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viernes, 10 de octubre de 1980
Tribuna:

Zubiri, vasco universal

El día primero de octubre de 1980, a los 81 años de edad, Zubiri regresaba por primera vez académicamente al País Vasco con ocasión del doctorado, honoris causa en teología, concedido por la Universidad de Deusto, Explicar por qué este vasco egregio no había dado una sola lección académica en su tierra natal, explicar, por otra parte, por qué es tan poco conocido y utilizado Zubiri por los vascos, es algo que rebasa el propósito de estas líneas, por más que sea un problema alucinante desde el punto de vista socio-cultural.Y, sin embargo, Zubiri puede y debe ser considerado corno un vasco universal. Representa una de las formas «universales» de ser vasco y representa también una auténtica forma de ser vasco en esta tarea tan «universal» de ser filósofo y teólogo. En esta ocasión quisiera mostrar.esta tesis de una forma un tanto autobiográfica, narrando por qué este vasco de nacimiento que soy yo mismo y que hace su vida incrustado en la praxis sociocultural de El Salvador como un salvadoreño de nacionalidad y de corazón ha dedicado tantos años de su vida al pensamiento de Zubiri y sigue dedicándolos -y poniéndolo en ejercicio- en la difícil situación histórica que vive hoy El Salvador.

Me permito hacerlo así porque el propio Zubiri recordó en su intervención bilbaína los más de quince años que he trabajado con él. Y me lo permito también porque han sido muchos, sobre todo aquí en España, los que, conociendo mis escritos y, sobre todo, mi praxis se admiran, cuando no se espantan, de mi colaboración intelectual con Zubiri y de mis escritos sobre él.

Cuando yo decidí dedicarme al pensamiento de Zubiri en mis años de doctorado, dos cosas me movieron, sobre todo, a hacerlo. Fueron dos móviles, si se quiere no del todo explícitos, pero no por eso menos operantes. Y ambos tienen que ver con el vasquismo universal de Zubiri: el que representaba una «superación» (aufhebung hegeliana) de la tradición filosófica y el que representaba asimismo una forma rigurosa de realismo, de atenimiento a la realidad. Hoy, tras largos años de brega y de utilización de su pensamiento, no sólo no me arrepiento de haber seguido esta línea, sino que la he convertido en columna vertebral de mi interpretación metafísica de la realidad histórica. Y tras la interpretación -y con ella-, su transformación histórica.

Por lo que toca a la «superación», que no es abandono ni rechazo -como es el caso de tantos filisteos filosóficos actuales-, yo la plantearla sucintamente en estos términos, cuyo desarrollo exigiría cursos enteros. Zubiri supera la sustancialidad y el logos predicativo de Aristóteles con la sustantividad, la aprehensión primordial de realidad, el logos constructo y una elaboración nueva del concepto de estructura. Zubiri supera el criticismo kantiano marchando más allá de la crítica de una presunta razón pura y que es, en definitiva, una pura razón, en el análisis despiadado de una inteligencia sentiente, que es también entendimiento y razón sentiente. Zubiri supera la procesualidad dialéctica hegeliana en la estructura dinámica de la realidad, unas veces dialéctica y otras no, porque el orden trascendental es siempre abierto y dinámico, pero no es nunca apriórico. Zubiri supera la iluminación del ser heideggeriano -y las raíces husserlianas de este pensamiento- por la luz de la realidad misma y por el carácter sentimiente aprehensivo de la inteligencia humana. Zubiri supera la vida como realidad radical y el consecuente raciovitalismo orteguiano por la radicalidad de la realidad humana.

Parecerá exagerada tanta «superación». Pero la cita de nombres tan egregios es, por lo pronto, el recordatorio explícito de su presencia operante en el pensamiento zubiriano. Y es, en segundo lugar, el reconocimiento de que esta superación zubiriana no seria posible sin la presencia superante de sus antecesores. No decimos, por tanto, que Zubiri sea más o mayor que los otros filósofos. Decimos tan sólo que "supera" una tradición histórica.

Por lo que toca a su realismo, debe decirse que su realismo es real y aun material hasta sus últimas consecuencias. Por caminos muy distintos de lo! recorridos por los filósofos analíticos y por caminos mucho más rigurosos que los seguidos por los materialistas de inspiración marxista y de continuación leninista, Zubiri no quiere saber sino de lo que es real y de lo que se hace presente -eso sí, transcendentalmente presente- en la sensibilidad intelectiva del hombre y de lo que es sometido a la estricta crítica del saber científico. Hay realidad y realidad trascendentalmente abierta, pero sólo la hay en las cosas reales y sólo se nos da, sentiente y materialmente aprehendida. La publicación en estas próximas semanas de la primera parte de su libro sobre la inteligencia pondrá más en claro todo esto.

Se dirá que al pensamiento de Zubiri le falta actualidad política y social. Hasta cierto punto esto es verdad, porque su pretensión no es puramente filosófica, sino estrictamente metafísica, aunque tenga su modo peculiar de entender qué es esto de la metafisica. Pero si los filósofos políticos y sociales, si los filósofos de la historia y de la cultura, quieren ser algo más que ensayistas brillantes, harían bien en volverse al máximo metafísico de la España moderna y al máximo metafisico de los que hoy andan por el mundo. También los que buscan transformar racionalmente la realidad harían bien en equiparse con los debidos instrumentos intelectuales de este vasco universal, que hubo de retirarse por propia voluntad de la universidad franquista tanto por honestidad intelectual como por convicción democrática. Y esto muestra, por otro lado, que su pensamiento y su profunda vida intelectual no andan tan ajenos de lo que es y de lo que ha de ser la realidad histórica. El pensamiento de Zubiri es plenamente actual o, al menos, actualizable. Así lo han visto filósofos y teólogos de la liberación en América Latina. Quizá lo que falte es que intelectuales y pensadores no confundan la actualidad con el inmediatismo, la actualidad con la comezón subjetiva ni el trabajo metafísico con el ensayismo literario.

En la efervescencia de la sofistica griega, tan rica para la fecundación de un nuevo pensamiento, se dibujaba ya el trazo de una superación metafísica. Ojalá le suceda esto mismo a la sofistica actual. Puede que esto es lo que esté ocurriendo con la obra de este vasco universal, que los vascos harían bien en reapropiárselo incluso lingüísticamente y que los no vascos podrían seguir universalizándolo cada uno desde su propia circunstancia y desde la historia de su propio pueblo.

Ignacio Ellacuría es rector de la Universidad José Simeón Cañas, de El Salvador.

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