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miércoles, 26 de diciembre de 1979

Son posibles las trampas en las salas de bingo

  • Aunque es necesaria la complicidad de la mayoría de los empleados

El auge del bingo ha tenido varias consecuencias inmediatas y dispares, entre ellas la creación de unos 15.000 puestos de trabajo en toda España, la inversión de 80.000 millones de pesetas en cartones, billetes y fichas en 1978 y de muchos más en 1979, el nacimiento de un nuevo concepto de la nocturnidad y, como era de esperar, la aparición de una picaresca cuyas pruebas visibles son las sanciones a determinadas salas de bingo. Es probable que esta picaresca sea conocida sólo en parte, que los fraudes más sofisticados estén aún bajo la superficie, como corresponde a un juego y a un costumbrismo nuevos. En todo caso, datos de que se dispone y las leyendas que circulan entre los jugadores permiten ya la elaboración del siguiente reportaje.

El día 22, a media tarde, cuando los niños del Colegio de San Ildefonso comenzaban a enfrentarse de nuevo a la dura realidad de las ecuaciones de segundo grado y a los guarismos inapelables de la evaluación continua, los jugadores madrileños de lotería se dividieron en dos grupos, uno, el más pequeño, puso a enfriar el champaña después de comprobar, una vez más, las cifras de los billetes premiados, y otro, el mayor, se subdividió en dos bandos: el de los resignados y el de los tenaces. Poco después de las cuatro de la tarde, el bando de los tenaces emprendió la marcha hacia las 109 salas de bingo de la capital, a demostrar que el azar es incapaz de conspirar contra quienes le son ilimitadamente fieles. Es incapaz, a menos que las manos del secretario no sean inocentes.

Honorable colegial

A las siete de la tarde, los jugadores se habían repartido entre aristocráticas salas vigiladas por servidores de librea, finas salas como Canoe, Afanias o Meliá, donde un cartón suele costar mil pesetas, y un bingo en solitario, medio millón, casi un gordo servido en bandeja; salas donde un buen vendedor puede llevarse a casa 100.000 al mes, o aún más. O se habían ido a salas más modestas, como la de la Casa de Avila, decorada con nalgas de escayola y purpurina, y provista de tablillas de madera donde pueden anotarse deseos íntimamente formulados y apoyar el cartón; tablillas donde es posible escribir en una noche como esta «No vuelvo más por aquí», a un centímetro de distancia del lugar donde se escribió en la noche anterior «No vuelvo más por aquí.» Una importante fracción de jugadores, dotados con gafas de vista cansada, quizá los más leales, encontraron un sitio en la sala de Bellas Artes, que, una vez reparada, ha dejado de parecer un casino y que en los peores momentos recuerda a la sala de espera de una ciudad sanitaria, o en una de las muchas salitas del Casino de Madrid, en cuyas paredes coinciden los espejos ovales y los monitores de televisión, como si alguien hubiera doblado el siglo por la mitad. A las ocho de la tarde, en las salas madrileñas de bingo ya se habían formado dos grandes grupos bien diferenciados. Uno, pequeño, de jugadores que hacían un arqueo de ganancias, y otro, el mayor, de perdedores dispuestos a pensar en un contubernio, en alguna turbia conspiración cuya tapadera habrían de ser las vitrinas, los tubos de vacío y esas malditas bolas tontas. Al fin y al cabo, ¿no se jugaron 80.000 millones de pesetas en 1978? ¿No llega a ganar una gran sala 500.000 pesetas por noche? Por muchos menos beneficios se inventó el timo de la estampita.Sin embargo, casi todos los servidores del bingo son tan honorables como los colegiales de San Ildefonso. Un sueldo medio, es decir, unas 40.000 pesetas, propinas aparte, no merece ser arriesgado en una trampa. A finales de año han llegado ya 40.000 peticiones de carné profesional a la Comisión Nacional del Juego, el doble aproximado de los puestos de trabajo que han generado los 744 bingos de toda España. A pesar de ello, a las 7.30 alguien habló en una sala madrileña de una falsa jugada: «Acaba de salir el mismo cartón que anteanoche: para mí que grabaron aquella tirada y que la han pasado por videocassette. Le habrá tocado el bingo a algún secretario, y ahora se quedarán con todo el dinero, ¿O no? Esta noche la armo, vaya que si la voy a armar.»

Brigada especial

Cuando se pregunta en la Comisión Nacional del Juego sobre la leyenda del videocassette, los expertos responden dubitativamente. «Esa es una trampa posible, pero no probable. Por término medio, una sala de bingo dispone de unos quince o veinte empleados, cuyas complicidades serían necesarias para utilizarla. Pasar una jugada por videocasete, es decir, simular que los números que van saliendo son los que ya estaban dilmados, supondría además un riesgo: el de que un jugador se levantase del asiento y quisiera comprobar si las bolas que han salido por el tubo corresponden a las que ha visto en los monitores. El asunto sería, pues, excesivamente complejo. Sí podemos decir, en cambio, que muchos establecimientos de bingo graban cintas magnetofónicas y videocassettes de jugadas en las que se han producido altercados. Y la razón no deja de ser curiosa: los administradores son individuos pagados por la competencia para ahuyentar a la clientela.» A las nueve en punto de la noche del día 22, algunos de los jugadores más duramente castigados por la mala suerte habían comprobado que, en efecto, las bolas insertas en el tablero electrónico se correspondían con las bolas que habían aparecido en los monitores.En ese instante, un viejo rumor volvió a recorrer varias salas. tal vez, las bolas habían sido trucadas «porque, hay que ver, siempre le toca a los mismos. Venga, las bolas que esta noche la voy a armar, vaya si la armo». Se dice que los juego de bolas, homologados por la Comisión Nacional, han de ser cambiados cada mil jugadas; una bola de bingo tiene exactamente la misma estructura que una pelota de Ping-pong, es un elemento tenue y saltarín a mitad de camino entre una canica y un globo. Y alguien ha dicho que, a pesar de todo, fabricar tres o cuatro bolas un poco más gordas de lo que señala la honestidad sería bastante para que sus números correspondientes, que serían números clave, nunca resultasen agraciados. En la Comisión Nacional, el fraude de la bola hinchada no ha sido registrado por ahora. «En todo caso, creeríamos más en que las bolas fueran inyectadas con cera o con alguna otra substancia fácilmente adhesiva a las paredes interiores. Como es natural, las de mayor peso saldrían al exterior con más dificultad y, en consecuencia, harían más probable la salida de los otros números. Para sorprender toda posible manipulación fraudulenta, los inspectores de la Brigada Especial del Juego suelen presentarse en las salas irregularmente. Estamos convencidos de que nadie podría precaver la llegada de los agentes y, por tanto, inyectar las bolas sería arriesgarse a una grave sanción.» La Comisión Nacional del Juego exige que sus afiliados coticen puntualmente las dos pesetas-cartón a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, que fichen inexorablemente a su clientela a la entrada, que cambien las bolas cuando marca la ley, que mantengan a punto un equipo suplente de máquinas en previsión de averías y que lo apunten todo en un libro con la misma diligencia con que los niños del Colegio de San lldefonso apuntan las centenas de millón en sus cuadernitos.

En la madrugada del día 23, los jugadores empedernidos rellenaban los últimos cartones con esos gestos graves y pacientes sólo posibles después del agotamiento. En unas cien salas, lo monitores parecían haber perdido luminosidad al otro lado del humo del tabaco y del vapor de las infusiones. Los diálogos entre vendedores y clientes se habían reducido a una señal; dos dedos en uve significaban dos cartones, y los gritos de línea o de bingo se oían con mayor dificultad. Las horas perdidas habían convertido a los desafortunados en simples contribuyentes, y, a los que conseguían algún pleno, en pensionistas de medianoche.

Y, seguramente, la primera señal de cansancio de los jugadores indica a los piratas del bingo cuándo debe hacerse la trampa más frecuente, o sea, cuándo debe darse el tirón. «Y ese es el fraude más sencillo, más abundante y el más grave que hemos descubierto desde la Comisión Nacional del Juego: en una fase más o menos estratégica de la sesión, los infractores hacen pública la venta de un número de cartones inferior al verdadero. Disminuye el premio y aumentan los márgenes; la clave no puede ser más sencilla.»

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