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domingo, 10 de octubre de 1982
Tribuna:

Bolivia o la permanente humillación del poder civil

  • Así se preparó el último golpe militar para impedir la llegada de Hernán Siles a la presidencia
Lo habían anunciado antes y todo el mundo sabía que iban a cumplirlo, incluido Hernán Siles Zuazo. Los militares bolivianos no iban a reconocer al ganador de las elecciones celebradas aquel domingo 29 de junio de 1980. El poder iba a ser, como siempre, para ellos, fuera cual fuese el veredicto de las urnas. Luis García Meza, general jefe del Ejército, y Waldo Bernal, de la Aviación, dijeron en la ciudad de Cochabamba, días antes de los comicios, que en la Unidad Democrática y Popular (UDP), la coalición de Hernán Siles, hoy señor presidente, "están sólidamente enquistados el partido comunista moscovita y el castrismo deletéreo" (sic).

Como estaban decididos a hacerlo, lo prepararon lo mejor que supieron. Malamente, pero de manera suficiente para crear en una población acostumbrada a dormir cada día con el fantasma del golpe militar un estado de intranquilidad y temor propicio a cualquier despropósito castrense.La última decisión administrativa la tomaron los golpistas un mes antes de las elecciones, a finales de mayo. El general García Meza obliga entonces a la presidenta interina, Lidia Gueiler, su prima, a que prescinda del civil Jorge Selum al frente del Ministerio del Interior e impone un militar en su lugar. Los ficheros más puestos al día están ya a disposición de los que luego demostrarían con sangre ser unos aventajados usuarios de ellos.

Pueden sucederse ya las amenazas contra dirigentes políticos -García Meza en persona predice la muerte al socialista Marcelo Quiroga, que sería asesinado por pistoleros durante la ejecución del golpe-, y los atentados, orquestados desde el despacho del jefe del servicio de inteligencia del Estado, coronel Luis Arce Gómez, brazo ejecutor de los designios de Meza.

El 30 de mayo, La Paz se ve sacudida por una serie de explósiones que son inmediatamente atribuidas por los militares al grupo vocal Nueva Trova Cubana, por entonces de gira en el país. Los cantantes fueron detenidos, maltratados y expulsados finalmente de Bolivia. El 18 de junio hace explosión otra bomba en un céntrico restaurante de la capital y mata a dos personas. En Santa Cruz, segunda ciudad del país, en Cochabamba y en Potosí se suceden, entre el 20 y el 23 de junio, los atentados dinamiteros.

Más atrás, el primero de junio, Jaime Paz, hoy vicepresidente, compañero de candidatura con Hernán Siles, tuvo ocasión de degustar la primera dosis de la medicina que se le tenía preparada. Una bomba estalla a la puerta de su casa: sólo daños materiales. Al día siguiente, en precampaña electoral, un misterioso accidente hace caer a tierra laavioneta en que viajaban Jaime Paz y varios miembros destacados de la UDP. Tres muertos y Paz con gravísimas quemaduras que todavía hoy marcan su rostro y sus manos.

Interviene el embajador

El clima está suficientemente conseguido. Los comicios van a celebrarse el día 26, pero los militares golpistas -en Bolivia se dice que en todo sargento hay un aspi rante a la presidencia de la República- no tienen todavía claro s van a permitirlos. El embajado norteamericano en La Paz, Martin Weissman, se reúne con altos jefes castrenses en la noche del 13 de junio e intenta persuadirles de que no consumen el cuartelazo del que todo el mundo habla. Weissman es, a partir de entonces, blanco cotidiano de los ultras manejados por el cotonel Arce Gómez.

El 17 de junio hay un ensayo general, cuando grupos fascistas ocupan una emisora de radio en Santa Cruz y llaman a la sublevación contra el Gobierno de la presidenta Gueiler. Estamos en plena campaña electoral. La emisora es recuperada por un improvisado ejército de estudiantes, obreros y campesinos. El día 19, una gran manifestación de resistencia popular se celebra en Santa Cruz, la capital económica de Bolivia.

El frenesí golpista es tal que las fuerzas armadas se permiten ya hacer un llamamiento institucional a todo el país pidiendo el aplazamiento por un año de los comicios que iba a ganar indefectiblemente el sexagenario, moderado y luchador Hernán Siles Zuazo. La Gueiler y el Parlamento, cuya existencia todavía toleran los militares, se oponen tajantemente a la pretensión castrense.

El 26 de junio se cierra la campaña electoral. En la avenida 16 de Julio, el Prado, la calle más centrica de La Paz, frente a mi hotel se dispara una granada de fragmentación, arma exclusivamente militar, contra la comitiva de Hemán Siles, que resulta milagrosamente ileso porque el sicario confundió el automóvil en que viajaba el candidadto de la UDP. Dos muerto más y alrededor de cincuenta heridos.

La calculada estrategia de la tensión no impide que se abran las urnas el día 29 de junio. Paradójicamente en Latinoamérica, Washington hajugado esta vez un papel decisivo en que se respete la fecha y el modo democrático de la consulta. Pero queda más de un mes hasta el 6 de agosto, que es el día tradicionalmente elegido en Bolivia, por ser el aniversario de la independencia nacional, para la toma de poder por los nuevos gobernantes. El caldo de cultivo está tan preparado, en la opinión pública del país (cinco millones y medio de habitantes, elevado grado de analfabetismo) ha calado tan hondo la inutilidad de los comicios, que el escenario sólo espera ya la irrupción del villano del drama y el apuñalamiento del ganador de las elecciones, de Hernán Siles, naturalmente.

El Congreso decidirá

Los resultados de la elección confirman un sondeo previo encargado privadamente por la Embajada de Estados Unidos. Ninguno de los dos grandes candidatos, el líder de la UDP y el ex presidente Paz Estenssoro, jefe este del Movimiento Nacionalista Revolucionario-Alianza (MNR-A), alcanza la necesaria mayoría absoluta, la mitad más uno de los votos, que prevé la Constitución para la proclamación automática.

Esto va a colocar al Congreso en la dificil tesitura de tener que ponerse de acuerdo para designar presidente entre los tres cándida tos más votados: Hernán Siles el ex presidente y general Hugo Bánzer y Víctor Paz Estenssoro.

Antes de que se conozcan los resultados, Waldo Bernal, el jefe de la Aviación, vuelve a protagonizar una intervención meridianamente explicativa de las intenciones de las fuerzas armadas. Con la prosa retórica de los jefes militares bolivianos, Berna¡ dice que "... en la fórmula presidencial que encabeza el más antiguo e impertérrito jefe partidario está sólidamente incrustado el recalcitrante PC marxista-leninista pekinés, enemigo acérrimo y detractor permanente de las gloriosas FF AA...".

El 30 de junio se conoce la elección de los bolivianos. Apenas mediado el recuento de los votos, escrutados ochocientos mil de un total de dos millones, Hernán Siles ha conseguido el 40%, lo que le perfila como futuro presidente. Sube en flecha también el candidadto civil de la derecha dura, general Bánzer, que ha colgado temporalmente el uniforme para concurrir a las elecciones encabezan do la Alianza Democrática Nacionalista (ADN).

"Podremos intervenir en caso de fraude"

El cómputo electrónico, anunciado a bombo y platillo como gran novedad de las elecciones bolivianas, ha fallado en numerosas regiones. El escrutinio discurre lentamente y las primeras voces se alzan ya acusando de fraude a Hernán Siles. La especulación política comienza en los escasos cenáculos de La Paz: ... Siles se aliará con el dirigente socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz y podrá obtener en el Congreso, con ayuda de algún partido marginal, el 50% de los votos parlamentarios.

El 3 de julio, cuando Hernán Siles, haciendo gala de su permanente optimismo histórico, se ha proclamado ya vencedor y anunciado que formará, como ahora, un Gobierno de unidad nacional, se informa de un colapso total del cómputo electrónico. A García Meza, omandante en jefe del Ejército boliviano, le falta tiempo para declarar a un periódico brasileño que "las FF AA respetarán los resultados electorales, pero podrán intervenir en caso de fraude...". Ese mismo día, Siles me dice en La Paz: "Creo que han desaparecido las posibilidades de que yo sea vetado por los militares. Estoy absolutamente seguro de que el próximo 6 de agosto me convertiré en presidente de Bolivia, tan seguro como de que le invitaré a mi toma de posesión".

El 5 de julio, Hugo Bánzer, que previamente había vetado a EL PAIS por ser "un periódico rojista", declara a este diario que "los bolivianos que han votado a la izquierda han sido engañados" (sic), y respondiendo a mi pregunta de si él aceptaría ese engaño, precisa: "Si la izquierda tiene la mayoría absoluta, claro que lo aceptaría".

Pero la izquierda -Bánzer de-. nominaba así a la coalición centroizquierdista Unidad Democrática y Popular de Siles- no tenía la mayoría absoluta. Cosa por demás irrelevante, la de la mayoría, para unas fuerzas armadas que históricamente han considerado siempre que la mayoría son ellas.

Nunca llegarían a computarse más de un millón y medio de votos, y el escrutinio daba a Hernán Siles el 35% de los sufragios. En estas condiciones, el Congreso anuncia que se reunirá el 3 de agosto para designar al futuro presidente del país andino.

Inútil decisión. El 16 de julio, el general García Meza viaja a la guarnición amazónica de Trinidad, IV División, para ultimar los detalles del golpe que triunfaría al día siguiente.

Cuando en La Paz se reunía el Comité Nacional de Defensa de la Democracia (Conade), una agrupación de fuerzas políticas, religiosas, sindicales y profesionales creada para defender in extremis la supervivencia de un sistema civil de gobierno, los carros de combate Steyr, comprados a Austria por el general Padilla durante su presidencia, están calentando sus motores en el cuartel general de Miraflores, centro neurálgico del Ejército boliviano, para salir a las empinadas calles de la capital andina. Para impedir, una vez más, "que Bolivia se convierta en satélite de la URSS, China o Cuba", como rezan los panfletos profusamente distribuidos por los golpistas.

Precisamente el 18 de julio, el general García Meza, al frente de una Junta Militar, se proclama dueño absoluto de los destinos de su país. Hernán Siles Zuazo, hoy otra vez señor presidente, inicia un viaje más hacia el exilio.

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