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Reportaje:Guerra, paz y neutrones / 2

El mundo gasta cada minuto un millón de dólares en armamento

El mundo se ha convertido en un polvorín que no acaba de hacinar explosivos. Durante cada minuto de los 365 días del año, en todo el planeta se gasta un millón de dólares en preparativos bélicos. La carrera de las armas se ha convertido en el eje de la diplomacia mundial y, con ello, el irracionalismo se presenta como la única «esperanza» plausible de los humanos. Paralelamente, la pobreza de la mayor parte de la población mundial se hace cada día más indigente, mientras la prosperidad de una minoría se parapeta a cal y canto contra todas las eventualidades. A la vista de esos dos factores antagónicos, en esta segunda entrega, las posibilidades del conflicto nuclear, que se habían disimulado al amparo del crecimiento económico «salvaje» de los años sesenta y de la detente (distensión) entre los dos bloques, comunista y capitalista, que han dirigido el mundo desde el final de la segunda guerra mundial.

El mundo se siente amenazado atómicamente por razones fundamentales político- militares, como por evidencias socioeconómicas inquietantes. Empecemos por las primeras. De no ser por su entraña trágica, el ciudadano de a pie podría carcajear al enterarse de que, desde el año 1946, las superpotencias han celebrado algo más de 6.000 reuniones para negociar el desarme. El resultado de ese caudal imparable de palabras beatas es el siguiente: los gastos militares del planeta, en el momento presente, ascienden a un millón de dólares por minuto. Estadísticas de la Unesco y del Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz, de Oslo, garantizan este dato y los que siguen. En la superficie terrestre, en este mismo instante «duermen» 60.000 armas nucleares lo que repartido entre la población mundial, niños incluidos, «premia» a cada ciudadano con cuatro toneladas de explosivos.Grupos de presión

Lo expuesto no surge de la nada. Medio millón de investigadores e ingenieros, en todo el mundo, ira bajan en la industria militar: su única misión consiste en perfeccionar los sistemas de armamento clásicos e inventar armas nuevas. El presupuesto anual actual en el planeta, para fines bélicos, asciende a 500.000 millones de dólares, lo que representa el 40% del producto nacional bruto (PNB). Esta dinámica desenfrenada hacia el paroxísmo armamentístico tampoco es una tarea de aventureros románticos, sino que se apoya en intereses de grupos de presión bien definidos, y que, por añadidura, representan el asiento «seguro» del bienestar de la humanidad: el poder militar, antes que nadie, no apaga su sed cualitativa y cuantitativa a base de más armas y de armas nuevas. Las industrias dedicadas a la fabricación se pegan por un contrato. Los técnicos de la investigación redoblan el esfuerzo para crear instrumentos bélicos que hagan inservibles los anteriores y, así, aseguran su futuro y el de la industria. El poder político, a su vez, vive al acecho de toda posibilidad de aumento de,su potencial bélico, como de su mejora, para consolidar su existencia y su prestigio y para «jugar» esa superioridad bélica como instrumento diplomático y político. Esta cuádruple alianza, vigente en el Este como en el Oeste, es la que fuerza la afirmación de Marek Thee, jurista, especialista en ciencias políticas y director del Instituto Internacional de Investigaciones sobre la Paz: «La humanidad avanza hacia su desaparición por los caminos más rápidos y, de no poner término a la carrera de las armas, la catástrofe es inevitable». El mismo especialista acentúa su pesimismo, al recordar que, en el pasado, las armas fueron instrumentos de una política y de una diplomacia: «La guerra, según esa tesis, no era más que la continuación de la misma política bajo una forma diferente. Pero hoy, la transformación es radical: la carrera de las armas es quien dirige la danza infernal y se corre el riesgo de ver surgir una guerra como consecuencia, no de una política concertada, sino como corolario de la simple aceleración de la producción de armas nuevas. La guerra nuclear, en definitiva, es algo cada día más pensable».

Oscurantismo

Todo este complejo políticoeconómico-militar, a pesar del oscurantismo o misterio con el que se le presenta a la opinión pública, es visible. La OTAN, brazo armado de la Alianza Atlántica, mantiene en pie de guerra a cerca de cinco millones de hombres y dispone en el suelo de Europa Occidental de 7.000 artefactos atómicos, cuyas potencias de fuego van de 0,5 kilotoneladas de trinitrotolueno (TNT), a una megatonelada de TNT. Un artefacto de 0,5 kilotoneladas, llamado «mini-bomba» por su insignificancia, equivale a 10.000 bombas clásicas, es decir, a 500.000 kilos de dinamita. Y una bomba de una megatonelada lanzada sobre una ciudad como Madrid lo pulveriza todo en un radio de acción de seis kilómetros. El Pacto de Varsovia, enemigo potencial de la OTAN, mantiene un ejército similar al de esta última, pero globalmente, en el dominio clásico, se calcula que la superioridad aeroterrestre del primero sobre la segunda se aproxima al doble. El balance nuclear del Pacto de Varsovia sobre el teatro europeo también ofrece una ventaja respecto a la OTAN, basada en los misiles balísticos y en los bombarderos de medio alcance: entre los primeros se cuentan los célebres SS20 y los aviones Backfire, contra los que la OTAN va a instalar, a partir de 1983, los misiles balísticos Pershing 2. Todo este arsenal, sin embargo, se considera insuficiente para que la OTAN y el Pacto de Varsovia defiendan sus áreas respectivas.

Esta fiebre armamentística explica que el 70% de las investigaciones científicas mundiales se centren en las investigaciones de orden militar, lo que, a su vez, aclara igualmente otro elemento paradójico e inquietante: el 75% del comercio ordinario de armas concierne al Tercer Mundo. En este sentido, el «modelo» latinoamericano ilustra perfectamente el negocio bélico: el subcontinente invierte anualmente de 2.000 millones a 3.000 millones de dólares en la compra de armas en desuso que, en la inmensa mayoría de los casos, no sirven más que para mantener en el poder a dictaduras opresoras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de septiembre de 1980