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domingo, 9 de octubre de 1977
REPORTAJE

El poeta y la última generación

Por su especial dedicación a las distintas generaciones de poetas surgidos en la España de la posguerra, particularmente aquellos que significaron un cambio en la estética y las formas de entender el fenómeno poético, Vicente Aleixandre ha ejercido un magisterio ejemplar que queda suficientemente manifestado en las opiniones de la inmensa mayoría de los nuevos valores de la poesía española y la joven crítica. Una breve muestra de éstos, que ilustra la opinión de la generalidad, ha sido recogida en estas páginas, que coordinó Rosa María Pereda, y es a modo de homenaje que completa las respuestas unánimes ante el Nobel de literatura concedido a Vicente Aleixandre.

De entre los que han sentido como suyo el Nobel de Aleixandre, no son los menos importantes los poetas jóvenes que tomaron de sus propias manos el relevo generacional, la furia creadora y el parecido terrible en la concepción de lo literario, de lo poético. Una veta irracional, junto a un calculado uso del razonamiento discursivo del verso suelto de cualquier servidumbre, esa cerrazón de la palabra, que pierde, para la poesía, su sentido cotidiano, y Unas lecturas en las que el maestro no fue de ninguna manera ajeno, son algunas dé sus características. Si en este testimonio de urgencia -en el que constan fidelidades públicas hace muchos años- no están todos los que debieran que no es culpa suya ni nuestra: es el tiempo, el teléfono y la distancia. Y algo más: en medio de tanta pregunta y tanta cámara, Aleixandre recordaba el pasado viernes cuando dejó de sentirse poeta joven. Los que aquí opinan han sobrepasado ya la línea en que alguien, más joven aún, toma su libro como punto de referencia. Son, pues, poetas simplemente, adultos, y tienen sus seguidores, sus lectores y sus críticos. Son puentes en la transmisión de esa devoción alexandriana que está fundando la tradición moderna española.Guillermo Carnero

«Aleixandre, junto con sus compañeros generacionales, pusieron a las letras españolas al nivel que habían perdido al terminar el Siglo de Oro por muerte de Calderón. El valor de un poeta depende de dos parámetros. El primero consiste en que haya sabido llevar a buen fin los propósitos que lo empujaron a la creación poética; pero si aquéllos están excesivamente vinculados al tiempo en que vivió, inevitablemente padecen con el transcurso de los años de la general absolecencia que afecta a todas las obras humanas: así puede ser acreedor de un respeto que sea extremo, pero arqueológico. El segundo parámetro es el que da razón de la permanente actualidad de una obra: consiste en escapar por el genio a esa ley de universal absolecencia. Y Vicente Aleixandre queda exento de ella por dos razones. La primera, que el espíritu de su obra es clásico, atemporal, si atemporal quiere decir válido en todo tiempo; y lo es en su preocupación por aclarar esos interrogantes que la vida ofrece y ante los que no cabe más ciencia que la poética, por idénticas razones son atemporales Tíbulo, Propercio o Villamediana. La segunda, que sus soluciones técnicas al problema de la escritura son la mejor tradición de las inquietudes formales de la poesía moderna. La maestría con que Aleixandre maneja el verso largo libre es todo un tratado de arte poética.»

Félix de Azúa

«He leído a Aleixandre desde que tengo uso de razón. Por la razón he tenido en Aleixandre al mejor maestro de la generación del 27 (unas veces coherentemente, como en el caso de Ambito, y otras gracias a una decidida oposición, como en el caso de la Destrucción o el amor, ya que ha sido siempre el que estaba más cerca de mis propios razonamientos. Está dentro de su poesía como investigador (no fuera, como Guillén). Cuando encuentra un error lo sigue hasta el final y lo convierte en un acierto (al contrario de Cernuda, siempre asustado por sus errores y lleno de correcciones). Es uno de los pocos literatos españoles con capacidad para la ironía (que tanto contrasta con esa seriedad ligeramente boba de García Lorca que tan clara aparece en sus poemas humorísticos). Jamás se ha considerado un personaje histórico (como es el caso de Alberti). En definitiva, es el perfecto conocedor del castellano, formado en pensadores despejados (ingleses, franceses y alemanes) y que, por tanto, escribe como si (además) debiera ser comprendido y gustado por europeos.»

Vicente Molina Foix

«Vicente Aleixandre está diariamente y con verdad ligado al mundo de los escritores jóvenes. Se me ocurre que Aleixandre nos importa por no serio él, por no ser joven o corregida o acomodada a la moda de lo imperante su poesía. Aleixandre en cada nuevo libro no sólo ensancha la poesía en sentido lato o el lenguaje de la poesía, sino que reinventa -cuestionándolo- el quehacer poético, el método de acercamiento, del escritor a la realidad, enriqueciendo y renovando con inéditos niveles de contemplación y penetración de la materia del poema, el patrimonio de su obra anterior. ¿No es ésta acaso la enseñanza más válida que todo artista joven puede extraer de las figuras que le preceden?»

Jaime Siles

«Hay poetas cuya vigencia en las posteriores generaciones se encuentra vinculada, única y exclusivamente, a la calidad y carácter de su obra. Entre éstos se hallan aquellos a los que el espacio o el tiempo o motivos de índole no poética mantuvieron alejados. En tal caso, sólo es justo hablar de influencia, pero en Vicente Aleixandre es preciso hablar de magisterio, de palabra viva, de presencia directa, de contacto humano. La experiencia surrealista de los años treinta, tiene ahora, como Cernuda había profetizado, su público. De ahí el interés constante por la vanguardia, y en consecuencia la sorprendente actualidad de la obra de Aleixandre, obra que aúna y fusiona tradición e innovación, eternidad y transitoriedad, lo conceptual y lo preciso, lo irracional y lo inmediato.»

Antonio Martínez Sarrión

«No soy crítico ni lo seré. Espadas como labios y, dentro de ese libro, poemas como El vals, me interesan más que Mundo a solas o esa orquestada maestría que es la Destrucción o el amor. Pero reconozco y admiro la necesariedad de esa trayectoria. Prefiero al Aleixandre oficiante de tinieblas, conciencia desgarrada frente a la inutilidad del verbo conjurador, que propicie la reabsorción dichosa e intensa en la naturaleza, en la línea de los románticos alemanes o de los malditos franceses, y a ese gran poeta conceptual, meditativo y sapiente de sus últimos libros.»

Justo Jorge Padrón

«Cuando se llega al continente de la obra poética de Vicente Aleixandre, lo primero que captamos es la variedad profunda, la cohesión y unidad abarcadora con que se amalgaman los tres grandes ciclos de su poesía. Pero lo que especialmente a mí me impresiona, es la absoluta grandeza de su previo planteamiento -tal como lo haría un verdadero demiurgo-, es decir, la concepción de una obra múltiple en su totalidad vista ya desde el origen de su primer libro. Como un sueño inédito o una súbita revelación, sus poemas nos traen lo cósmico y lo telúrico, desde la inmensidad inaccesible hasta lo más nimio e impalpable del alma humana. Esta capacidad de visión, tan amplia y rica, es casi única en la poesía de lengua española de este siglo. Solamente recuerdo ahora con esta altura y dimensión la obra de Pablo Neruda.

Este criterio de variedad, cohesión dentro de una intensísima y totalizadora capacidad visionaria, fue la que el académico sueco Artur Lundkvist y yo recogimos en la selección de poemas que vertimos al sueco de la obra aleixandrina y que sirvió para que el lector y estudioso escandinavo, y muy en particular la Academia Sueca, tuviera un conocimiento eficaz y detallado de la magnitud de nuestro primer poeta.»

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