartitas republicanos-demócratas que actualmente trabajan en el tema se ponen de acuerdo en cómo recortar los gastos federales, es posible que la divisa norteamericana se estabilice cerca de los niveles actuales, pues en realidad ello parece satisfacer a todas las partes interesadas.

Carlo Ali Snurmacher es licenciado en Ciencias Económicas en la Universidad de Lausana (Suiza). Vicepresidente Investments de Shearson/American Express Inc.

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