Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

El 'desexilio'

El rápido deterioro de la dictadura argentina tras el desastre militar en la guerra de las Malvinas ha forzado un proceso que hoy parece obligado a desembocar en el establecimiento de un Gobierno civil, surgido por fin de elecciones regulares. Todo ello ha abierto a los exiliados argentinos algunas posibilidades de regreso, en consecuencia, ha desencadenado una serie de actitudes y sentimientos contradictorios. Una reciente indagación ha mostrado que son tan numerosos y categóricos los partidarios del regreso como los del desarraigo.Seguramente no pasará mucho tiempo sin que el mismo problema, con sus alternativas, euforias, confrontaciones y escrúpulos anexos, cobre vigencia para otros exilios, ya que si bien ni el truculento Pinochet ni la opaca dictadura colegiada de Uruguay han sufrido una pérdida de autoridad profesional tan contundente y tan vertiginosa como la de los militares argentinos, la situación en Chile y Uruguay se ha deteriorado debido a otros ejercicios de la ineficacia y la tozudez, y no parece descabellado augurar a mediano plazo una contramarcha a la boliviana y una inevitable asunción del poder (o al menos del gobierno) por los civiles. En consecuencia, puede desde ya asegurarse que el desexilio será un problema casi tan arduo como en su momento lo fue el exilio, y hasta puede que más complejo.

Cuando a mediados de los años setenta comenzó la ola de emigración política y masiva, la decisión de abandonar el país propio tenía la coherencia de ser virtualmente ajena al individuo, ya que no era éste quien resolvía espontáneamente incorporarse a la diáspora; el impulso directo o indirecto venía casi siempre de la represión. Se emigraba por varías razones, pero, sobre todo, para evitar la prisión y la tortura y, en definitiva, para salvar la vida. Hoy día es previsible que a medida que la situación se vaya normalizando en la comarca del terror, a medida que vayan verdaderamente desapareciendo los riesgos y las amenazas, el desexilio pasará a ser una decisión individual. Cada exiliado deberá resolver por sí mismo si regresa a su tierra o se queda en el país de refugio.

Dada esta perspectiva, puede ser que se avecinen tiempos en los que la comprensión llegue a ser una palabra clave. Unos volverán y otros no, y cada uno tendrá sus razones, pero ¿hasta qué punto los que se quedaron o pudieron quedarse van a comprender el exilio cuando sepan todos sus datos? (Es probable que hoy se tengan en el interior de esos países datos muy limitados de lo que se hace y de lo que no se hace en el exilio, así como de lo que se hace bien y de lo que se hace mal.) ¿Y hasta qué punto los que regresen comprenderán ese país distinto que van a encontrar? De una y otra parte aflorarán prejuicios inevitables. Va a ser de todas maneras una experiencia inquietante, que sólo tendrá un buen desenlace si tanto los de fuera como los de dentro proceden sin esquematismos, dispuestos a recibir no sólo las noticias, sino también los estados de ánimo, las preguntas acuciosas, los análisis temerarios, las transformaciones, aun las temperamentales, que pueden darse en uno u otro lado. Que los amigos, o los hermanos, o los miembros de una pareja, al reencontrarse, sepan de antemano que no son ni podrían ser los mismos.

Una palabra clave

Todo dependerá de la comprensión, palabra clave. Los de fuera deberán comprender que los de dentro pocas veces han podido levantar la voz; a lo sumo se habrán expresado en entrelíneas, que ya requieren una buena dosis de osadía y de imaginación. Los de dentro, por su parte, deberán entender que los exiliados muchas veces se han visto impulsados a usar otro tono, otra terminología, como un medio de que la denuncia fuera escuchada y admitida. Unos y otros deberemos sobreponernos a la fácil tentación del reproche. Todos estuvimos amputados: ellos, de la libertad; nosotros, del contexto.

Es obvio que esa comprensión debe darse en primer término entre los mismos exiliados. No todos los que regresen lo harán por los mismos motivos, ni todos los que no vuelvan tomarán esa difícil decisión por las mismas causas. Sin duda será más fácil que regrese quien por alguna razón tenga asegurados un trabajo o una fuente de ingresos, y, en cambio, la vuelta será más dificil para quien sea consciente de que irá a engrosar las nutridas filas del desempleo. Más fácil será el regreso para aquellas parejas que no tengan hijos o los tengan de corta edad que para aquellas otras que los tengan ya mayores y estén estudiando en el nuevo país o hayan establecido a su vez una relación de pareja. En cualquier caso, el reproche puede llegar a ser una herencia maldita que sólo serviría para enrarecer el futuro.

En situaciones como ésta, el ser humano tiende a menudo a ser esquemático, intolerante, egoísta. Cuanto más le ha costado atravesar el puente de la duda para llegar a una decisión compleja, más rotundo suele ser con quienes todavía vacilan. Y, sin embargo, ningún exiliado tiene el derecho a resolver por otros, y mucho menos a levantar el dedo admonitorio contra quienes han elegido una solución que tal vez él mismo ha desechado tras varios concurridos insomnios. La nostalgia suele ser un rasgo determinante del exilio, pero no debe descartarse que la contranostalgia lo sea del desexilio. Así como la patria no es una bandera ni un himno, sino la suma aproximada de nuestras infancias, nuestros cielos, nuestros amigos, nuestros maestros, nuestros amores, nuestras calles, nuestras cocinas, nuestras canciones, nuestros libros, nuestro lenguaje y nuestro sol, así también el país (y sobre todo el pueblo) que nos acoge nos va contagiando fervores, odios, hábitos, palabras, gestos, paisajes, tradiciones, rebeldías, y llega un momento (más aún si el exilio no prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presencias, de sueños. Junto con una concreta esperanza de regreso, junto con la sensación inequívoca de que la vieja nostalgia se hace noción de patria, puede que vislumbremos que el sitio será ocupado por la contranostalgia, o sea, la nostalgia de lo que hoy tenemos y vamos a dejar: la curiosa nostalgia del exilio en plena patria.

Y si no debemos sentirnos culpables por todo lo que recordamos y trajimos con nosotros, así fueran miedos, decepciones, frustraciones, derrota, tampoco debemos avergonzarnos de los recuerdos que hoy estamos construyendo, y que si un día o una noche nos vamos, integrarán nuestra mochila. Aunque se llamen soledades, consuelo, incomprensión, solidaridad, amagos de xenofobia y otros esperpentos y difrutes. No hay que desperdiciar ni malograr las ocasiones de entender el mundo, esa sublime madriguera.

Quizá volvamos (los que volvamos) fatigados, más viejos; quizá también estén más viejos, aunque con otra fatiga, los que allá encontremos y reencontremos, pero estoy seguro de que la reunión nos rejuvenecerá a todos y mutuamente nos rehabilitará para el trecho que a cada uno le reste. Ese es, después de todo, el destino del hombre (y de la mujer), no sólo del exiliado o la exiliada. Es gracias a ese tira y afloja entre lo que se añora y lo que se obtiene, es gracias a esa compensación inacabable, que nuestra memoria y nuestra vida se enriquecen, y nuestra muerte (ese exilio sin retorno ni desexilio) no tiene más remedio que otorgarnos nuevas y fecundas moratorias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de abril de 1983