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La desaparición del autor argentino

'Rayuela', la novela de una generación

Hoy resulta casi inverosímil, pero lo cierto es que aquellos que nos iniciamos en el mundo de las literaturas allá por los últimos años sesenta, entramos antes en la modernidad literaria de la mano de Julio Cortázar, y en concreto de Rayuela, que a través de Las flores del mal, de Baudelaire, de los escritos teóricos de Mallarmé, de la poesía superrealista o del Ulysses, de Joyce.Es algo que puede sucederle a cualquiera; más todavía si, por un inexplicable signo de confianza ciega, ha decidido delegar su formación literaria a una institución que tiene sus cimientos en la ya remota baja Edad Media europea.

Nos aburríamos soberanamente y sólo la urgencia de dar alguna respuesta motriz, más o menos veloz, más o menos tamizada por tesis políticas de reciente importación, hizo que saliéramos a la calle en vez de permanecer en los claustros. Iniciamos así un diálogo con el poder que hoy han abandonado ya casi todos los de mi quinta: unos porque ya lo ostentan, los otros porque han renunciado voluntariamente a poder algo, y ésos hablan casi como un deber, aunque en la práctica no pueden.

Es posible que en una de estas escaramuzas urbanas descubriéramos en los anaqueles de Áncora y Delfín, precursora y atenta, la novela que Cortázar publicó en 1963, Rayuela, y por ella toda la obra entonces publicada de Julio Cortázar. No tardamos, pues, en convertirnos, a causa del mimetismo elemental a que queda sometido todo lector plausible, en famas, cronopios o esperanzas, según los casos.

Un lector libre

Descubrieron los cronopios que Rayuela era una novela como un juego de palabras, que podía leerse siguiendo múltiples caminos -pauta ninguna- y que presuponía un lector enormemente libre: ningún libro hasta entonces, y a falta de mejores lecturas, nos había enseñado algo parecido. Pensábamos que la literatura era una simple ordenación retórica del lenguaje, y tuvimos que aceptar que podía ser, también, la exposición fastuosa del caos simbólico anterior a la forma y a los decires. Descubrieron los famas que algunos libros resultan irritables, que su lectura constituye una provocación permanente, que no hay manera de seguirles aquel hilo argumental al que no pudo sustraerse, en medio de su disparatada glosería, ni la odisea de Leopold Bloom y Stephan Dedalus.

Habíamos leído, en las primeras líneas del capítulo 26 de Rayuela: "En el fondo, París es una enorme metáfora". Y no tardamos en ver llegar, como cerezas tempranas, las rotundas inscripciones en los muros parisienses de 1968. En efecto, París era una enorme metáfora; como el gran síntoma del cansancio de toda una cultura de siglos. Y era lo mismo Rayuela, tejida en la trama del lenguaje experimental y en la urdimbre de la civilización espiritual de Occidente. Y no faltaba ni una permanente referencia a la cultura del zen, pasada por el tamiz de Europa, para dar a entender a los lectores de aquí que toda revolución posee algo de radicalmente utópico. La voz indiscutida y única de un poder que se quería único -todavía lo quiere: todo poder político recuerda, entre nosotros, una manía ilustrada- se había roto y desmenuzado entre las manos y las palabras de nuestros verdaderos contemporáneos: aquellos que, como Cohn-Bendit, continuaron basando su estrategia dadaísta, rezagados y más que razonables, en la provocación del mejor cuño. Eso mismo aconsejaba Morelli, el crítico pedante que se ocupa de guiar el sentido (es un decir, pues el sentido verdadero vive en el despiste, no de los patrones) de la zona más argumental de las aventuras parisienses de Oliveira y la Maga: "Provocar, asumir un texto desaliñado, desanudado, incongruente, minuciosamente antinovelístico (aunque no antinovelesco). Sin vedarse los grandes efectos del género cuando la situación lo requiera, pero recordando el consejo gidiano: 'Ni jamais profiter de l´élan acquis'.

Como todas las criaturas de elección del Occidente, la novela se contenta con un orden cerrado. Resueltamente en contra, buscar también aquí la apertura, y para esto cortar de raíz toda construcción sistemática de caracteres y situaciones. Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie".

Cierto es que estas consignas insidiosas iban a entorpecer luego nuestra lectura de buenos libros ingenuos, como Cien años de soledad, que apareció en 1967. Sin embargo, y precisamente porque era un libro que se quería imperfecto, puro ejercicio singular, Rayuela nos permitió entender, al cabo de un tiempo, los alaridos significativos de Artaud las incongruencias sintácticas de Raymond Roussel, las formas sor prendentes de Duchamp y, retrocediendo en el tiempo de la modernidad literaria, hasta los cuentos de Poe -que Cortázar tradujera con tanta admiración- y el ideal de absoluto literario que va de la enciclopedia de Novalis (¿no es acaso Rayuela otra enciclopedia de propósitos y formas novelescas?) hasta la obra imposible de Mallarmé. Éste había escrito: "Le monde est fait por aboutir à un beau livre" ("Se ha hecho el mundo para desembocar en un libro bello"), y nosotros tuvimos la oportunidad, con un libro como Rayuela, que ni tenía pretensiones beletrísticas, de ir a parar al mundo convencidos -¡ay!- de que la mayor de las transgresiones que podían realizarse en nuestro tiempo pasaba obligadamente por la perversión del lenguaje y la destrucción del sentido como un todo; de todo sentido común.

Pasaron los años. Pasó la revolución parisiense de 1968 -eco y supervivencia de la del 1948 antiguo- y murieron los anhelos de revolución y los deseos de remendar la historia. Pero Rayuela, como el mismo espíritu de la revolución urbana, sobrevivió. Como buena obra de arte, Rayuela fue más perdurable que nuestras infundadas esperanzas.

Ahí queda hoy, más sólida en su no-querer-ser-rotunda, sobreviviendo por encima de unas circunstancias enterradas, de un tiempo clausurado por el poder mismo. Como tantas otras muestras de la literatura utópica de los años sesenta, ahí queda Rayuela como muestra del antiarte literario y, al mismo tiempo, como arquetipo metafórico de un anhelo de revolución.

Nuestros anhelos pueden haberse desvanecido. Rayuela sobrevive para dar razón al poeta romántico de quien proceden tantas esperanzas literarias y libertarias: "Lo que permanece de verdad, eso lo fundan los poetas". Como está de sobra comprobado, la muerte de un escritor no hace sino refundar, con todas las garantías de lo eterno, la solidez compacta o la provocativa debilidad de sus edificios de escritura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de febrero de 1984