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miércoles, 29 de marzo de 1978
Reportaje:

"El Jaro", entre la delicuencia juvenil y la psicopatía

  • Detenido veinticinco veces y hoy recluido, en un centro especial
El pasado día 9 de febrero una patrulla de barrio detuvo en la calle Joaquín Lorenzo, de Peña Grande, a un muchacho de quince años, detenido con anterioridad otras veinticuatro veces y que en los últimos meses se había convertido en asiduo visitante de las páginas de sucesos de todos los periódicos de la ciudad: El Jaro. La historia de J. J. S. F. (sólo se dan sus iniciales por ser menor de edad) se hace especialmente intensa en el último año, cuando su trayectoria delictiva cobra caracteres de adulto. El Jaro capitanea con autoridad absoluta una banda de personas mayores que él en edad y experiencia. Sus actuaciones, casi diarias en los últimos tiempos, son un torbellino de tirones, robos de coches, asaltos a garajes y otros delitos contra la propiedad. Pedro Montoliú ha intentado reconstruir parte de su historia reciente a través de conversaciones con personas que conocieron de cerca al Jarotrastos, como solía llamarle su madre. Para ello, se ha entrevistado con su hermana, María del Pilar, con el director del reformatorio madrileño y con el jefe de la Primera Brigada Regional de Investigación, que consiguió su última detención.

El Jaro nació en Villatobas (Toledo) el 3 de noviembre de 1962, en una familia en la que ya había cuatro niños, el mayor de once años. «Se puede decir que fue nuestra mejor época -dice su hermana, María del Pilar, cuatro años mayor que El Jaro-, aunque nuestra niñez siempre ha sido mala. Lo único que recuerdo es que nuestro padre, en unión de mis dos hermanos mayores, Jesús y Joaquín, trabajaba en el campo y todos vivíamos en casa de la abuela. A mi madre le gustaba beber y se iba, dejándonos a Donato, mi otro hermano mayor, al Jaro y a mí encerrados en una habitación con una barra de pan y tres onzas de chocolate para que comiéramos todo el día. »Según cuenta la hermana, los primeros delitos los cometieron entonces. «Con nuestros cinco y seis años, y como teníamos tanta hambre, saltábamos la cerradura con una cuchara, escapábamos y pedíamos que nos diesen de comer en la escuela. Si no había nada, rompíamos una ventana de la despensa y nos bebíamos toda la leche que encontrábamos. »

La relativa tranquilidad, sólo rota por algunas peleas entre el padre y la madre de los cinco niños, que tendrían aún una hermana, Carmina, y por algunos golpes -«nos trataban a banquetazos, e incluso una vez que acunaba a una muñeca, mi madre me empujó contra el fuego y me quemé en el muslo»-, sufrió un cambio cuando la madre, en una ocasión en que estaba bebida, provocó un gran escándalo y fue detenida y trasladada a Ocaña, a un centro de alcohólicos.

«Cuando salió de allí, mi padre nos cogió a todos y en el autocar nos trajo a Madrid con lo puesto. Como no teníamos piso, ocupamos una casa abandonada en la calle de Ofelia Nieto; después pasamos a otra en la carretera de Barajas, de la que nos echaron cuando fueron a edificar un hotel.»

Entretanto, el medio de vida de la familia, abandonada por el padre, era la mendicidad. «Ibamos con mi madre los más pequeños, algunas veces desnudos, porque a ella le daban ataques y nos tiraba de repente la ropa a un pozo. Con lo que sacábamos ella hacía una cazuela de patatas, por ejemplo, y se la comía con dos litros de vino, mientras nosotros mirábamos. Ella nos decía que trabajáramos y nos echaba. Por eso, cuando tuvimos que irnos de allí, cada uno tiró por un lado. »

Su madre le llamaba Jarotrastos

«De pequeño era muy rubio y de piel muy blanca; fue por eso por lo que mi madre comenzó a llamarle Jarotrastos o Jaro, y con ese nombre le hemos llamado siempre. Cuando nos separamos El Jaro tenía ocho años y no sé dónde fue, ni qué ha hecho todo este tiempo; hace un año apareció con la cara sangrando por un accidente de moto. Durmió aquí cuatro noches, hasta que vino la policía del barrio del Pilar a por él.»

El tío Ernesto, asistente a la conversación, interviene. Es un hombre de 44 años que no quiere dar sus apellidos y que tampoco es auténtico tío de María del Pilar. Conoció a la familia cuando vivía en Barajas; desde entonces se ha ocupado de alguno de los hermanos de El Jaro. Se llevó a Donato a trabajar en una obra en Algete, acogió en su casa a Joaquín cuando éste estuvo trabajando de peón de albañil en Madrid y desde hace unos años es el tío de María del Pilar, que ahora acaba de encontrar trabajo y que vive con él en una vivienda baja compuesta por dos pequeñas habitaciones y situada en el barrio de Valdeacederas.

«Ahora no nos vemos, ni sé por dónde están. No sé si los mayores están detenidos, como otras veces, o si ahora trabajan. Tampoco sé dónde está El Jaro, que es para mí el único que se ha preocupado de lo que yo hacía y de cómo me encontraba. De la más pequeña, Carmina, que quedó abandonada cuando a mi madre la hospitalizaron por una temporada, en el hospital psiquiátrico Alonso Vega, sólo tenemos noticias de que una amiga de mi madre la recogió y la llevaba para pedir. Entonces, una familia que me acogió a mí y a mi tío, buscaron a la mujer e internaron a Carmina en un colegio para niños abandonados por los presos. »

«Creo que, hace tres años, un matrimonio quería adoptarla o algo así, pero que aún no podían porque estaba en tratamiento por los nervios, como todos los hermanos.»

El 16 de marzo de 1974 un niño, que luego sería visto unas quince veces más, ingresa en el reformatorio del Sagrado Corazón, en la calle Padre Amigo, 3, en Carabanchel. Le enviaba el negociado de protección del Tribunal Tutelar de Menores, que se encargaría una Y otra vez de ver si el centro de régimen abierto podía hacer algo por El Jaro. « Le mandaba el negociado de protección y no el de reeducación porque distinguimos lo que es la raíz de lo que son las rarnas. Los principios duros vividos en su familia motivaron que él buscara la felicidad: al estar todo en contra de él, su reacción fue la de oposición completa, y su personalidad, desarmónica. La falta de conciencia moral y su intuición neta comenzaron a actuar», manifestó el director del centro, el padre Camilo Aristu.

« Es un chico de pocas palabras y, en mi opinión, podría ser descrito como un psicópata amoral, ya que no siente lo que hace; es uno de los cuatro o cinco casos que he conocido en los diez años que llevo trabajando con menores; otro caso que recuerdo es el de un parricida de catorce años. »

«Me entra la manía y me tengo que ¡r»

«"Me entra la manía y me tengo que ir, padre. Yo estoy bien aquí, pero esté donde esté me tengo que ir." Esto era lo único que me decía cuando le preguntaba por qué se fugaba. Y él quería trabajar, pero se da cuenta que no está preparado para el estudio. Entonces busca uip mundo en el que triunfar, un mundo en el que él sea el jefe, el más valiente, en el que sea libre», comenta el padre Camilo.

Con una caligrafia pésima, los renglones torcidos, El Jaro escribía en una de sus estancias en el centro un ejercicio de redacción, quizá un pensamiento: «He robado quince coches y he dado estirones yo mismo, porque yo siempre he querido ser libre. »

Ese deseo de trabajar le hizo estudiar cinco días electricidad en los talleres del colegio. «A veces ha venido o huyendo de la policía o porque buscaba algo que él mismo no sabía. Otras, llegaba acompañado por su madre y un legionario. que, al parecer, vive con ella; pero a los dos días, y en ocasiones el mismo día, se cansaba y se iba. »

Muchas de las fugas (es el menor que más veces se ha fugado) eran provocadas por la presencia de los lugartenientes de su banda, «a los que consideraba inferiores porque en todo lo que hacían era mejor que ellos, no más inteligente, pero sí más arrojado».

Perros callejeros cambió su forma de actuar

«Como en muchos muchachos, la película Perros callejeros le afectó mucho a El Jaro. Toda su forma de actuar cambió, comenzaron los tirones de bolsos, aprendió técnicas de delinquir. »

Según el señor Herranz, jefe de la Primera Brigada Regional de Investigación, los delitos más realizados, aparte de los tirones, cometidos principalmente en los barrios de Peñagrande y El Pilar, .son los asaltos a garajes y los atracos callejeros. «Asaltaban varios garajes por noche para despistarnos, para sustraer el dinero y los objetos de valor del interior de los vehículos y un poco para divertirse. En la banda de El Jaro hay buenos conductores: El Gasolina, el mismo Jaro y otros. Incluso les detectamos una vez cuando hacían maniobras en un descampado de la carretera de Burgos, donde se llevaban los automóviles para ponerlos sobre dos ruedas.»

«Casi todos los miembros de la banda son peligrosos, uno más que otros; no dudan en atravesar la mano de un transeúnte con un destornillador o arrastrar a una embarazada, que al final abortó, para robarle el bolso. En cuanto a las armas que usan algunas veces, las consiguen normalmente en los mismos automóviles sustraídos.»

Según datos obtenidos por EL PAIS desde el 20 de septiembre del pasado año se produjeron sesenta detenciones de personas relacionadas con la banda de El Jaro. Trece menores, algunos detenidos varias veces, entre los que se encuentra el mismo Jaro; doce, de edades comprendidas entre los diecisiete y los veintiún años; otros veintisiete, mayores de veintiún años, y cinco adultos, como presuntos cómplices, pasaron en este período a disposición de la autoridad judicial correspondiente.

Una de las preguntas que se hace la policía es adónde va el dinero que sustrae la banda de El Jaro. Fuentes policiales informaron que siempre que han detenido a J. J. S. F. le han encontrado únicamente 6.000 6 7.000 pesetas. Según sus conocidos, los únicos gastos que se le conocen a El Jaro son la ropa y quizá la droga. «El dice que con veinte duros y un paquete de cigarrillos tiene bastante, pero no niega que le guste el hachís, el chocolate, y que lo compra con lo que obtiene de sus robos», manifestó el padre Camilo ante esta pregunta.

En cuanto a la compra de ropa, dada la vida que antes de la última detención llevaba El Jaro, y tal como le contó a su hermana, era la única forma de mudarse. « Me quedé sorprendida cuando me dijo que compraba unos pantalones y tiraba los sucios, por eso me ofrecí para lavárselos cuando él quisiera. »

Fuentes cercanas al Tribunal Tutelar de Menores manifestaron que la cuantía de lo sustraído, en su mayoría dinero, y el no haber sido recuperada nunca más que una pequeñísima parte del botín, había hecho que se rumorease que alguna persona mayor podría estarse beneficiando de los golpes dados por la banda. Sin embargo, y hasta el momento, sólo se conocen algunos casos de personas que, a cambio de haberles dejado dormir en su piso, han recibido algunos electrodomésticos. Este rumor estaría también apoyado en la docilidad que, al parecer, posee estejoven.

«El Jaro es dócil, pero a pesar de este carácter, es uno de los chicos que forman el 10% que no sirve para vivir en reformatorios con regímenes abiertos. No le gusta la lectura, ni el deporte; a él lo único que le interesa es no hacer nada, ver la televisión y hablar con sus amigos», aseguró el padre Camilo. « Quizá ahora, en la sala habilitada para chicos dificiles en la cárcel concordataria de Zamora, y antes de que cumpla dieciséis años, esa docilidad pueda aprovecharse y así se logre salvar a este chico, cuyas acciones son nada más que el producto de la sociedad. »

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