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jueves, 21 de junio de 1979
Tribuna:SPLEEN DE MADRID

El Cordobés

Que no quiere nada con los periodistas, que está muy cabreado, que no concede entrevistas, que ya lo ha dicho todo sobre su vuelta, que no hay nada que hacer:-La prensa está dando de mí una imagen franquista.

Parece que la prensa, cierta prensa, está dando de Manuel Benítez una imagen franquista, y eso le tiene cabreado, leñe, con motivo de su vuelta, su retorno a los ruedos, o sea, que se aburre entre la pantera y la avioneta. Normal. Claro que para crearle una imagen franquista a El Cordobés no hace falta mucha imaginación. Basta con recoger lo que fluye naturalmente del archivo gráfico del periódico; basta con sacar un archivador metálico como quien saca una espada justiciera:

«El Cordobés saludando a Franco en el palco presidencial.» «El Cordobés cazando con Franco.» «El Cordobés almorzando con Franco.»

Si esto no es una imagen franquista, que venga Franco y lo vea. Bueno, pues Manuel Benítez parece que está cabreado. Antonio Ordóñez, a cuya hija Belén conocí de muy niña allá en su finca, Antonio Ordóñez, cuyo cráneo he visto clarear de alopecia y duda, en el tendido, los pasados sanisidros; Antonio Ordóñez, torero de baraja ejemplar como acuñado por don Heraclio Fournier, se está atando y desatando los machos de la duda antes de decidir si vuelve. Mi amigo Paco Camino, mucho más joven, se hace y deshace el nudo de la corbata ante el espejo-oráculo de Perico Beltrán, por saber si vuelve.

Pero Manuel Benítez, El Cordobés, ha decidido volver, quizá porque se aburre de tanta avioneta matrimonial, que el matrimonio es una avioneta que marea, y con lo que él no contaba es con que, resucitando al tercer año, resucitaba consigo al salvador. La biblia de Vizcalno-Casas tenía razón.

Cuando Manuel Benítez se casó por libre con su señora, yo le hice un artículo en el Abc elogiándole el gesto, la libertad, el desmadre teológico, un demasié moral, que venía a romper con los usos y consumos del tardofranquismo. Pero se armó el cirio y al día siguiente, o a los pocos días, Ansón metía un artículo del padre Félix, en la misma página de hueco, con igual dignidad tipográfica, con la misma foto, acentuando paralelismos para desmentirme y dejando claro que yo era un réprobo, que me había pasado.

Manuel Benítez, con su gloria de sangre y de millones, supongo que permanecía por encima del caso, revolando un cielo de verde y oro con muchos sanatorios blancos de toreros. O sea que ya ves, Manué (y te hice entrevistas en tu casa de Doctor Esquerdo, cuando empezabas, con toda la basca de enterados y guitarras que entonces te seguía), que si uno no te ha seguido como dudoso revolucionario de la fiesta, sí te ha seguido uno, Manué, como revolucionario de la vida española y sus costumbres paulinas. Pero lo de Franco, Manué, es que no tiene arreglo.

Yo comprendo que aquel señor iba a los toros y aguantaba bien el tedio desplegado de las capas o el circo despeinado de tu alarde; yo comprendo que aquel señor cazaba y pescaba, mataba y acosaba el atún como si cada atún fuera una ballena con un Jonás-Azaña escondidito en la tripa, corrigiendo pruebas de sus memorias. Yo lo comprendo todo, Manué, pero el periodismo es una memoria implacable y nocturna que traba a toda la noche para sacar a la luz del día la telefoto del pasado.

La folklórica y el torero habéis sido franquistas, pueblo desclasado, flores de la arcilla popular plastificadas en un disco o en una banderilla de plexiglás para turistas del Ritz. Vencido el miedo al toro, Manué, vuelves al ruedo de la actualidad, donde te espera -quién lo diría- el negro toro de España, ¡ay, negro toro de pena!, Manué.

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