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viernes, 10 de agosto de 1979
Tribuna:Freud en la grada de preferencia /y 3

Psicoanálisis del árbitro

Pese a su aparente espontaneidad y violencia, el grito dominical del aficionado responde a una explosión perfectamente controlada e integrada en el sistema de poder vigente. La rebelión del domingo no desmiente la naturaleza objetiva del estadio como gritadero social o celda de seguridad para la evacuación de los malos humores que no pueden proyectarse en la calle o en la fábrica.Dentro del estadio, la autoridad es encarnada por el árbitro. En efecto, ésta puede ser abucheada, insultada, agredida verbalmente; pero todo ello sin merma de su autoridad efectiva. Puede combatir las irregularidades o bien cometerlas él mismo; puede decidir, con un gesto gratuito y autoritario (un penalti), la suerte de toda la partida; puede permitirse gestos de justicia sumaria, expulsando sobre la marcha a un jugador «rebelde», o bien dar por válido un gol dudoso, y, en fin, suspender el partido.

En el extrapoder del árbitro reside la naturaleza führesca de la autoridad deportiva. Todo el éxito de la partida como «trabajo colectivo» depende, en última instancia, de la sola voluntad de una autoridad, por lo demás, ajena al juego.

La aceptación fáctica de la autoridad del árbitro (pese a las protestas, los histerismos, los insultos y las tormentas verbales del público) constituye un aprendizaje colectivo de obediencia y de asimilación del principio de autoridad, capaz de traducirse fuera del estadio en actitudes equivalentes de acatamiento hacia los poderes constituidos.

El odio al árbitro no excluye el hecho de la obediencia que se le debe. El público percibe al árbitro como a «un führer en calzones cortos» y aprende así que la autoridad no tiene por qué coincidir con la justicia ni satisfacer los intereses de la masa: la autoridad tiene una identidad propia, indeseable pero indiscutible.

La aparente orgía de la fiesta deportiva (la explosión de los colores, las banderas, la bulliciosidad de la exhibición atlética, los gestos vitales), todos aquellos elementos que sugieren en el ritual deportivo de masas juventud, anarquía, violencia y espontaneidad constituyen apenas una ilusión óptica, dada la presencia permanente de la autoridad, encarnada en el árbitro y en el reglamento (o en la Policía Nacional que bordea el campo), los cuales reconducen a los esquemas habituales de la vida civil los equilibrios de poder en el estadio. El público tiene que habituarse a aceptar que todo el entorno vigoroso, juvenil, dinámico, de la fiesta deportiva sucumba, en definitiva, bajo la severa autoridad del árbitro, de las leyes, de las normas sociales. La gran «ilusión colectiva» del gol, por ejemplo, muere al señalar el árbitro un orsay, que paraliza el ataque o trastorna la dirección de la ofensiva. El color verde, el naranja, el rojo, todas aquellas sensaciones cromáticas que sobre el cuerpo de los deportistas en movimiento sugieren su juventud, su anarquía y su potencia, sucumben ante una autoridad arbitral también cromáticamente severa: el uniforme negro del árbitro, su chaqueta civil, como re cuerdo de una presencia permanente de la autoridad de la calle también dentro del recinto deportivo.

En definitiva, el público y los atletas tienen que aceptar que una autoridad parasitaria, el árbitro, que no juega (es decir, no produce), que no participa sentimentalmente de las ansias colectivas (puesto que su calidad de «juez imparcial» le obliga a no sumergirse en la emoción colectiva, sino a inserirse en el juego en calidad de «gendarme») y que incluso demuestra su extrañeidad a «la fiesta» acudiendo a la cancha en chaqueta civil (y con una caracterización cromática ajena a «la fiesta»), controle y determine su resultado y desarrollo.

La aceptación de la autoridad parasitaria del árbitro, como la gestión despótica de un extraño al mundo del trabajo deportivo, que controla el juego sin producirlo, constituye una forma de entrenamiento colectivo para la aceptación del control de la «cosa pública» de parte de la clase ociosa y parasitaria, y, en general, habitúa a la aceptación de una autoridad no nacida del mundo del trabajo, sino impuesta a él. En fin, la aceptación de un superpoder personal allana el camino para la promoción del caudillaje, donde la voluntad colectiva se pliega ante la superautoridad de un individuo-guía, un condottiero. A través del árbitro, la imagen del «caudillo» se hace lógica, familiar, cotidiana.

La introducción de la moviola no ha afectado a la sacralidad del poder arbitral, que sigue siendo irreversible. La moviola permite ahora constatar la injusticia arbitral, pero no, correspondientemente, corregirla. Con ello, la técnica ha venido a aumentar el valor didáctico de la partida como aprendizaje para la soportación pasiva del abuso, en cuanto que el público puede hoy, más que ayer, constatar la injusticia, pero le toca igualmente aceptarla.

Los abucheos, las protestas, los insultos al árbitro, no sirven para nada. El sistema de autoridad reaccionaria que sugiere la partida se completa didácticamente por la contemporánea exhibición de la inutilidad de la insurrección colectiva. La decisión del árbitro no se corrige y la masa advierte así la inutilidad de la revuelta e incluso su inconveniencia (a la afrenta del arbitraje parcial se unen las sanciones al club «rebelde»). Ello devalúa la confianza de la masa respecto a sus propias capacidades.

Por lo demás, la rica gesticulación del árbitro, su estilo militaresco, la profusión de gestos fatuos, duros, definitivos, mussolinianos, la permanente pose de führer, los puños en la cintura, el abuso del dedo índice, el ejercicio ostentoso de la autoridad por el disfrute mismo de la autoridad, las frecuentes discusiones con los jugadores a propósito del punto exacto (imprecisable) desde el que debe ser lanzada la falta, unida al status jurídico del que disfruta, hacen de él una versión dominguera inconfundible del caudillo: un Mussolini «modelo fin de semana».

Un dato para el psicólogo. Declaraciones del árbitro español (único seleccionado para los Mundiales de Argentina) Franco Martínez (en Cuadernos para el Diálogo, 8-IV-1978, entrevista de Vicente Verdú): «Yo descubrí la afición del arbitraje cuando tenía dieciocho años, y por accidente. Iban a jugar dos equipos pertenecientes a las centurias del Frente de Juventudes, y el árbitro no acudió. Como estaba en las gradas, me pidieron que dirigiera el encuentro. Para mí fue decisiva esa impresión que produce tocar el silbato y ver cómo veintidós hombres se quedan parados.»

Con otras palabras, la gesticulación führesca del árbitro no tiene nada de postizo.

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