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viernes, 6 de noviembre de 1981
Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Signos de identidad

La Corona es el mayor símbolo de identidad nacional, a juicio del autor de este articulo, quien propone la celebración de un gran concurso para dotar al himno español de una letra que complemente su música. Sugiere también que se establezca el 6 de diciembre, Día de la Constitución como fiesta nacional.

Hace tiempo hemos dejado atrás los difíciles interrogantes sobre el ser de España, y más mueven a la complacencia intelectual que a la preocupación irresuelta las apasionadas polémicas sobre cómo se fue configurando el existir de quienes, hace siglos, nos precedieron. El áspero debate entre Américo Castro y Sánchez Albornoz parece clausurar tiempos de reflexión enfrentada con el devenir del país y cuyos postreros Jalones anteriores se vinculan a los hombres del 98, los institucionistas, Ortega y Azaña.En el actual período abundan las razones para superar los planteamientos abstractos que, morosamente, continúen empeñados en explicar los supuestos que nos marginaban de esa modernidad a la que iban accediendo los distintos pueblos occidentales. La modernidad no se cuantifica, no es susceptible de aparecer cual producto elaborado por ordenador a partir de datos convencionalmente admitidos. Sobreviene cuando los ciudadanos convergen en algunos principios fundamentales, que han de ser subrayados por constituir el entramado de la insoslayable convivencia. Tales son: la libertad; la democracia; el respeto al semejante; la tolerancia como talante colectivo; el comprender que nadie está en posesión de la verdad, sino de verdades parciales y complementarias; el mantenimiento de las coincidencias con pluralidad y de las discrepancias sin desgarramientos. Entonces el ámbito de nación se trasciende en sentimiento de patria común e indivisible y los símbolos adquieren su pleno sentido, al ser reconfortadoramente interiorizados en cada uno y colectivamente manifestados por todos.

Habiendo alcanzado ya España este nivel, conviene examinar cuatro signos indudables de nuestra identidad nacional.

La Corona

Asumir como hecho natural que el Rey sea el símbolo de la unidad y permanencia del Estado obliga a superar el pragmatismo operativo con que sectores de opinión contemplan el entramado institucional. Si el pragmatismo fuera Prioritario, aquel hecho difícilmente trascendería a un epifenómeno que al menor impacto se debilitaría. Si la conveniencia constitucional o los pasados sucesos de febrero fuesen los estrictamente determinantes de la adhesión a la Corona, ésta carecería de la fortaleza con que aparece y tiene. El talante regio no es sólo circunstancia y razonable respuesta a peripecias concretas, sino producto de una historia que se ha ido acumulando desde los años que siguieron a la guerra civil.

Antes de que finalizara el conflicto europeo, y en contraposición con el acervo dogmático y la práctica de la dictadura, se fue constituyendo, a través de progresos ambiguos e inciertos retrocesos, la doctrina de la Monarquía desterrada. Desde que don Juan dictara los Manifiestos de Lausanne y Estoril, la Monarquía del conde de Barcelona, al margen del testimonialismo y de la generosa utopía de los vencidos, se convirtió en puntual alternativa al franquismo. El actual reinado no viene, por ello, solamente. suscitado por la compenetración entre el interés colectivo y el de su titular, sino, asimismo, por la continuidad patriótica del reinado en la sombra de su predecesor, magistralmente descrito ahora por Pedro Sainz Rodríguez en un libro ineludible.

Mas no se trata meramente de un lado del espectro político. De parte de los vencidos surgirán interesantes premoniciones. Así, un año después del Manifiesto de Lausanne, Largo Caballero, en marzo de 1946, poco antes de fallecer, en una carta incluida en Mis recuerdos, escribe: «Hace años, si se me preguntara qué quería, mi respuesta hubiera sido esta: ¡República, República, República! Si hoy se me hiciera la misma pregunta, contestaría: ¡Libertad, Libertad, Libertad! Luego que cada cual ponga el nombre que quiera». Caballero, que poseía buena información de cuantos pasos se daban para la recuperación democrática, probablemente intuía que la salida no sería la afirmada por casi todos los derrotados y por ello no ponía el acento en la formalización del sistema de derechos, sino en su contenido.

Esta reflexión se va abriendo paso en el partido socialista. Y así, en el VII Congreso del PSOE, celebrado en el exilio desde el 14 hasta el 17 de agosto de 1958, Luis Araquistain, tras recordar que para el partido «en los primeros treinta años de su existencia lo esencial no era la forma de gobierno, monarquía o república, sino las libertades políticas», insinúa la sospecha de «que, de no haber caído la Monarquía, no hubiera habido aquella guerra atroz en España, y que si volviese a haber una República, podría repetirse la historia». Araquistain, entonces, no sólo con audacia, sino con la firmeza que le confiere su propia experiencia y la responsabilidad ante el futuro, termina afirmando que «en la candidatura monárquica el factor decisivo no sería la persona, sino la institución misma, cuya ausencia, a juicio de muchos ahora a posteriori, produjo una espantosa guerra civil, y cuya presencia podría evitar otra».

Paulatinamente, desde horizontes ideológicos distintos se va operando el acercamiento a la institucionalización de la vida española con capacidad para establecer la convivencia bajo el signo de la concordia. Lo que estamos presenciando como inequívoca salida a fecundos presentimientos enseña que en la Monarquía de don Juan Carlos se enraízan, completándose, la trayectoria liberal de su padre y la ejemplaridad previsora de quienes, siendo republicanos, comprendieron que lo fundamental era consolidar el proyecto democrático. Por esto la Corona es el símbolo mayor de la identidad nacional, comúnmente asumida, quedando a sus márgenes los sustentadores de la violencia con anclaje en el pasado o con crispación de mañana imposible.

La bandera

Cuando en la nación por ella representada se perturba la convivencia y grupos minoritarios se la apropian excluyentemente, se parcializa también la adhesión que convoca, transformando el símbolo en problema. Solamente cuando la nación se vertebra nadie pone en duda su carácter integrador. Las peripecias por las que la bandera nacional ha pasado no se han producido únicamente en España. La de las barras y estrellas, ante la cual se presenta como paradigmático el saludo de la mano en el corazón, fue impugnada por los Estados del Sur al alzar la enseña confederal en su rebelión esclavista. La que hoy pasea los colores de Francia no fue acatada por todos hasta casi un siglo después de que la Revolución la empuñara con arrogancia, y se dice que en la década de los setenta del pasado siglo el conde de Chambord, entre otras razones, no, consiguió restaurar se como monarca, al empeñarse en mantener la blanca con flor de lis.

Allí, antes que aquí, las cosas se adecuaron con serenidad. Hic et nunc, la enseña roja, amarilla y roja cobra la universalidad necesaria para ser asumida como signo de nuestra identidad nacional.

Lo mismo podíamos decir del himno. En este supuesto, sin embargo, la música, además del sentido identificador que conlleva y de su capacidad para acotar un espacio emocional, ha de poseer la virtud pedagógica de alentar, a través de la letra transmitida de generación en generación, una sensibilidad integradora que manifieste ideas y tradiciones colectivamente sostenidas. El caso de la Marsellesa es revelador al respecto. En España, por el contrario, el himno no puede cumplir idóneamente su papel por carecer de palabra. Hace más de cuarenta años, José María Pemán redactó unas estrofas que, por su artificiosidad y calidad coyuntural, tuvieron corta vida.

Para obviar esta dificultad y conducir el himno a su destino se requiere la convocatoria de un gran concurso, dotado con amplia generosidad, para que, mediante participación masiva, se premie un poema a fin de convertirlo en la letra del himno nacional. Así, vinculando valores históricos con el presente sentido de libertad, el himno nacional, aprendido desde la escuela, alcanzaría su plenitud de signo identificador.

La fiesta nacional

Un país a la búsqueda de su solidaria identidad requiere conmemoraciones lúdicas en las que el entendimiento de la nación como un todo se anteponga a las distintas perspectivas sugeridas por el Gobierno mayoritario del Estado. De aquí la doble exigencia de la fiesta nacional y de su inserción en la comunidad sin discusión o con mínimo debate.

En España existen la del 25 de julio -Santiago- y la del 12 de octubre -Hispanidad-, heredadas por convención o por convicción. Se necesita que sea este segundo talante el que aliente y se plasme en una fecha integradora de todas las opiniones y consecuentemente,se señala la del 6 de diciembre, Día de la Constitución, como fiesta nacional.

España ha comenzado una nueva singladura, en la que se enlazan tradición humanista y vigencia de libertades. La crisis la dificulta, mas no la enturbia, pues después de varios siglos ha renacido una comunidad convencida de que existen valores que deben ser integrados sin exclusión. Los cuatro signos concitados expresan su profunda identidad.

Enrique Múgica es diputado del PSOE por Guipúzcoa.

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