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viernes, 17 de marzo de 1978
REPORTAJE

Teoría neodarwinista de la evolución

La noción de que la naturaleza de cualquier sistema es intrínsecamente inestable y está sometida a perpetua alteración es una idea filosófica que se introduce en las ciencias positivas a lo largo del siglo XIX. Dentro del concepto evolutivo cabe establecer, con Lewontin, una serie de principios -cambio, orden, dirección, progreso y perfeccionamiento- y clasificar las distintas teorías por el número de ellos que incluyen en su formulación. De hecho, sólo el principio de cambio es común a todas las hipótesis evolutivas, puesto que el orden, concebido en términos absolutos y no sólo como artefacto clasificatorio útil, presupone preconcepción de al menos una situación totalmente ordenada, a la que pudiera referirse el grado de ordenación de las demás. Si el verdadero orden existiera, la aceptación de los tres principios restantes, señala Lewontin, es casi una consecuencia inmediata, puesto que dirección sólo implica la existencia de una secuencia lineal de estados, cuyo grado de ordenación es más semejante cuanto mayor sea su proximidad en ella. Progreso presupone dirección moral, es decir, un grado ascendente de ordenación en la secuencia, y el perfeccionamiento añade a la teoría un elemento utópico, en cuanto considera la posibilidad de, mejora de la meta alcanzada.Evolución orgánica

Es difícil, pues, que una teoría evolutiva rigurosamente científica y, por tanto, comprobable empíricamente, acepte, al menos sin reparos, más principios que aquel que establece, que el estado actual de un sistema que evoluciona es el resultado de un cambio, más o menos continuo, realizado a partir de la situación inicial; cambio que debe ocurrir con cierta frecuencia y no de manera esporádica, originado por causas que son, en sí mismas, inmutables. De la aceptación de estos postulados se desprende el que la evolución siga en marcha.

La concepción estática del Universo, anterior a la introducción de la hipótesis evolutiva, presuponía la aparición de especies, en número y aspecto idénticos a los actuales, mediante un único acto creador que habría tenido lugar en un momento del pasado cercano. Las diferencias existentes entre los individuos de una misma especie por lo que se refiere a cualquier característica definible se consideraban desviaciones anómalas de la noción platónica de prototipo ideal, único para cada especie, al cual pueden referirse, por defecto, los tipos presentes. El único estudio posible al que podían someterse los seres vivos era la confección del catálogo de la creación, de acuerdo con los principios sistemáticos establecidos por Linneo.

En contraposición a lo anterior, la visión evolutiva mantiene que la vida no se ha presentado siempre bajo las mismas formas, que las actuales descienden de otras preexistentes y que todas ellas tienen, en último término, un origen inorgánico lejano. La edad de la Tierra se calcula hoy en unos 10.000 millones de años; la aparición de la vida se estima que ocurrió hace unos 5.000 millones, y la del hombre, hace sólo unos tres millones. Las distintas formas en que la vida se manifiesta no han surgido teleológicamente, dirigidas y diseñadas hacia un fin y de acuerdo con un plan concreto, sino que se producen como respuestas a las características, asimismo mutables, del medio en que habitan. El prototipo linneano no existe y son, precisamente, las diferencias entre los individuos de una especie lo que importa.

El evolucionismo pretende reemplazar un concepto estático del Universo por otro dinámico y explicarlo invocando exclusivamente causas naturales. Puede considerársele como el final de un proceso intelectual que comenzó desplazando a la tierra del centro del Universo y que, más tarde, desaloja al hombre, en cuanto ser orgánico, del centro de la creación.

Con la aceptación de los principios evolutivos aparece la Biología como nueva disciplina que reúne las tres condiciones que califican a una ciencia: organización sistemática del conocimiento, formulación de hipótesis lógicas para la explicación de los fenómenos conocidos y posibilidad de contrastación empírica de éstas. La diferencia esencial entre la Historia Natural y su hija, la Biología, reside en que la segunda proporciona una teoría explicativa comprobable, en el sentido popperiano del término, de los hechos que describe la primera. El centro de esta teoría es el concepto evolutivo, que abarca a todos los seres vivos y actúa de igual forma en cualquiera de ellos, constituyendo, por tanto, la generalización más importante que ha producido la Biología como ciencia.

Contribución de Darwin

La gran contribución de Darwin a la ciencia no ha sido la introducción del concepto evolutivo en la formulación de una teoría compatible con la descripción conocida del mundo orgánico, lo cual se debe, principalmente, a Buffon y Lamarck, sino la proposición del mecanismo de selección natural, por medio del cual puede ocurrir la evolución. El redescubrimiento del mendelismo en 1900 proporciona los conocimientos genéticos básicos que se incorporan al darwinismo en la llamada teoría sintética o neodarwinista, cuya materia básica es la Genética de Poblaciones; así adquiere el evolucionismo la capacidad de predicción cuantitativa de que debe disponer una verdadera hipótesis científica. De todas las teorías evolucionistas propuestas hasta hoy, sólo el darwinismo y el lamarckismo y sus modificaciones e hibridaciones pueden ser objeto de comprobación experimental. El grado de corroboración actual de la teoría neodarwinista es tal que se ha hecho, con palabras de Maynard Smith, imprescindible en Biología, en el mismo sentido en que lo es, en Física, la mecánica de Newton o cualquiera otra teoría que incluya dicha mecánica por reducción. La teoría neodarwinista se apoya en las siguientes consideraciones:

1. El único carácter a tener en cuenta es la eficacia biológica(«fitness»), definida para cada individuo como su contribución de descendientes a la generación siguiente. En este atributo se engloban muchos otros (morfológicos, fisiológicos, de comportamiento), siendo sus componentes principales viabilidad y fertilidad.

2. El concepto de eficacia biológica debe considerarse aplicado a los individuos de una población, definida como conjunto de individuos que forman una unidad de reproducción en el tiempo y en el espacio. Estas poblaciones poseen la capacidad de incrementar exponencialmente en número, aunque tal potencialidad raramente se manifiesta.

3. En las poblaciones naturales, la eficacia biológica es una característica variable y esa variabilidad es, en parte, heredable.

Selección natural

Como consecuencia de lo anterior, ciertos individuos de una población aportarán un número inferior de hijos a la generación siguiente que otros. Si la menor eficacia de los primeros es heredable, su contribución de descendencia a la población, al cabo de un cierto número de generaciones, será nula, puesto que, como hemos indicado, el tamaño de las poblaciones naturales suele ser estable. Este proceso de eliminación en el tiempo, reflejo de la competencia entre individuos con, distintas eficacias biológicas, es el bautizado como selección natural por Darwin.

Queda claro así cómo la competencia no tendría consecuencias si ocurriera entre individuos igualmente eficaces, ni supondría repercusiones futuras si, a pesar de existir diferencias en eficacia, éstas no fueran heredables. Por otra parte, la competencia tiene lugar entre los individuos de una misma población y, si no fuera así, el proceso no induciría cambio, pues la competencia entre especies tiende a la perpetuación de situaciones de equilibrio de tipo semejante a las que surgen en los sistemas predador-presa. Por último, es importante destacar que el individuo más eficaz no es el más fuerte, ni el más inteligente, ni el más astuto, sino, sencillamente, el padre del mayor número de hijos.

Una vez postulada la existencia de un mecanismo hereditario capaz de transmitir información a través de las generaciones, que posea también la posibilidad de mutación de esa información, el proceso de selección natural resulta, en términos prácticos, inevitable. El calificativo eficaz puede aplicarse con mucha mayor justicia a los genes, en el tiempo, que a los individuos pertenecientes a una generación dada. La acción de la selección natural lleva consigo el que, al cabo de las generaciones, se impongan en la población réplicas exactas de los genes más eficaces de que eran portadores los individuos que la componían en el pasado, pero, con toda probabilidad, ninguno de los individuos vivos de esa población en un instante futuro poseerá una constitución genética idéntica a la de cualquierda de sus antepasados.

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