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Crítica:

Una opinión sobre el caso Mendoza

Es de suponer que este año, al premiar la novela de Eduardo Mendoza, los jurados del Premio de la Crítica tengan la conciencia tranquila; todo lo sosegada, al menos, que permite la tarea de juzgar literatura, resbalante materia que, por su naturaleza, tan mal se acomoda al juicio comparativo y al escalafón. En todo caso, numerosos lectores agradecidos corroboraran su elección.Asimismo los dedicados a esa pretensión que es la novela de investigar la realidad mediante fantasmas, podemos felicitarnos y por tres razones. Ante todo porque también somos lectores. En segundo lugar, por el debido compañerismo. Y, principalmente, porque La verdad sobre el caso Savolta ha venido a publicarse en circunstancias engorrosas. De ser cierto que la nunca multitudinaria clientela, aquejada por las preocupaciones colectivas que a todos nos tienen sobre ascuas, prefiere últimamente la digerida sensatez del ensayo al esfuerzo imaginativo, la novela de Mendoza, que a muchos reconciliará con la ficción, habrá sido, además de excelente, oportuna.

Eduardo Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta

Barcelona. Editorial Seix-Barral. 1975

Lo que nunca fue, desde luego, es un producto precipitado, un fruto de la improvisación o de esa urgencia por publicar, que en autores tan inéditos como Mendoza puede resultar comprensible, pero también causa de algunos desaguisados. Muchas lecturas, buenas y malas, reflexión y considerables dotes fabuladoras denota esta rutilante historia, que hace un año apareció, sin previos clarinazos, en los escaparates. Su pletórica amenidad determinó pronto que el aprecio crítico, ratificado ahora solidariamente, coincidiese -lo que no es frecuente- con el gusto del público.

Habiendo recibido ya la atención pormenorizada de los profesionales, quizá baste con enunciar las más aparentes virtudes de esta novela: el sarcasmo, la sabia estructura, un estilo eficaz, la imaginación y esa cortesía, no tanto para el lector (que será su último beneficiario) sino para la propia historia que se cuenta, de contar todo lo bien que se puede. Ratifica su autenticidad que, con pocos más de treinta años de edad, Mendoza haya esquivado a las sirenas del ruidoso experimentalismo, las facilonerías de la modernidad y se haya esforzado en innovar los inventado, ahorrándonos el invento puro.

Un tiempo concreto

La verdad sobre el caso Savolta tiene de novela, en principio, la narración de un tiempo concreto- los años de la guerra europea- y en un espacio determinado -Barcelona-, ciudad que va de suerte literaria este año, si recordamos el magistral Recuento, de Luis Goytisolo. Dadas estas coordenadas históricas, la imaginación se ha aplicado también a la reconstrucción, a ese artificio de la verosimilitud, que en el caso Savolta contiene escasas impropiedades. Contra lo que pueda parecer, el trabajo imaginativo de Mendoza no es paródico; ciertamente en su novela se encuentran muchos elementos -y con muy noble apariencia- de novela policiaca y de subgéneros arrabaleros (folletín, novela sentimental, cronicón), pero nunca imitados con o sin intención burlesca, sino recreados. Esa apariencia noble posiblemente se ha conseguido a partir del convencimiento de que no hay factor desechable, de que toda materia es susceptible de integrarse con materiales de probada valía.Bien avanzada la acción, gratamente prisionero el lector en el enjambre de terrorismo, luchas obreras, opresión patronal, estulticia social y peripecias amorosas, el episodio, deslumbrante, de la caravana de las laboriosas hembras propagadoras del amor libre, completa adecuadamente esta fastuosa cirugía de nuestra comunidad. A los muy sensatamente monopolizados por la estadística, la normativa constitucional, la sociología, la flora, la fauna y el politicismo, les sería provechoso dedicar unas horas a la novela de Eduardo Mendoza, donde mucho se puede aquilatar la historia repetitiva de este país en el que, no obstante, vivimos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1976