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domingo, 16 de noviembre de 1980

El "récord" mundial de velocidad sobre agua, una peligrosa aventura

El pasado miércoles, el norteamericano Lee Taylor, de 45 años, murió al desintegrarse su motonave Discovery II, propulsada por cohetes a reacción, cuando intentaba recuperar el récord mundial de velocidad sobre el agua, en el lago Tahoe, cerca de Reno (Estados Unidos). Taylor desaparecía así de la misma forma que el famoso inglés Donald Campbell, a causa de la «fiebre de la rapidez». Se deslizaba a casi 580 kilómetros por hora en el momento de producirse el accidente. Sobre tierra, sin que la peligrosidad alcance tan altos niveles, la plusmarca actual supera los mil kilómetros por hora.

El interés del hombre por ir más rápidamente en todo no cesa. Es un ejemplo más de sus intentos por superar las marcas más insólitas. En la velocidad con ingenios mecánicos sobre tierra y agua las posibilidades han ido en aumento según aparecían nuevas formas de propulsión. En el primer caso, los registros doblan prácticamente a los segundos. El rozamiento es mucho menor al sufrirlo sólo las cuatro ruedas y el peligro, lógicamente, también disminuye. Lee Taylor se había convertido en un gran sucesor de Donald Campbell, al lograr el récord mundial de velocidad sobre agua en el lago Guntersville, Alabama, con una marca de 458,953 kilómetros por hora. A primeros de este año, sin embargo, el australiano Ken Warby, de 39 años, le arrebataba, por dos veces, la plusmarca al obtener durante un kilómetro las velocidades de 463,685 y 510,452 kilómetros por hora. Warby cumplía asi en el Blowering Dam, situado en plenos Alpes australianos, su sueño de niño. Admirador del mismo Donald Campbell, legendaria figura de la especialidad, tanto sobre agua como sobre tierra, había empezado por construir un modelo idéntico al Pájaro Azul, famosa motonave que pilotaba el británico. Su barco del récord, el Espíritu de Australia, iba equipado con un propulsor Westinghouse J 34, y aunque para la medición oficial de la plusmarca se requería un doble recorrido de ida y vuelta, sólo en la ida llegó a conseguir los 530 kilómetros por hora.

Intentos fatales

Taylor, pues, intentaba recuperar el récord, pero el lago Tahoe, situado entre los Estados de California y Nevada, a unos cincuenta kilómetros de Reno, la conocida ciudad de las bodas y divorcios, iba a ser su tumba. El Discovery II, de doce metros de largo, que había costado casi 190 millones de pesetas, se desintegró cuando al parece había alcanzado una velocidad máxima de 579,348 kilómetros por hora y el récord podía superarlo ampliamente. Según el sheriff de la zona, Douglas County, no apareció ni rastro del cuerpo del piloto californiano.Se repetía la historia ocurrida a Donald Campbell, el 4 de enero de 1967, cuando tenía 46 años. El piloto británico fue el último poseedor del récord sobre tierra con un vehículo «clásico», no a reacción al conseguir 648,728 kilómetros por hora, el 27 de julio de 1964. El 31 de diciembre de ese mismo año obtenía 444,615 sobre agua. Aunque quería, sobre todo, alcanzar en tierra la barrera del sonido, estaba convencido de poder ir más deprisa en agua. Tres años más tarde, luego de realizar dentro de los planes previstos un primer recorrido a 477,962 kilómetros por hora, su Pájaro Azul levantó la parte delantera, dio la vuelta y estalló al golpear en el agua. En la investigación de las causas del accidente se argumentó una mala posición de la motonave en el deslizamiento. Ahora, en el caso de Taylor, aún no se han especificado los motivos de la tragedia. Las altas velocidades, lógicamente, ante cualquier pequeño fallo, aunque las pruebas se realicen en lagos apropiados y en días de aguas tranquilas, son las principales desencadenantes. Malcom Campbell, padre de Donald, pionero de la modalidad, había llevado los récrods en tierra desde «sólo» 253,18 kilómetros por hora en 1924 a 484,40 en 1935. Sobre agua había logrado 238,32 en 1939.

Si en la motonáutica «clásica» los récords de velocidad no llegan actualmente a los doscientos kilómetros por hora, menos de la mitad, pues, que a reacción, en automovilismo sucede lo mismo. La máxima marca admitida oficialmente por la Federación Internacional del Deporte del Automóvil (FISA), es ahora de 1.014,294 kilómetros por hora. Fue conseguida por el norteamericano Gary Gabelich en las salinas de Bonneville, Estado de Utah (Estados Unidos), el 23 de octubre de 1970. La medición se hizo según la media de dos recorridos en sentido contrario hechos por un vehículo llamado La Llama Azul. Dicho bólido, propulsado por un gas líquido, peróxido de hidrógeno, como el de Warby, estaba teóricamente capacitado para alcanzar una velocidad de 1,448 kilómetros por hora.

El 18 de diciembre del año pasado, sin embargo, Stan Barrett, otro norteamericano, extra de cine, acróbata, cruzó en tierra la barrera del sonido, que anlielaba Donald Campbell. Aunque su proeza no fue homologadaal no reunir los necesarios requisitos oficiales, la Fuerza Aérea de Estados Unidos llegó a medir por el radar de la base Edwards una velocidad en su bólido, Budweiser, de más de 1.344 kilómetros por hora, límite sónico. El Budweiser iba provisto de un motor de 48.000 caballos y un cohete de unos 3.000 kilos de peso. Barret, el 10 de septiembre, también había superado la marca de Gabelich, con 1.027 kilómetros por hora, pero igualmente a título oficioso.

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