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miércoles, 24 de noviembre de 1982
Tribuna:

El lujo de la muerte

He dicho muchas veces que no tengo corazón para enterrar a los amigos. Sin embargo, el pasado 2 de noviembre, día de todos los muertos, quise acompañar a la esposa de uno muy querido que sería incinerado en el improbable panteón de las Lomas. El cuerpo había pasado la noche en el motel funerario que tiene la agencia Gayoso en la avenida Félix Cuevas de la ciudad de México, la cual había hecho los trámites de la incineración y el transporte final hasta el horno crematorio. La cita era a las once de la mañana, y todos suponíamos que sería un acto más bien técnico, sin ceremonias de ninguna clase, que no podía durar más de dos horas. Pero al llegar al panteón nos hicieron ver que había otros cadáveres en turno, y que el de nuestro amigo tenía que esperar por lo menos hasta las cinco de la tarde. En la lúgubre sala de espera, helada, sin una flor y sin un escaño miserable donde sentarse, estaban alineados contra la pared en posición vertical los ataúdes usados de los que habían tenido la precaución de morirse más temprano. Aquellos ataúdes habían sido vendidos por las agencias funerarias y habían servido para la velación y el transporte, pero era obvio que los deudos que los habían pagado a precio de oro no tenían nada que hacer con ellos, de modo que alguien se encargaría de venderlos otra vez para otros muertos futuros. El chófer de la carroza que había llevado el cuerpo de nuestro amigo, dijo: "¿Por qué no vuelven mañana y tratan de ser los primeros?" Esa sola pregunta, formulada por alguien que sin duda conocía mejor que nosotros estos dramas de la burocracia fúnebre, nos hizo vislumbrar de pronto cuál era la clase de día que nos esperaba.Ana María Pecanins se hizo cargo de la situación, y ha relatado aquella experiencia en una carta a la Prensa que no debía pasar inadvertida, porque es apenas un botón de muestra del desamparo en que se encuentran los sobrevivientes frente a las agencias funerarias después de que los servicios han sido pagados. Hace unos meses, también Fernando Benítez contó en un periódico cómo habían sido tratados por la agencia Gayoso los parientes de un escritor que no tenían dinero para pagar la cuenta de los funerales, una cuenta tal vez mayor que la suma total de derechos de autor percibidos en toda su vida por el amigo muerto. La revista del Instituto Nacional del Consumidor también se ha ocupado en varias ocasiones del precio desmesurado de la muerte en México, pero su prédica, como tantas, otras sobre otros temas mortales, se ha perdido para siempre en el desierto. Es como si las agencias funerarias en el mundo entero gozaran de un fuero especial que las pusiera a salvo de cualquier sanción por sus abusos.

Ana María Pecanins ha contado que el único funcionario que encontró en el crematorio le dio una explicación tan realista que más parecía de un panadero. "El horno está ocupado", le dijo, "el horneador está dentro y no terminará de hornear en tres horas". No hubo más información. Ana María llamó entonces a la agencia Gayoso pensando obtener un auxilio suplementario después de haber pagado los servicios completos, y un empleado que dijo llamarse Ricardo López le informó que la responsabilidad de la empresa termina en el momento en que el cadáver sale de la casa faneraria. Punto: colgó el teléfono. Ana María, con su temeridad catalana, volvió a marcar el mismo número, y esa vez le contestó otro funcionario, quien le explicó con la voz colorida de los comerciantes de la muerte que nada podía hacerse para apresurar la incineración. "Por desgracia", dijo, sin saber acaso que estaba inventando un proverbio desolador, "la suerte es de los que llegan primero". No hubo, en efecto, nada que hacer. El servicio, el apoyo y la comprensión contratados por los vendedores de la muerte que prometen hasta la entrada al cielo con trompetas angélicas, habían cesado para siempre.

Aquél había sido un drama más, y de los menos graves, de cuantos ocurren a cada minuto en el mundo por la voracidad y el corazón de piedra de las agencias funerarias. En México, donde el negocio de la muerte es uno de los más despiadados y de los más fructíferos, los abusos suelen invadir los territorios más esquivos de la literatura fantástica. "El servicio dura apenas diez o quince minutos máximo", dice el folleto de propaganda de una agencia funeraria. "No es deprimente, puede ir uno hasta de día de campo. Es muy bonito. No es un panteón tradicional, es muy moderno, está alfombrado, tiene luz, vitrales, aire acondicionado y cuenta con filtros de ventilación dentro de las criptas".

El Instituto del Consumidor ha calculado que existen en México 195 agencias funerarias con registro legal, y 110 que actúan de un modo casi clandestino. Sobre todo estas últimas, que se rigen más bien por las leyes de la oferta y la demanda coyunturales que por una tarifa establecida, participan en una pavorosa rebatiña de cadáveres en las puertas y corredores de los hospitales. Pero aun en las funerarias de los ricos, los agentes vendedores carecen de una norma precisa para establecer los precios del servicio. Se guían más bien por el aspecto y el estado del cliente en el momento de cerrar el negocio. El precio del ataúd determina el valor de todo el servicio, y no es posible combinar un ataúd caro con un servicio modesto, o al contrario. Al fin y al cabo, la muerte no es más que un viaje, por muy eterno que sea, y las agencias no han encontrado una razón para no organizar sus servicios como las excursiones turísticas en las que todo va incluido, hasta las posibilidades del amor ocasional. El negocio es fabuloso: en 1976, sólo las funerarias legales de México se ganaron 175 millones de pesos, equivalentes a un 76% de utilidades en relación con sus costos de operación.

La concepción nos viene de Estados Unidos y es muy simple: el lujo de la muerte es de primera necesidad. El norteamericano medio no tiene en ningún momento un nivel de vida más alto que el nivel de su muerte. Ni nunca es más bello que en el ataúd: sus propios parientes se asombran de cuánto les favorece el embalsamamiento, con cuánta ternura sonríen y cuán comprensivos y amorosos, parecen con la cabeza apoyada en las almohadas de la muerte, y tal vez se duelan en secreto de que no se hubiera inventado la posibilidad de embalsamar en vida a los seres difíciles. Pero es una ilusión que cuesta caro, y detrás de ella prospera uno de los comercios más descorazonados y sucios del mundo. Hace muchos años, en un libro fascinante sobre el tráfico funerario en Estados Unidos, leí una anécdota de horror. Una viuda de clase media había invertido sus últimos ahorros para darle a su marido muerto unos funerales más lujosos que el de sus posibilidades reales. Todo parecía acordado, cuando un funcionario de la agencia mortuoria le llamó por teléfono para decirle que el cadáver era más alto de lo previsto en el contrato, y que ella debía pagar en consecuencia una suma suplementaria. La viuda no tenía un centavo más. Entonces el funcionario, con la voz melodiosa de los de su oficio, le dio la solución. "En ese caso", dijo, "le suplico darnos la autorización para serrucharle los pies al cadáver". La pobre viuda, por supuesto, encontró donde pudo el dinero que no tenía, sólo para que la agencia le hiciera la caridad de enterrar entero a su marido.

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