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jueves, 2 de febrero de 1984
Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Los problemas de Venezuela

La llegada a la presidencia de Venezuela de Jaime Lusinchi, a cuya toma de posesión asiste hoy Felipe González, supone, para el autor de este artículo, una ocasión histórica para reanudar la cooperación entre Madrid y Caracas. Cooperación que se inició tímidamente bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, pero que se congeló durante el mandato de Luis Herrera Campins, que no gozó de las simpatías del Gobierno español de Adolfo Suárez.

"Lo están haciendo muy mal", se quejaba un empresario caraqueño en Madrid hablando de los pobres resultados de la cooperación entre España y Venezuela. El empresario formaba parte de un grupo de altos funcionarios, industriales, financieros, economistas y abogados de Venezuela que viajaron a Madrid, París y Düsseldorf, en noviembre de 1981.Durante los dos días completos de su visita a Madrid, el grupo venezolano y sus colegas españoles pasaron revista a la cooperación económica entre los dos países, analizada desde un triple aspecto jurídico, político y financiero.

Los participantes en estas reuniones recordamos cómo los ministros venezolanos de Desarrollo y de Planificación, José E. Porras Omaña y Ricardo Martínez, se referían en varias ocasiones a "las elecciones de 1983" y al papel que estas elecciones supondrían en el relanzamiento de la cooperación entre España y Venezuela.

Las elecciones de 1983 se han celebrado y Jaime Lusinchi es el nuevo presidente del país americano. A sus 59 años, Lusinchi, el hombre que según dice de sí mismo "nunca ha militado en las fila del odio", sustituye a Luis Herrera Campins en el palacio de Miraflores. Precisamente con Luis Herrera Campins y desde finales de los 70, Venezuela es para la iniciativa privada y la Administración española una verdadera asignatura pendiente. Claro que es casi seguro que, en contrapartida, España lo sea para los venezolanos.

La tímida cooperación económica que se planteó entre los dos países en la época de Carlos Andrés Pérez (1974-1978), adeco como Lusinchi, se centraba en acuerdos que pusieron las bases de varias empresas mixtas: el mítico ferrocarril Ciudad Guayana San Juan de los Morros, las fábricas de motores y ensamblaje de camiones Pegaso, las instalaciones portuarias a construir en cooperación con Astilleros Españoles (AESA).

Pero Adolfo Suárez no apoyó al vendedor de las elecciones, Herrera Campins, y la nueva Administración venezolana presidida por éste cuestiona los acuerdos y prácticamente los congela. El ferrocarril desapareció de la circulación y los astilleros nunca salieron a flote. Tampoco se inyectaron las aportaciones financieras para cubrir los gastos de inversión de las dos empresas participadas de ENASA (Empresa Nacional de Autocamiones, Sociedad Anónima) que se crearon para montar la fábrica de motores Pegaso y la factoria de ensamblaje (Hivenca y Desiauto, respectivamente).

Para completar el panorama, las exportaciones españolas a Venezuela bajaron de los casi 500 millones de dólares de 1979 a menos de 180 millones en 1983. Para no ser menos, las importaciones españolas de productos venezolanos habían descendido de los 657 millones de dólares en 1981 a apenas la mitad un año más tarde. Con la llegada al poder del adeco Lusinchi las perspectivas son otras. De entrada, se lleva bien con el presidente de Gobierno español, al que llama "mi amigo". Además, el AD venezolano y el PSOE son miembros de la Internacional Socialista, y esto puede ayudar en el establecimiento de una cooperación política al máximo nivel.

Estrechar lazos

De hecho, una de las primeras manifestaciones del nuevo presidente de Venezuela fue decir que su Gobierno estrecharía los lazos históricos, culturales y económicos con España. "Sólo nos falta", subrayó, "que lleguemos a una complementación de intereses en el orden político y económico".

El problema no es decir que esta complementación de intereses" entre España y Venezuela es necesaria. El problema es llevarla a la práctica. Y para llevarla a la práctica, venezolanos y españoles debemos conocer primero cómo está la situación económica en el otro país y cómo se enfrenta el Gobierno con ella.

En el caso concreto de Venezuela, sólo recordar aquí lo que ya se sabe: desde la baja en las cotizaciones mundiales del petróleo, el país caribeño se está enfrentando simultáneamente a cuatro graves problemas: paro, inflación, deuda externa y corrupción.

En un país donde se gozaba de pleno empleo hasta hace muy poco, se calculan hoy los parados entre 700.000 y 1.000.000, es decir, por lo menos el 20% de la población activa. La inflación no superaba en los años sesenta el 2% anual, pero ahora se ha quintuplicado y posiblemente se desbocaría sin los llamados "cambios múltiples", que, según muchos especialistas, son ya insostenibles. El endeudamiento exterior anda ya por los 35.000 millones de dólares y está estructurado de forma harto peligrosa, ya que sólo en este año que empieza hay que devolver un tercio del total. Este ciclo negro se cierra con la corrupción.

Para muchos analistas, esta situación es consecuencia de un planteamiento demasiado fácil de la política económica de Gobiernos anteriores: Crezcamos sobre un producto que nos sobra y que el mundo necesita, el petróleo.

Junto a las zonas ricas en oro negro, enormes extensiones de tierra están prácticamente inexplotadas. La agricultura venezolana es potencialmente muy rica y las posibilidades de desarrollo humano son también extraordinarias.

Pero, ¿es posible crear cientos de miles de nuevos empleos y, al mismo tiempo, sanear la Administración y las finanzas del país? ¿Es posible conseguir miles de millones de dólares para desarrollar la agricultura y las industrias agroalimentarias sin adeudarse aun más con el exterior o sin dar una nueva vuelta a la tuerca del fisco que frene en la práctica toda expectativa de reactivación?

Por si esto fuera poco, el nuevo Gobierno venezolano habría de enfrentarse a estructuras, modos de vivir y presiones que hacen aun más complicada la solución de los dilemas antes expuestos. Uno de ellos es la estructura política-económica-social, que es en muchos aspectos caldo de cultivo de la corrupción. Otro, las urgencias y presiones de los acreedores internacionales, que casan mal con los intentos -aunque tímidos- de reactivación de la economía del país. Un tercero, los usos y costumbres de muchos venezolanos, montados todavía en la época de las vacas gordas cuando -gracias al petróleo- se importaba todo, incluso el pan rallado.

El nuevo presidente de Venezuela tiene también armas no desdeñables. Dispone de un voto mayoritario a favor de su partido, al que además conoce a fondo. Es hombre de origen y experiencia vital más ligados a las clases populares que a las aristocráticas. Con este panorama como telón de fondo, la cooperación entre España y Venezuela ha de ser realista y plantearse a fondo.

José Luis García y García Sánchez-Blanco es miembro de la Unión Internacional de Abogados.

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